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Full text of "Impresiones (ensayos joco-serios)"

UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



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Caracas^ 

Uíp. jflDo^erna»*lEste 4, IRs, 3 p 5. 
1899. 



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SOLINET/ASERL PROJECT ^5 , 
1990-92 




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alisador f González ■<>■ Fépez. 



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(Eg propiedad exeluSma del auíor,' 



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¡ Ella ! que ahora me cautiva- 
ba, aprisionándome con la divina 

cadena de sus brazos tentadores 

Caía su cabellera rubia en ma- 

dejas espesas sobre su espalda y su 
cuello de mármol ; sus ojos, brillan- 
tes por el llanto, parecían rogarme. 

{S. González Pérez.) 



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Tip. Idloderna.-Este 4r, l^í^s. 3 y 5. 



1899 






Queda hecho el depósito que 
marca la ley. 







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pólo(?o-| 



Benévolo lector : Desearía que este trabajo 
fuera de importancia tanta, que te vieras en el caso 
de leerlo muchas veces, dada su primorosa naturali- 
dad ; pero ¿ qué puede ofrecerte el estéril ingenio mío, 
sin el cultivo eficaz é indispensable que requiere el 
entendimiento inexperto de todo novel pensador, 
sin la lectura de los buenos libros, sobre todo cuan- 
do emprende á luchar con los óbices que, á cada 
paso que da, surgen en el laberinto enmarañado de 
las letras? 

Lo testifico, lo confieso ingenuamente ; no poca 
es mi osadía al presentarme al público con estos 
ensayos, débiles en sus formas, sin sustancia en el 
fondo y tan embrollados en su desarrollo. Además, 
los considero muy desaliñados en el lenguaje, flojos 
en el estilo y pesados en el tono, pues bien percibirá 
aquél ó aquellos que los leyeren ú oyeren, que ado- 
lecen de falta de fecundidad y son pobres de agu- 
dezas. Pero, acogedlo con gusto, que mi deseo m᧠
vehemente se limita á proporcionarte un rato de so- 



VIII PROLOGO 



laz en los momentos en que el tedio abruma y la 
imaginación solicitando en que recrearse, recurre 
á menudo á un libro predilecto para empapar la 
fantasía en las fuentes que contiene, aunque sus 
aguas no sean lo suficientemente cristalinas. 

Teniendo apenas escasa idea sobre la literatura, 
y sin conocer las obras de los grandes maestros, 
rigurosamente necesarias para auxilio de la inteli- 
gencia ; poseyendo tan sólo un destello de luz 
adquirida en las columnas de la prensa, en una 
palabra, sin tener elevados conocimientos, lie aquí 
como me ofrezco y con lo único que comienzo 
á guiarme ; y al producir, en verdad, lo efectúo 
con cierto temor invencible, porque percibo mi 
impericia y alcanzo á distinguir la sátira que me 
escudriña de lejos, oculta tras la columna potente 
del saber, dispuesta á ocurrirme y á herir con sus 
terribles saetas. 

A mis lectoras amabilísimas las ruego no des- 
precien esta humilde obrita, condenándola al sueño 
del olvido : las encarezco á que la envíen á orlarla 
con su cubierta y á que, con inefable placer, la colo- 
quen á su vista, consagrándola un poco de cariño, 
que 370, el más humilde hijastro de las letras, agrade - 
ceré tan delicada distinción con un poco de afecto. 

A mis prudentes lectores cúmpleme idéntica- 
mente pedirles algo de indulgencia y de satisfacción 
para ella. 

Soy un adolescente, y he consagrado todos 
mis esfuerzos, todo mi espíritu, á darle el mayor 
,realce posible con mi imaginación fogosa, concibien- 
do los ligeros perfiles que ella crea. 



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■üisr^ Liüi^ 



Cada uno de nosotros tenemos nuestras aficiones. 

¡ El señor Melchor daría con infinito gusto la camisa en 
cambio de gozar del sensacional espectáculo de una corrida de 
toros] 

Su entusiasmo raj-a en delirio cuando cuenta con la amis- 
tad de un buen " matador." En su casa esa noche, se baila y 
-se bebe, y entre copas y canciones populares y jaleo se pasan 
las horas deleitosamente. ¡ Y si celebra un triunfo de la tar- 
de I i Entonces los obsequios y la fiesta no tienen límite ! 

Pero, ¡ Dios libre al torero que no haga honor al título en 
la lidia ! \ Se atrevería á asirle por el cuello y estrangularle 
con la sangre fría que lo haría con un avestruz ! 

El señor Melchor es hacendado. Sus padres no se preo- 
cuparon en ofrecerle una carrera, que quizá le diera nombre y 
fama, porque, como dice él, *' opinaban por lo productivo," 
y sólo se contentaron con darle luces sobre la Agricultura. 
Mas, cultiva sus tierras con tal perseverancia, capacidad y 
contento, que causa dicha mirarle trabajar como un peón. 

De hábitos sencillos, de cualidades dignas de alabanza, por 
las virtudes que pone á prueba, y por su jovialidad habitual, 
se granjea voluntades y es querido de todo aquel que le trata. 

Es día Domingo. La cuadrilla llegó la .semana pasada. 
Hl diestro viene recomendado por la prensa del exterior. La 
^corrida comienza á las cuatro y media. 



10 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Las calles adyacentes á la plaza son invadidas de nume- 
rosos grupos de personas de todas las esferas sociales. 

i Y hay que ver la vivienda del señor Melchor ! \ Que re- 
gocijo ! ¡ Reina un hermoso desorden ! i una alegría inaudita t 

— Pero, mujer, — dice, — ¿vas á estar toda la santa tarde 
anudando la corbata? Está bien así i Lolita, cepílla- 
me el pantalón ! Pero, ¿ viene ese chaleco ? ¡ Cuidado con 

los bolsillos, Manuelito ! Bueno, muy bien, venga el pei- 
ne: Alísame el cabello No, no quiero ondas, mujer, re- 
dondo el peinado, trae ; así, ¿ ves ?, así es como lo usa la 
' generalidad de los buenos toreros. Mira, si no fuera por el 
vulgo compraría una moña y saldría por esas calles luciéndola. 
i Qué tono me daría entonces ! ¡ Vamos, el paltó, mucha- 
chos ! i Ah ! á don Lorenzo que tenga cuidado con Ios- 
limones y las naranjas ¡ y que no olviden las capas I 

Finalmente, el señor Melchor queda bien ataviado. 

Cinco de sus amigos más entusiastas por las corridas, don 
Lorenzo 3^ él, llevando cada uno bajo el brazo su capa corres- 
pondiente, á manera de lío, en la que ocultan unas bolsas de 
regular proporción, llenas unas de limones y otras de naran- 
jas, llegan y se acumulan en torno de las taquillas, donde urt 
continuo remolinar de gentes se agita dando voces, que 
van á perderse entre los confusos gritos de los rapaces que 
dominan los alrededores del frente del circo por donde 
pululan. 

Nuestros siete gozosos personajes entran en tropel y su- 
ben precipitadamente la escalera de entrada Allí están,. 

ebrios de dicha y de bullicio, sentados en las gradas. To^ 
dos quieren hablar á la vez. Y el señor Melchor, que no se 
ha callado ni un instante, siempre versando sobre su tema fa- 
vorito, los toros, ha pescado una ronquera atroz. 

Con el Himno Nacional la banda rompe aquella portento- 
sa confusión, que ensordece los tímpanos, acrecentando la ale- 
gría ; y el toque del clarín vSe oye y la cuadrilla cruza la arena- 

— i Ahí tienen ustedes al espada ! — exclama emocionado 
el señor Melchor, con esa voz medio ahogada, que el efecto del 
entusiasmo hace nacer. — ¡ Qué cuerpo ! ¡ Qué majestad al an- 
dar ! i Tiene cara de valiente ! <i nó es cierto ? ¡ Ea, pues, con 
un fuerte aplauso lo recibo ! 



UNA LIDIA 11 



Y todos palmotean, mezclando sus palmadas en el cre- 
ciente bullicioso estruendo que se levanta déla muchedumbre. 

Suena el clarín, y la humana tempestad se calma. Todos 
se incorporan en sus asientos y estiran el cuello : el silencio se 
hace anheloso : ninguno quiere dejar de ver la entrada del 
primer bicho i Ya entra ! dando saltos de furor, con agita- 
ciones y sacudidas terribles, brama, mira en torno de sí, y se 
embiste rabioso al primero que le sale al encuentro. 

— i Soberbio animal ! — grita, fuera de vSÍ, poniéndose en 

pie, el señor Melchor,— i Ks de los nuestros ! i A la faena, 

muchachos, á la faeeena ! i Hurraaa ! 

Kl diestro, de una ojeada, presiente la bravura del toro 

y le presenta cuerpo i Bravo! ¡ Bravo! ¡ Bien, muy 

bien ! — prorrumpe el señor Melchor casi frenético. Y vol- 
viéndose de súbito á sus compañeros : — ¡ Así es que se capea ; 

así se trabaja, á cuerpo limpio ! ¡ Vean' ¡ Vean ustedes 

como se descarga á una fiera ! ¡ Ha cansado al toro ! 

Y aplaude con todas sus fuerzas ; y el ruido atronador de 
los aplausos infinitos llena la atmósfera. 

Los banderilleros, casi, casi, han puesto con él á línea su 
.valor. Algunos conquistaron buenas palmas, en pro de sus 
esfuerzos sacrificados y de su valiente arrojo. 

Las banderillas con sus esbeltos cambios, ¡ lujosísimas ! 

Después de anunciadas y puestas, tornó la voz del clarín á 
herir el espacio. Era, en aquel momento, el toque funeral que 
anunciaba una próxima agonía. Bruscamente, al sentirlo, 
abarcad con una mirada el conjunto que os rodea, y sorpren- 
deréis los semblantes, unos, teñidos de espantosa palidez, vi- 
siblemente contraídos y llenos de singulares estremecimientos ; 
otros, radiantes de un extraño y secreto gozo, coloreados de 
pronto, cual si recibieran súbitamente de una oleada de fuego 
la impresión de su purpúreo aliento. 

Ks el toque que indica el instante supremo : la muerte del 
toro. Allí el diestro va á jugar la vida. Es el momento de más 
sensación, el más terrible, el más espantoso y más brillante. 

El espada da el primer pase ; en el segundo, sas pies va- 
cilan y cae de rodillas ; el toro se precipita sobre él y arre- 
mete con tal fuerza, que da con él en tierra. Los bande- 
rilleros, lanzados á la defensa del maestro, sostienen con la 



12 SALVADOR GONZÁLEZ P 



bestia una lucha desesperada, tremenda, que infunde en el 
ánimo de los espectadores un pánico indescriptible. Con las 
capas agitadas por ellos con esa febril impaciencia que pro- 
duce el temor por la vida del contrario en inminente peligro 
de muerte, con las sacudidas de ellas atraen la atención del 
fiero cornúpeta. Al alejarse, el diestro, aunque herido de una 
cornada de poca significación en la espalda, vivo, como por 
milagro, colérico, en un arranque de ira, tira la montera al 
suelo y se presenta ante la fiera, haciéndole frente, con la 
muleta extendida 3^ el estoque en alto: El toro afirma las pa- 
tas y baja la orguUosa cerviz, presentándola posición de reci- 
bida : El torero se cuadra, midiendo el golpe con su vista 
perspicaz. 

Un ese instante el corazón parece no latir, un frío extraño 
invade todo el cuerpo : es el temor por la vida de aquel hom- 
bre que á su pesar palidece, aunque se muestra .sereno ante el 
peligro conocido. ¡ Son dos fieras, separadas en un interme- 
dio instantáneo, que van la una contra la otra á lanzarse si- 
multáneamente ! ¡ Un lance terrible en que ha de quedar 
uno ! ¡ Dos combatientes poderosos ! En el uno la fuerza 
brutal : en el otro la habilidad y el valor calculado 

El estoque penetra en el cuerpo de la fiera, pero mal di- 
rigido. El público olvida las anteriores demostraciones de 
simpatía y se desata en improperios y blasfemias, gesticula é 
increpa, aturdiendo con su vocerío. Sacan la espada, y el 
maestro torna á disponerse á la lucha. 

— ¡Jesús! — exclama don lyorenzo — ¡qué estocada tan mala! 

— No hay que afligirse, don Lorenzo, fué un descalabro, 
— observa el señor Melchor;— ya veremos si lo repara bien. 

El toro ha perdido su pujanza, su andar es lento ; no ha- 
ce caso á los capotes que agitan ante sus ojos. 

El público, impaciente, pide la salida á gritos. Tardan 
en efectuarla. Por fin, el clarín da la orden. Pero el animal 
se resiste á salir, y, entonces, cuatro mozos, vestidos de pan- 
talón y chaqueta azul y gorra encarnada, entran al redondel 
con una soga ; lo enlazan Ya está fuera. 

Durante este interregno Vk ansiedad del público es in- 
decible, sale de sus límites naturales, se pierde la paciencia, 
y sólo se oye la confusión de un ruido indescribible que ator- 



UNA LIDIA 13 



menta. Cuando el toro está cerca de la puerta que comu- 
nica al corralón que lo ha de albergar, en ese instante el 
silencio es sagrado, angustioso, anhelante ; cuando se vá, y 
se cierra tras él aquella puerta, se respira, por fin, con cierta 
agradable tranquilidad y vuelve al espíritu el sosiego. En- 
jugamos en esta breve pausa el sudor que, los sentimientos 
sucedidos unos á otros en tan estrecho límite de tiempo, han 
humedecido nuestra faz ; se ensancha, si es dable así decirlo, 
el corazón en el pecho preparándose á nuevas sensaciones. 

Esto ocurría á nuestros conocidos espectadores. 

— Veremos á los demás, — balbuceó el señor Melchor. 

Salió el segundo bicho, que resultó tan valiente como el 
anterior. El diestro, que se había ausentado de la plaza unos 
minutos, para hacerse curar la herida, entró á la arena. 
La muerte estuvo fatal : recibió el cornúpeta cuatro pincha- 
zos vSin arte, bajísimos : el puntillero lo remató. Y al 
quinto, el señor Melchor, el gran aficionado, después de ati- 
zar con el fuste de la sátira á aquellos luchadores tremendos, 
con acaloramiento añadía, en tono de disgusto : 

— ¡ Hombre, hombre ! ¡ Voto á ! Pero, i diantre ! ¿no 

le3 ha causado á ustedes pasmo mi tranquilidad? ¿Cómo he 
podido contener el ímpetu de mi energía ? Yo mismo no 
me lo explico ; pero ¡juro por Santa Mónica que el aguacero 
de limones y naranjas que le vamos á descargar va á ser 
comentado con gusto por todo aquel que presencie esta co- 
rrida ! 

En este instante el banderillero que daba el salto peligro- 
so de la silla fué herido por el animal. Recibió la cornada 
en el muslo derecho ; la herida, aunque algo leve, le imposi- 
bilitará por algún tiempo : -sufrió, además, algunas contusio- 
nes serias. Y concierto trabajo, por tenaz oposición de la fie- 
ra, logróse salvarlo y conducirlo á la enfermería. 

Por más que un torero, bueno ó malo, no sea del agrado 
del público, éste tiene un corazón dentro del pecho, y, si 
aquél sale maltrecho ó herido, siente lo que le acontezca, por- 
que en los momentos más precisos la sensibilidad tiene cabida 
en nuestro espíritu. Pero las sensaciones, como las grandes 
catástrofes, se calman y hasta se olvidan, considerado el valor 
del peligro, para dar entrada á nuevos sentimientos. 



14 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— i Canastos ! — gritó espantado el señor Melchor al verlo 
caer bajo la fiera. Y cuando lo revolvía en tierra no hablaba. 
Su semblante intensamente pálido, sus pupilas dilatadas, las 
arrugas que surgieron sombrías en su frente, su inacción sú- 
bita, en fin, revelaban las tremendas impresiones que en su 
interior se producían. 

Sacado el torero herido, con voz aflictiva dijo : 

— i Pobre muchacho : su habilidad y arrojo se rindieron ! 

Entró el último toro dando saltos y mugiendo de dolor. 
La roseta se la habían pegado con demasiada fuerza. 

— ¡ Bravo animal !— exclamó. — Y su voz la ahogó el ruido 
atronador de los espectadores. 

Pero las banderillas mal asestadas, propagaron el fuego, 
no extinguido, de su concentrado mal humor, y acercando 
su bolsa de limones, dijo á sus compañeros en tono enérgico : 

— i Prepárense, amigos, que ahora nos toca ! Entra el jefe 

Condúcete bien, pajarraco, porque 

Y, al decir esto, su diestra apuñada increpaba al espacio. 

Llamaba con mimos á los muchachos que remolinaban á 
su alrededor instándoles á proveerse de su bastimento, y á su 
objeto los alentaba con su idoneidad. 

La estocada resultó malísima : por el hocico y la nariz 
del toro salía á borbotones la sangre, 

Entonces, aquí fue el parangón. Los limones y las na- 
ranjas de ellos, las sillas y otros chismes de los de abajo, 
acompañado todo esto de una gritería y una confusión terri- 
bles, volaron al redondel é hizo estragos en aquella desgra- 
ciada cuadrilla, que se vio obligada á buscar puerto en el 
corralón para preservarse de aquel ataque invencible que evi- 
dentemente conducía al público al arrebato. 

Por la noche, en los círculos, en los corros, en los teatros, 
en todas partes se hablaba de la corrida. 

El señor Melchor la comentaba á su modo á sus amigos 
y conocidos. — Figuraos, — comenzó á decirle á un mozalbete, 
— yo me figuré, al ver su porte, un valiente con verdadera 
sangre torera en sus venas, al matador, cuando 

En fin, amable lector, si quieres pasar un rato agradable, 
entre jolgorio y alegrías, procúrate la amistad del señor Mel- 
chor, habíale de toros y te harás al punto dueño de su afecto. 



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T-^'N.^CjfJD^lD 



Concluida la boda, al llegar los desposados á la alcoba 
nupcial, el esposo al verá su mujer con el pañuelo entre las 
manos, enjugando las lágrimas que bañaban su faz, se le acer- 
ca con sigilo, y poniendo una mano sobre su hombro, 
mientras con la otra procura hurtárselo, reclinándose en ella 
cariñoso, con apasionado acento, la dice: 

— Margarita, mírame: oye: no quiero hacerte sufrir; 
pero tú lo sabes, lo que me exiges, para poder cum- 
plirlo, impones mi voluntad y perderé la paz del dulce hogar 
'que unidos formaremos, pues j ver yo á tu mamá es como si me 
pusieran un toro ^narquero delante ! Mujercita mía, ¿por qué 
no reflexionas bien esto ? ¿ por qué no desistes de tu empeño ? 
¿Desistes? ¡Oh, sí, no puede ser de otra manera! 

Margarita levanta su bella cabecita y lo mira. Kn sus 
ojos y en su semblante se deja traslucir el pesar del sacrificio 
sublime, uija resignación que enternece. Se aproxima más á él , 
forma alrededor de su cuello un lazo hermoso con sus brazos 
y enternecida, 

— Bueno, — le dice. — ¿Lo mandas tií? Sea. — Pero al 

mismo tiempo siente como un desmayo, se desprende.de sus 
brazos y cae en un sillón, rompiendo á llorar. 

El no puede resistir á aquel impulso de obediencia supe- 
rior á las fuerzas de aquella mujer, ¡ de aquella mujer querida, 
por cuyas lágrimas daría su existencia al instante, si ella lo 
mandara !, y se postra de hinojos á sus plantas, rodea su ta- 
lle delicado con su brazo, se apodera de su mano con ese arran- 
que desesperado del que suplica y reclama, y en un metal de 



16 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



VOZ que, por lo trémula, denuncia la emoción íntima del amor: 

— Perdóname, — balbucea; — y dímelo de modo que te 
oiga Mírame, si te amo hasta lo inconcebible Óye- 
me bien : ¿Tú ansias que venga, verdad? Bien. Cielo 
mío, en mi ser tú ejerces una influencia extraña, sublime, 
impenetrable ; y es porque te idolatro desesperadamente, con. 
obduración, con locura ; y si yo no accediera á tus ruegos, si; 
no te complaciera, cual lo bago, me haría perpetuamente un 
desgraciado, porque con lentitud me iría matando el cruel 
remordimiento, que traería mi torpeza, y tu linda imágeii 
llorosa me seguiría sin tregua. 

Margarita, consolada, se abandona á sus cariños y extin- 
gue las lágrimas que, furtivas, se deslizan por sus mejillas. 

— i Oh, sí ! — exclama bruscamente. — Eres tan bueno que 
te adoro más cada día Yo no puedo, — agrega, ruborizán- 
dose, con una sencillez seductora, — no puedo negarte que sin. 

mamá no puedo pasarla Ella se corrige te querrá, 

y algún día rae darás un abrazo, diciéndome : Me equivocaba., 
j Y te verás en el caso de pedirme perdón con súplicas i 

— i Quién sabe ! Pero no, permíteme que te objete;. 

ese día, ángel de mi vida, no ha de llegar jamás, — dícele son- 
riendo 

Dos días después, doña Gertrudis, la mamá de Margari- 
ta, instalada ya en la casa de su yerno, recorría presuro.sa 
todo el salón, seguida de dos doncellas, removiendo todos Ios- 
muebles y ordenándolos á su gusto. 

— i Jesús ! i Jesús ! — chillaba. — Esto no es arreglar una 
casa, i Qué inconcino más vulgar ! Esto perjudica á las 
personas que la habitan. ¿No es verdad, Julio? 

— Sí, vSeñora, tiene usted razón, — contesta Julio suspiran- 
do, desde un extremo del salón, sentado junto á su esposa^^ 
procurando disimular su disgusto. 

De pronto doña Gertrudis se detiene ante el gran espejo, 
y mirándolo dice, como si hablara consigo misma : 

— Decididamente hay que quitarlo A ello. 

Julio se planta de un salto ante ella y con respeto la dice : 

— Señora, por favor, no mueva usted eso de ahí, porque 

— ¡ Por que usted tiene que ver con todo y no conoce na- 
da de estas transformaciones ! ¡ Deje usted hacer y aguante,.. 



TENACIDAD 17 



que 3'0 he venido para hacer una cosa de arte lo que no es mas 
que una mamarrachada ! ¡ Es la casa de mi hija ! 

Le grita, encolerizada, apretando los puños, doña Ger- 
trudis. 

— ¿ Qué debo yo aguantarle á usted ? ¿ A usted ? i Es- 
toy en mi casa, en mi casa señora, y puedo hacer de ella lo 
que me place ! 

Le contesta Julio del mismo modo. 

— i Usted lo que quiere es quedarse solo ! — agrega ella 
en el mismo tono. 

— ¡Naturalmente! No me hacen falta moscones. 

i Diablo ! i mueran los moscones ! — grita Julio tirándose de la 
solapa por no poder hacerlo con su suegra. 

— ¡ Intruso, borrachín, canalla ! 

Julio toma de una silla el bastón y el sombrero y sale 
echando más pestes que un renegado. 

Al salir del Café Caracas me alcanza á ver y me llama. 

Entramos á él, y al sentarse, abandonando en una silla 
el sombrero y pasando el pañuelo por su frente bañada de su- 
dor, con voz fatigada. 

— i Qué calamidad ! — exclama. — ¡ Que haya siempre en- 
tre los becerros un toro que no deje pastar sosegadamente á 
los demás ! 

— ¿Eh? ¿qué es lo que dices ? — dije. — Apuesto que la 
manzana te ha salido mala. 

— i Diantre ! no te burles. Mi suegra es una gata que 

si me descuido me araña. Acabo de tener una ¡ Dios mío! 

¿ por qué no te la llevas y la pones en tu mansión aunque sea 
á fregar calderos ? 

Un mes hace que no sabía de Julio. Su casa estaba ce- 
rrada. 

Una mañana, después del desayuno, cuando leía la cró- 
nica de "El Pregonero," recibí una carta. Conocí por la cur- 
siva que era de mi amigo Julio. La abrí al punto y la leí. 

Trascribo su parte -más sustancial : "Chico, como 

notarás, firmo ésta hoy en Marsella, mañana estaré quizás 
■en el infierno. He sabido por un primo que mi suegra llegó 



18 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



hoya esta provincia. Nos dá caza Margarita la tiene 

por muerta ; ¡ yo le di tan terrible informe ! Ella no tiene 
noticia sobre el particular. Algunas veces llora hasta deses- 
perarme, y me altero muchas veces ; pero ella con su voz de 
ángel me reprime, y termina pronosticándome que nuestros 
días serán. funestos por la acción perpetrada, la cual es el ha- 
ber abandonado á su mamá en Caracas. Yo no tengo remor- 
dimientos Con que ya ves, ¡ está aún sobre la tierra para 

echarme fuego !" 

Otro día recibí ésta : * ' Estoy desesperado ; quisiera 

arrojarme al mar. Compadéceme; Margarita ha muerto; 
mi vida la pierdo con ella ; la tristeza me consume. Soy una 
planta abandonada en un terreno estéril. Doña Gertrudis es- 
tará Dios sabe donde. Soy el más imbécil de los hombres, 3^ 
todo por culpa de esa boa. El otro día tomé un veneno y 
me salvaron los médicos. ¡ Dios mío ! ¿por qué no me dejas 
morir?" 

Dos meses después leía ésta : ' ' Queridísimo, i viva la li- 
bertad ! i Eureka ! M i suegra está sirviendo de pasto á los 

gusanos ; la pobre, ahora en mi pecho nace hacia ella un 
poco de compasión ; pero no mucho, porque todavía la detes- 
to. Te pago el pasaje, ¿ te vienes? compartiremos, tú, algo 
de alegría, yó, mi tristeza, única compañera que guiaré á la 
tumba. Todas las mañanas, cada domingo, riego con mis lá- 
grimas la lápida de la sepultura de mi esposa querida, ¡ No 
querré más en mi vida l^Julio. ' ' 



*^í^m^í^^^^^^^^^^^^^^^^^ 



JP j%. k: o ti I T .A. 



i I^a mujer ínás seiitimental que he conocido ! 

Es joven, apenas llega á les veinte. Su tez es delicada, de 
perfecciones acabadísimas; con unos ojos celestes, hermosos 
y expresivos, capaces de hacerle perder el equilibrio al más 
firme. 

i Y su cuerpecito ! tan bien proporcionado, tan formadi- 

to y con una sonrisita cuasi perenne que forma contraste 

singular con la dulce expresión de sus ojos, son todos dones 
que Natura presta 4- la mujer para producir efecto en nosotros, 
que, por experiencia, conocemos que la belleza atrae. 

La conocí en el templo. La vi de hinojos ante el sepul- 
cro venerado del Mártir del Gólgota. 

Con formalidad, estaba bellísima, seductora, con sus ma- 
nos pequeñitas entrelazadas, y sus ojos fijos en el cielo de la 
nave; una sombra bastante perceptible hundía bajo el arco 
de sus negras cejas aquellos dos luceros cu3^o brillo extraño 
demostraba haber vsido humedecidos por el llanto ; tenía el 
ceño ligeramente contraído, acaso por algún pensamiento fijo 
en aquella cabecita soñadora. 

Debí palidecer á su vista á juzgar por la agitación que 
caúsele al ofrecerme. 

Oró inquieta un instante ; púsose luego en pié, confun- 
dióme con el fuego de sus ojos, y turbada también ella, lle- 
gaba ya al umbral de la puerta, cuando me apresuré á alcan- 
zarla. 



20 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Había olvidado el breviario sobre las baldosas ; este ob- 
jeto me servía de pretexto para hablarla. 

Al verme cerca de ella creí que la sangre de mi cuerpo 
desaparecía. Alargué trémulo el brazo, entreabriéronse mis 
labios, y mi voz, j mi voz no la sentí ! la ahogó la emoción en 
la garganta. Ella inclinó ligera la cabeza, vi por un instante 
su hermoso rostro iluminado por el fuego de la pasión ó del 
rubor, y agitada, desapareció por la calle opuesta del templo. 

A mi vez, impulsado por una sensación nueva, indefiini- 
ble, me acerqué al ángulo que forma esquina, para verla nue- 
vamente. 

No había adelantado mucho. \ Dicha inconcebible ! vol- 
vía en ese instante la cabeza y me miró. 

El estremecimiento de la tierra por el temblor no hubiera 
quizás movido mi ser con una impresión tan poderosa como 
la que produjo en mí aquella mirada que me buscaba. 

El deseo de seguirla cruzó por mi mente. 

Ahí está, ella, sentada con seductor abandono en el diván. 
TJn capuz de riquísimo gró adorna su cuerpo. Su codo está 
apoyado en el brazo del asiento, y en sus manos unidas 
descansa su cabecita de ángel. La palidez de su semblante 
encanta. Parece la imagen del dolor. 

Para mí la palidez es el color del sufrimiento. La azu- 
cena es hermosa por su color blanco. La palidez es la belleza 
primordial del semblante. 

Al verla me conmoví : sollozaba. Silencioso me senté á 
su lado, y luego, las frases más dulces, más cariñosas, que se 
desprendían de mi alma enferma, suplicaban, exigían una 
palabra de sus labios, una palabra que me revelara la pena 
que la aflijía para consolarla con las mias. Ella no respon- 
día, aumentaba su llanto, y 3-0 gradualmente comenzaba á in- 
comodarme con su silencio. 

La creí insensible á mi amor ; me parecía que mi razón 
se estraviaba, sentí zozobras en mi ser y el despecho penetró 
en mi corazón, porque había creído en el afecto de aquella mu- 
jer que consideraba como aun ángel de mis desdichas. Des. 
precié la mano que abandonaba á mis caricias, tomé el som- 



PANCHITA 21 



brero y el bastón de una silla que me desembarazó de ellos á 
la entrada, y procurando apagar mis pisadas en la alfombra 
que cubría el pavimento, iba á salir, cuando un grito extre- 
meció mi ser é hízome detener temeroso. 

Era'élla. ¡ Ella ! que CvSpiaba mis movimientos á hurto 
del llanto, j BHa ! que ahora me cautivaba, aprisionándome 
con la divina cadena de sus brazos tentadores, y con sus pe- 
queñas manos entrelazadas que formaban sobre mi cuello un 
nudo que haría yo indisonuble ! Caía su cabellera rubia en 
madejas espesas sobre su espalda y su cuello de mármol ; sus 
ojos, brillantes por el llanto, parecían rogarme. 

Mi cuerpo se agitó, el corazón latióme con violencia y, 
desesperado, loco de amor, imprimí mis labios en los suyos, 
y á su contacto abrasador nos subyugamos. Era el primer 
óbsculo, que arrebató el deseo, el primero que la daba, y al 
que siguieron otros que la fiebre de mi cuerpo alteraba. 

Creíame verla envuelta en un resplandor de gloria, y su 
mirada triste y su sonrisa, parecían el postrer aliento de un 
ídolo que nos va á abandonar para siempre. 

A esta idea siniestra que sin explicarme el por qué pene- 
tró en mi cerebro, temblé de miedo y la estreché con tanta 
fuerza contra mi pecho que ella asombrada, al mirarse en mis 
ojos, que acaso denunciaron mi pensamiento, me interpeló 
con los suyos. 

— ¿Me dirás por qué llorabas? la dije. 

— Porque, contestó ella con esa timidez propia de la ino- 
cencia, bien sabes tu el cariño que le tengo al lorito Si le 

hubieras visto como estaba ayer ; me llamaba, y cuando le 
decía algo al acercarme á él me miraba y con tristeza bajaba 
la cabeza El constituía toda mi alegría. 

— ¡ Y bien ! Por Dios, no llores más. 

Ella continuó : 

— Cuando le llevé esta mañana la comida le encontré en 
el suelo, i Dios mío, estaba muerto ! 

Y prorrumpía en sollozos, repitiendo : 

— ¡ Muerto ! ¡ Muerto ! 

Contrarióme aquel cariño hacia un loro y la dije : 

— Pero, ¿ y eso te causa tanto mal? 



22 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Se retiró de mí y me miró colérica. ¡ Qué transforma- 
ción tan completa ! Su rostro se encendió, y fuera de sí. 

— ¡ Naturalmente ! gritó. ¡ Le quería, le quería, le quiero 
y es lo que más he querido ! 

Y entrando en la alcoba me dejó solo, entregándome á la 
incertidumbre. Quedé perplejo, sin moverme, con la inmo- 
vilidad del mármol, y repitiéndome á sí mismo : ¡ le quería, le 
quiero y es lo que más he querido ! 

Y como un hombre que ha perdido la razón, zumbándo- 
me en los oídos sus frases, loco, trastornado, herido, sin pen- 
sar en nada, salí con ese paso vacilante de la crápula, atro- 
pellando los objetos que me oponían la salida, y que en mi 
confusión apenas distinguía. 

La he vuelto á ver ; pero el fuego del amor de ayer ha 
desaparecido ; ha sido extinguido por la nieve del desengaño. 



^^^^^^^^í^^^^*^^^^^^^^^ 



EL yiGIL&NTE NOCTURNO 



-íjí- 



A medida que la noche se proloiiga.ba el vago rumor de 
los transeúntes se extinguía lentamente. 

A la media noche, cuatro sugetos de duras facciones, en 
traje de uniforme, sobre malas cabalgaduras que avanzaban 
con paso amortiguado, recorrían las calles de la gran ciudad, 
sumergidas á aquella hora en la soledad de las tinieblas, heri- 
das apenas por el indeciso resplandor que brota débil de los 
mecheros de los faroles del gas. 

Ks la hora en que empieza la segunda ronda de la Guar- 
dia Civil á ejercer su cargo de vigilancia. 

Bn el mismo instante una columna de agentes de seguri- 
dad, con su oficial á la cabeza, envueltos en su largo capote 
de ordinaria lana color encarnada ó plomiza, caminan tacitur- 
nos, deteniéndose por orden respectivo en convenidas esqui- 
nas, y situándose uno allí, fijo, con la atribución de cuidar de 
Ja paz del barrio dormido. 

lyes dan el nombre de punto. 

Reponen al que encuentran en su lugar y á su vez son 
reemplazados al amanecer. 

Estos infelices de la fortuna sufren las inclemencias del 
tiempo sin otro recurso que quejarse á sí mismos. 

La Ley es inmutable. Se muestra inflexible, y por su re- 
celo y despecho á todo lo humano se hace terrible y temerosa. 



24 SALVADOR GONZÁLEZ P, 



I^a L,ey es implacable en sus designios, y su poder llega á ser 
ilimitado. 

Cae menuda lluvia, y, cual tupido velo cubre los más al- 
tos edificios que se destacan bajo la inmensa sábana de cielo, 
y sobre el apiñado caserío de las avenidas, y á lo largo de la 
calle que se estrecha oblicuamente en el fondo oscuro de las 
últimas callejuelas. 

El silbido cuasi melancólico, graduado, del pito del poli- 
cía, se deja oir por un intervalo en el espacio. 

Bn las noches sembrías, noches, de duelo, aseméjase al 
canto triste de un ave de rapiña, y causa verdadero escalofrío 
al que lo sorprende en las altas horas de la noche. 

Hundido en su capote el vigilante nocturno, para preser- 
varse en balde de la lluvia, recurre con lentos pasos al quicio 
de una puerta que tiene por baldosa una angosta laja fría. 

Elige este lugar para pasar ese resto triste de la noche. 

Allí, acurrucado, con el arma defensiva sobre sus muslos, 
se adormece, con un sueño intranquilo, interrumpido al me- 
nor ruido. 

Un grupo de hombres, cuasi todos crapulosos, cantando 
uno un romance en boga, acompañándole otro con las notas 
irregulares que arranca á una guitarra, los demás abandona, 
dos á su charla libertina, pasa por su lado con alegría desen- 
frenada. 

Sus gritos y sus cantos parecen vibrar largo rato en los 
oídos, extinguiéndose lentamente, y percibiéndose el sonido 
leve como un suspiro lejano que trae el aire en su paso invisi- 
ble por la atmósfera húmeda, amortiguándose en el susurro 
vago de la brisa y de la lluvia que cae en infinitas perlas que se 
quiebran en el empedrado. 

Más tarde, dos hombres, salen de una cantina aún abier- 
ta al despacho, no obstante la hora avanzada, discuten acele- 
radamente, y desarrollan su furor. Se oyen golpes, luego una 
detonación. 

El policía se pone en pié sobresaltado con el fusil en la 
diestra é instantáneamente corre hacia el lugar del suceso . 



EL VIGILANTE NOCTURNO 



lylega, se inclina sobre un hombre que yace inerte en 
tierra, lo mira fijamente, toca su cabeza, aún ardiente por el 
fuego de la vida. Sus zapatos gruesos se manchan en el: 
charco de sangre que se ha escapado de la herida. 

Mira en todas direcciones. Le rodea el silencio tranquilo» 
del desierto. Por la entornada puerta de la cantina se escapa, 
una dudosa claridad que se desprende de una lamparilla de 
metal, cuya luz pestañea por la falta de espíritu, envolviendo 
al estrecho saloncillo en sombras grises que se acumulan como- 
singulares nubarrones en su cielo pálido. 

El policía da un empellón á la puerta, la cual cede y tiem- 
bla con crugidos, penetra, investiga ; sale, escudriña con su 
mirada toda la extensión de la calle, y parece estudiar la os- 
curidad que envuelve los ángulos de las puertas 3" á la vez de- 
ja oirel prolongado silbido de su pito. 

Kl agresor ha huido. El vigilante nocturno permanece 
inmóvil un instante, esperando se reproduzca esa llamada com- 
prensible por el compañero distante. Este la percibe y trasmi- 
te, repitiendo la misma señal, y así sucesivamente los demás. 

Aguarda inquieto la aparición de sus colegas. 

Por los cuatro extremos de las esquinas surgen, vienen 
corriendo, llegan, al unirse cambian algunas frases brus- 
camente, y se enjugan el sudor, que ha brotado en su carre- 
ra, con la áspera manga de su abrigo. 

Uno trae al Juez, inspeccionan el cadáver, comienzan las 
pesquizas, los informes abundan, con encarnizamiento em- 
prenden la caza del criminal No lo encuentran. 

La víctima es reconocida ; es un comerciante inferior. 

Dos días después al agresor se había apresado. Se abrió' 
y se extendió el sumario, y se le condenó con una pena que 
más tarde se acortó á menos tiempo, siendo menos rigurosa., 
Indud^iblemente algún recurso patentizó el reo á la Justicia. 
Para esta concluye su misión. 

Pasados algunos días de los acontecimientos que hemos 
narrado, ocurrieron otra noche escenas diversas, nuevas. 

El vigilante nocturno, dominado por el frío, cubierto con 
su capote, se paseaba de esquina á esquina, para entibiar sus 
miembros un poco ateridos. 



26 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



La una había dado la campana del reloj déla Catedral. 

Una mujer joven todavía, escasamente ataviada, desafian- 
do á la temperatura con sólo un pañolón de lana color gris 
que apenas cubría su gentil cuerpo, ceñido por un capuz des- 
flecado por distintas partes, pasó apresuradamente por delan- 
te del policía, dejando tras sí su huella en la atmósfera, que 
corrompía con el espíritu de los venenosos medicamentos de 
que se había servido y de cuyo olor iba impregnada. 

Al cuarto de hora regresaba acompañada de un hombre. 
Iba éste abrigado por un largo sobretodo de paño azul mari- 
no que le llegaba hasta los pies, y le ocultaba á medias la ca- 
ra su cuello levantado. 

A tiempo que pasaban- por junto al guardia, se llevó una 
^mano á la frente la mujer, y con angustiosa voz dijo : 

— i Dios mío ! ¡ Dios mío ! por favor, salvadle. 

Y asiendo por los brazos al doctor con tanta fuerza que lo 
hizo detener grave, desesperada, con una especie de furor de 
loca, gritó : 

— ¡ Doctor, usted lo salvará ! ¿No es cierto? 

Y su diestra convulsiva estremecía el brazo del médico. 
— Sí. Haré todo lo que la ciencia me ha ilustrado, — dijo 

con severidad el doctor. 

Cayó ella á sus pies y sollozando oprimió en las suyas la 
-diestra del médico y decía : 

— i Señor, en cambio de la vida de mi Jorge querido to- 
mad la mía ! Si á amado alguna vez en su vida considerad 
lo que esta débil mujer sufrirá con la pérdida del único ser 
que ama ! Yo no exijo, ¡ Dios mío ! suplico. 

A duras penas logró el médico alzarla, diciéndole para 
tranquilizarla : 

— No tema usted, señora ; todos mis esfuerzos pondré en 

salvarlo Además, la enfermedad no es de naturaleza tan 

grave que se pueda colegir su pérdida. 

Y levantando los ojos hacia el cielo añadió : 
— Dios responderá de mis acciones. 

Y prosiguieron la vía que seguían, mientras el guardia, 
•siguiéndolos con los ojos, como si la suerte adversa ó hala- 
•güeña de aquella mujer le interesase, murmuraba para sí: 



EL VIGILANTE NOCTURNO 27 



— Es el esposo que está eti las últimas. ¡ Pobre mujer ! 
lo quiere tanto que la compadezco á mi pesar porque temo 
vaya á enfermar con esta muerte irremediable. 

Y con lentitud, se paseaba aún para ahu^^entar al frío 
•que hostilizaba su cuerpo. 

A eso de las tres y media de la madrugada, un chico co- 
mo de diez años, venía sobre un borrico de pelo oscuro que 
cojeaba de una de las patas delanteras. Sobre el lomo del pa- 
ciente bruto se ostentaban, á uno y otro lado del muchacho, 
dos cargas de distintos frutos que se entreveían á través de 
los sacos de cabulla que los guardaba. El rapaz cantaba á 
media voz una canción picarezca de Guanare, su tierra natal- 
Una mujer, al parecer anciana, de facciones un tanto de- 
macradas, con vacilante paso caminaba, apoyándose en un 
grueso palo de encina. Vestía un traje haraposo y sucio, re- 
vestido con remiendos de distinta tela ; su cabellera de color 
ceniziento caía en desorden sobre su espalda, y se perdía en su 
seno innumerables ebras y hasta se mostraban en su faz de- 
saseada dándole no sé que aspecto repugnante. 

Al ver al chico se detuvo y lo miró sonriendo, sonriendo 
con esa sonrisa triste que deja traslucir en sus labios raras ve- 
ces las almas que sufren en silencio. I^e hizo un gesto, él se 
'detuvo, y ella se llegó hasta el cuadrúpedo, le asió una rien- 
da, y al muchacho díj ole: 

— Tengo hambre, angelito ; he dormido en esta calle, mi- 
ra, en aquella puerta mojada, porque algunas veces no en- 
cuentro donde quedarme Hace frío, mucho frío, — y tirita- 
ba su cuerpo y crujían con asperez?. sus malos dientes unos 
contra otros, — mi cuerpo se debilita, mis manos se hielan, por 
favor, dame dos ó tres centavos para tomar un poco de café y 
comer una hogaza de pan en esa esquina. Toda mi vida te 
quedaré agradecida. 

Y corrían por su tez las lágrimas, y miraba al muchacho 
con aquellos ojos húmedos, brillantes, en los que se leía la 
súplica 3^ se traslucía el hambre ; y en toda ella se mostraba 
la miseria con todos vsus defectos asquerosos, con su desnudez 
íniás viva. x 



28 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Kl chico vacila, se lleva la mano al sombrero, lo levanta 
y se rasca 1^ cabeza, mirando á la mujer con repugnancia;- 
hace un gesto para hablar, y su palabra espira antes de llegar 
a sus labios, los cuales se contraen ligeramente, 3^ se queda 
pensativo como si algún pensamiento ocupara su mente. En- 
seguida hizo un esfuerzo sobre sí mismo, introdujo maquinal- 
mente la siniestra en el bolsillo de su corto pantalón, sacó unos 
centavos, los contó con sus ojos, y alargó hacia la mujer su 
brazo diciéndola : 

—Tome. 

La mujer, en un trasporte de agradecimiento, le toma la 
mano con violencia y se la cubre de óbsculos. 

Kl rapaz la retira, j, enternecido, destocándose, con tris- 
teza solemne. 

— Eso sí, — repone, — reze usted un Ave María y dos Pa- 
dre Nuestros por el alma de mi madre ; la tengo por muerta. 
Tenía 3^0 cuatro años cuando la perdí ; ¡ no la he vuelto á ver ! . 

Y enjugó las lágrimas que asomaron en sus párpados. 

— ¿ De qué murió? — preguntó la anciana conmovida. 

— No sé decir. Sólo recuerdo que un hombre se la llevó" 
del rancho. 

La anciana palideció intensamente, y llevando sus manos- 
á la frente, cual si quisiera contener acaso algo terrible oculto 
en ella, con voz desfallecida preguntóle : 

— ¿ Cómo se llamaba ? 

El chico se llevó el Índice de su diestra á la boca, y levan- 
tando los ojos al cielo siguió con ellos á una nube que, en for- 
ma de espectro, se deslizaba por el azul transparente del éter, , 
y murmuraba quedo : 

— Se llamaba Se llamaba ¡ Ah ! ya recuerdo, sí,. 

se llamaba Blanca Peñalver. 

Al oir este nombre sintió la mujer que sus piernas ña- 
qutaban y se asió con viva fuerza al cuello del bruto. Mira- 
ba petrificada al muchacho que, espantado del parecer de la^ 
mujer, retrocedía, tirando de las riendas al animal. Las me- 
jillas del chico parecían adelgazarse 3^ sus ojos se engrandaron^, 
en sus órbitas, pues el asombro y el miedo de que estaba po 



EL VIGILANTE NOCTURNO 29 



íseído era grande, porque aquella mujer en ese instante estaba 
horrorosa. 

Repuesta la mujer de su emoción, miró con más fijeza al 
chico, abrió sus brazos, y con alegría angustiosa, fuera de sí, 
precipitóse sobre él y se abrazó á su cuerpo, al mismo tiem- 
po que un grito ahogado, grito indefinible, desprendido de 
las entrañas del alma, se escapó por sus labios : 

— i Hijo ! ¡ Hijo mío ! 

líl muchacho se conmueve á aquel nombre y á su vez la 
-^estrecha entre sus pequeños brazos, y llorando á su pesar 
abandona su cabecitá de querubín sobre el pecho de la ancia- 
na, y con voz que parecía vibrar decía : 

— j Madre ! ¡ Madre mía ! 

El vigilante nocturno contempla este cuadro conmovedor 
'enternecido. 

El albor se levanta. 

Más tarde, el ruido incesante de la gran ciudad que des- 
pierta de su sueño, elevándose hasta el cielo Un hilo grue- 
so de humo que se eleva de las chimeneas de las fábricas, per- 
-diéndose en lo infinito El sol poniente escalando por so- 
bre las empinadas cumbres de las montañas, y enviando su 
.aliento' en polvo menudo de oro á la ciudad perezosa aún por 
íel baño helado de la noche. 



j La vida en agitación ! 



~-G^ 



^^^^♦^^^^^^^^^^^^^^^^^^ 



ILK K'ÍLmUBJK mmi. MQ&MM 



vgi/ ' 



Kl bullicio infantil, esa algazara inconsciente en el hogar 
doméstico, es la felicidad más pura que la prí^videncia puede' 
conferir al mortal. 

— Una mujer sin hijos es una vid sin frutos, — díceme don- 
Fermín potiiéndose grave. 

i Y el buen señor se cuenta como el más dichoso entre 
sus semejantes ! Su casa es un nido de golondrinas. 

— Todos los años un pajarito más comienza á piar en mi 
casa, — dice alegremente. 

Y con cierto orgullo añade : 

— A la Naturaleza no se le puede infringir sus leyes di- 
vinas. 

¡Y vaya usted á su casa! Desde que uno pone la plan- 
ta en la puerta siente aquella confusión alegre ; y al entrar,, 
admira aquellos semblantes iluminados por la vida lozana, 
contempla á aquellos intranquilos infantes que ocurren á reci- 
birle en tropel, despertando en nuestro pensamiento los ventu- 
rosos.días déla infancia, la alborada déla vida. 

Cuando fui una tarde á la casa de don Fermín, uno de sus 
chicos, montado á horcajadas en una escoba que arrastraba- 
con ruido por toda la casa, pasó por mi lado, dándome con el 
extremo espigoso con vigor, y deteniéndo.se gritó : 

— i Sóóó ! 

Y mirándome sonreído agregó : 



LA ALEGRÍA DEL HOGAR 31 



— Este caballito es muy mañoso mira como tira coces. 

Y tornaba á regalarme dos ó cuatro escobazos que yo per- 
cibía sin enojo. 

Nos habíamos sentado en sillones de terciopelo rojo etB. 
medio del pedazo de tierra cultivado en el patio, bajo un ta- 
marindo riquísimo en follaje. 

Doña Esperanza, señora demasiada joven para don Fer- 
mín, muy agraciada de Natura, al lado opuesto de nosotros, 
tejía un paño de mano. 

Su cónyugue don Fermín, á mi izquierda, desgranaba: 
una granada que se entreabría de madura, compartiéndola en- 
tre ambos, y no omitiendo por esta circunstancia su charla 
amena, llena de agudeza y sal. 

Luisito ponía vSUS manos en mis muslos y decíame con su. 
■vocesitade grillo : 

— i A mi me gustan mucho los caramelos y las pastillas- 
acirulaas ! ¡ Nó, nó, yo no quiero granaa, caramelos sí ! 

Y zapateaba, me llevaba sus manitas al cuello poniéndo- 
melo con pliegues de sinfonía, y continuaba : 

— ¡ Yo no quiero á esos !— me señalaba á sus padres. — No- 

me dan lo que pido á tí si te quiero mucho ¿Tú me 

quieres? Alcánzame una naranja de esas que "cuelgan de 

la rama. 

Satisfacía su deseo- 

— ¡ Aay ! — decía arrugando la cara — i qué desabría está !. 

Y con sus manos bañadas por el ácido se me acercó, 3^ 
me puso la pechera de la camisa, que dos hora antes reponía 
á la que llevaba, i figúrense ustedes ! 

Doña Esperanza alarmada del suceso se me acercaba, re- 
miraba el brochazo de su nene y se lamentaba del mal. 

— Si no es nada, señora, — díjela sonriente para tranquili- 
zarla; pero, lo que en mi interior pasaba sólo 3^0 lo sabía. 
i Me entraban ganas de despachurrarle las ternillas de un 
guantaso ! 

Doña Esperanza lo reprendía. 

Yo estrujaba con el pañuelo la mancha. 



32 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— Señora, — la dije, — esas manchas las extingue el jabón ; 
] por gran cosa se inquieta usted ! 

i Diantre ! créanlo ustedes, me agradaba que mirara con 
buenos ojos mis intereses, i Hombre, no faltaba otra cosa 

El chico salía á asearse aquellas asesinas, y, luego reapa- 
recía corrido por la amonestación maternal y se me acercaba 
con la timidez de la oveja. 

— lyuisito, ¿verdad que no tornarás á repetir lo que hi- 
civSte ? — preguntábale acariciándolo. 

— No yo te quiero mucho. 

Y pugnaba por subírseme á las piernas. Por fin lo logra- 
ba, ayudado por un esfuerzo mío, y suspiraba el muy pillo co- 
mo agitado del ascenso, 

— ¡ Aja ! — decía, tomando la postura más cómoda.... Oye, 
¿ cuánto te costó ese trapo ? 

Y me estropeaba sin compasión la corbata. 
— Fué un regalo, chiquito, — le contestaba. 

— Y, ¿cuándo me regalas una á mí? — reponía, deshacien- 
do el lazo.... ¡Ay i ¡ mira mamaíta !.... ¡ mira papá !.,.. ¡ Adiós 
peroles ! ¡la descompuse, la descompuse, la eché á perder ! 

Gritaba, febril de alegría y de sorpresa, removiéndose so- 
bre mí cual si se hallara sobre un potro. 

i En potro he debido transformarme y cabalgar con él, dar 
brincos que le pusieran en aprieto y lanzarlo de cabeza dentro 
de una paila de aceite hirviente y dejarlo freir como á un bu- 
ñuelo ! 

— Pero, Luisito, ¿ te estarás tranquilo ? — le decía con to- 
da su paciencia don P^ermín. 

j Truenos ! me exaltó la manera de imperar de don Fer- 
mín, y me asaltó la idea de aplastárselo en la cabeza, ¡ y has- 
ta le hubiera retorcido el cuello como á un pollo al tal Luisito ! 

— Vamos, chico, — objetó, — bájalo. 

Y busqué auxilio en los ojos de doña Esperanza, mas en 
•estos leí tanta complacencia, tanta bondad, tan dulce mirada 
sobre su pedazo y alternando en mí, que me embarazó y sólo 
respondí con todo mi dolor : 

— Nó déjelo usted doD Fermín. 



LA ALEGRÍA DEL HOGAR 33 



i Y. con que buenas ganas lo hubiera disparado al tejado 
como á un lío inútil ! 

Anita y Julio se presentaron con plantas recien arranca- 
das de la tierra en sus pequeñitas manos. 

— Mira, Luisito, — dijo ella, — tú no sabes plantar ; yo sí, 
mira. 

Y cavaba la tierra con mucha gracia. 

— ¿Qué no ? — chilló. — ¿ Qué no sé plantar ? 

Y se desprendió de mis rodillas, y corrió tras ellos 

i Dios mío, al fin me dejabas respirar! para después de- 
salentarme Y aflijirme más al verlo reaparecer ante mi 
vista. ¡ Maldita mi paciencia ! — decíame para sí. — Y ocurría 
á mi memoria el tifus, el cólera, las viruelas amarillas, negras, 
verdes ó tornasoladas ¡ que demonios ! deseaba que se cebaran 
en él y lo desollaran vivo. 

— i Mira ! — gritaba acercándose ; — y ya preveía una 
catástrofe. \ Mira ! — y me mostraba una raiz de lirio — esto 
lo voy á sembrar en una tina de esas. 

i Y el villano la sacudía sobre mí ! 

— Bueno, siémbrala ; quiero verte, embustero — decíale, 
ahuyentando la tierra de mi traje. 

Y él, bendita inspiración celeste, me dejaba libre, ¡ libre! 
y suspiré,' como si desterrara un gran peso que me embargara, 
i Bendij-e, desde mi pensamiento, á aquellos pequeños que se lo 
llevaban, que me libraban de él, de esa garrapata que parecía 
adherirse á mi cuerpo, no dejándome tiempo ni para rascar- 
me ! se lo llevaban para que los ayudara á cultivar. 

lyuégo, abandonaron la tarea de las matas y emprendieron 
á correr por toda la casa, gritando, causando estruendo in- 
menso con peroles que hacían de tambores. Confundían ellos, 
gritaba doña Esperanza imponiendo silencio, mientras don 
Fermín me decía : 

— Es menester acostumbrarse á llevar esta existencia con 

calma Los niños constituyen la diversión de mi vejez. 

Sus gritos, sus juegos inocentes me alegran, y, cuando ellos 
me faltan, y me veo solo entre estas cuatro paredes, juzgo ha- 
llarme en un desierto ó en un panteón, y siento miedo 

Los niños son las aves de la casa. 

3 



34 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Soy, lectora ó lector mío, del parecer de don Fermín. Me 
entUvSiasma el desorden con fundamento. Cuando contraiga 
nupcias procuraré verme codeado de chiquillos, y semejante á 
don Fermín, viviré contento, porque hay que convenir en 
que un matrimonio sin hijos es una huerta sin flores. 

Pero, eso sí, advierto que á los extraños no los quiero ni 
pintados, porque i yá los conozco! 

Salí de la casa de don Fermín sudando, con lunares co- 
losales en la pechera, con tierra en el vestido, con la corbata 
enferma y la cabeza perdida. 

i Ah, Naturaleza ! 



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GOCE PROCO 



¿Conoce alguno de nuestros lectores ala Venus? 

Evidentemente me dirá la generalidad, que la conocen por 
las reseñas que de ella han hecho escritores notables ; por las. 
pinturas en que nos la representan en esos libros voluminosos, 
realzados con relieves dorados é incrustaciones de oro en su 
dorso, recamados sobre las letras de adorno que resaltan en 
sus páginas de finísimo papel de fondo opaco ; libros, en fin, 
que generalmente figuran, á mi juicio, en los suntuosos es~ 
tantes del opulento. 

j La Venus ! ¡ Diosa que surgió del anchuroso mar, entre 
la blanquísima espuma, que parece tomar formas de menudas 
nubecillas que suspiran bullidoras al flujo y reflujo del in- 
quieto elemento ! Bañó á su cuerpo Febo con una lluvia de 
oro desde el zenit; y las presurosas olas la mecieron y lleva- 
ron en sus ondas encrespadas, cubriéndola de besos y su- 
surros armoniosos, i Diosa divina, tan ensalzada por los ge- 
nios de los siglos, tan deseada por las generaciones que elevan 
tu nombre hasta la gloria !.... Y yo no conozco esas obras in- 
mortales que te dan á conocer, porque ni siquiera me ha sido 
dado leerlas, por obstáculos que el Destino, siempre pertinaz, 
ha interpuesto en la penosa vía de mi existencia. 

La Venus es la perfección de las huríes. 

Afirmo esto guiándome por la luz que he percibido de la. 
antorcha de la Fama. 



36 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Ahora bien ; \ yo, yo he visto á esa Venus divina, la he 
contemplado absorto, con estupor indecible, tembloroso, con la 

obduración del amor ! y hasta llegué á ocupar en ella el 

puesto del gran Júpiter. 

La vi en un extenso taller de fundición. 

i Sí, señores, no se rian ! en un taller de fundición, i Y 
tenía allí á su Vulcano, dando con un martillo enorme sobre 
una placa de hierro, encarnada por t ' !• -^ • de la en., -euea ! 

Déla cintura para abajo, una piel de carnero, sostenida 
en sus extremos por dos trensas grasicntas que se anudaban 
detrás, cubría no del todo su pantalón azulado ; por la aber- 
tura estrecha que se abría en su camisa de lana, desde el cue- 
llo hasta el ombligo, se mostraba su pecho velludo ; sus man- 
gas, recogidas casi hasta los hombros, descubrían dos brazos 
fornidos, de nudosos codos y músculos de atleta, y unas ma- 
nos, diablo, tan grandes y tan callosas, que me parecen sufi- 
cientes para someter, tal vez, al toro de más pujanza. Guar- 
daba su cabeza un gorro de pana encarnada que había per- 
dido con el uso la coronilla y, por donde se escapaba una 
mecha de cabellos negrísimos. Sus ojos vSon vidriosos, sus 
cejas sombrías, la nariz enorme y puntiaguda, una nariz rara, 
y su boca ancha, al sonreír, descubre dos filas de dientes mal 
acondicionados, pero de una blancura de marfil tan hermosa 
que contrasta singularmente en su cara severa, horrible por 
la barba grosera, toscamente crecida, que le dá un aspecto de 
salvaje. 

Cada vez que lo miro tiemblo como un cervatillo ante un 
lobo. 

La casa que habita tiene dos pisos. ^Bn el alto está la sa- 
lita. Su mueblaje es pobre, pero ordenado con tanto gusto y 
con una coquetería tan refinada, que al entrarse en ella la 
vista se detiene y se recrea en cada objeto, porque el más in- 
significante simplifica un adorno artístico, dotado de sencillez 
magnífica j realzado por su primorosidad y gracia encanta- 
dora. 

A la salita sigue la alcoba, y de la alcoba no recuer- 
do mas. Kn el bajo está la fundición. Bl exterior tiene sus 
dos puertas laterales y por sobre ellas nn balcón tendido en 



GOCE PROCO 37 



el que se alzan, por sobre el pasamanos, plantas floridas y en- 
redaderas que se extienden en toda su longitud y lo cubren con 
su espesiira, dándole no se que perspectiva que atrae irresisti- 
ble la atención del transeúnte. 

Kn verdad, es un nido de amor. 

Mi Venus arreglaba una meseta de flores encarnadas so- 
bre una mesa de bruñido cedro barnizado ; al pasar la vi, y 
me detuve como contenido por algo desconocido que me ob- 
secara, permanecí fijo, recto, una sombra pasó por mis ojos, 
mi pensamiento quedó suspenso}^ mi espíritu debió dilatarse; 
creíme trasportado á lo infinito, rodeado por lo etéreo, y vis- 
lumbrando ante mí aquella mujer como una aparición celeste 
envuelta en celajes luminosos y resplandecientes El mis- 
terio descorría sus cortinas invisibles y me hacía entrever lo 
superior, lo ignorado que velaba ; en ese instante no percibía si 
me hallaba ante un ser sublime ó una visión natural de Titea ! 

i Dios mío ! tú lo sabes. Si no caí en tierra al sentir su 

mirada que arrolló á la mía, sin duda fué nó, no puedo 

explicarlo ; me sentí agitado, bajé la vista, nada percibí en 

derredor mío, vacilé y mi mano produjo un golpe seco al 

descargarse contra la pared que me sirvió de columna, dete- 
niendo á mi cuerpo. 

Volví en mí, pasé por mi vista entrambas manos como si 
quisiera desterrar alguna sombra que la empañara, y sin osar 
mirar, tan grande era mi aturdimiento, con paso irregular 
avanzépor la senda interrumpida. 

La atracción que aquélla mujer siguió ejerciendo sobre 
mí llegó á embelesarme, concibiendo en mi espíritu el desaso- 
ciego y turbando á mi sueño ideas insensatas. 

Al día siguiente pasé por el exterior de su vivienda. Nos 
miramos simultáneamente. 

Conmovido,- feliz en aquel instante, con aquella cari- 
cia muda prodigada, que agitóme el corazón, seguí intran- 
quilo mi camino, y ya distante, volví la cabeza, por ese instin- 
to propio que nace de las sensaciones del afecto, y mis ojos 
se encontraron con la grotesca figura de Vulcano, apoyado 
contra el ángulo de una de las puertas, con su pipa entre los 
labios. 



38 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Al verle me desconcerté, porque aquella cara horrible y 
aquellas manos diformes me infundían un temor inexplica- 
ble, y opté por escurrirme, porque soy una criatura de com- 
plexión tan delicada, y de sensibilidad tan fácil de revelarse 
■á la menor impresión, que lomas mínimo indispone mi físico. 

Llegó una noche en que la inquietud que la imagen de 
:aquella mujer llevaba á mi alma llegó á hacerse insoportable, 
desesperaba por verla. Kn mi cerebro se apiñaban las ideas, 
me torturaban, y sentía en él como efectos de martillazos. 
4 Qué lucha tan tremenda sostenía enaqu^l instante el alma y 
-el pensamiento ! 

— Pasaré por su casa, — me decía, — acaso estarán cerradas 
las ventanas y las puertas, miraré al primer piso, esperaré 
oculto entre las sombras que envuelven á las casas de enfren- 
te, y si el azar me la depara, la hablaré del amor, hasta en- 
tonces de mí no presentido. Sí, ¡ el amor ! porque esta zozo- 
bra que perturba mis sentidos, esta fiebre insufrible en que 
me abraso y que me tortura, teniendo á mi ser entre un orco 
indescribible, ¿ qué puede ser, sino amor ! 

Salí, y desesperado, me encaminé hacia su casa. Serían 
más de las ocho cuando llegué ante su puerta. Estaba esta 
entornada ; había luz en la fundición y en el alto, pero no se 
percibía ningún ruido. Tuve el vale;- necesario para escudri- 
ñarlo todo, primero, por el ojo de la cerradura, después, por 
la entreabierta puerta ; latíame el corazón con violencia y el 
-^aliento parecía faltarme. 

Oí el susurro que un traje produce al paso de la mujer. 
j Bs ella ! dijo la voz de mi conciencia. 

Y sus pasos resonaban en mi espíritu. 

Instantáneamente abrió la puerta, y su silueta se destacó 
en ella entre una indecisa claridad que penetró en las tinieblas. 

Palidecí al verla, y mis ojos centellearon por el amor y 
^1 deseo de que estaba poseído, y sin pensarlo me arrojé en 
:sus brazos y la estreché contra mi pecho. En vez de enojar- 
se me oprimió en los suyos y nuestros corazones se comuni- 
caron sus latidos 

Sonreía ella con una dulzura inefable y ala vez meenvol- 
•^'ía en su amorosa mirada ; abandonó á las mias su mano in- 



GOCE PROCO 39 



fantil que yo oprimí y llevé á mis labios. Se estremeció, é 
hizo un débil esfuerzo como si aquellos besos la mortificaran. 

— Ven, — me dijo. Y asido á su diestra, me dejé condu- 
cir por ella. No me di cuenta de los objetos que formaban 
alas cuando atravesamos aquel largo taller ; dejábame llevar 
sin saber de mí, olvidado del mundo, de todo; aquélla mujer 
parecíame una de esas apariciones celestes que forjan los sue- 
ños, y que, voluptuosas se inclinan sobre el lecho, nos embria- 
gan con sus caricias, murmuran quedo frases sublimes al oí- 
do, y se entregan á nuestros afectos desenfrenados, j Qué 
sensible es el despertar ! quedamos agitados por un éxtasis que 
embelesa, y un vago estremecimiento parece notarse en derre- 
dor, fluctuando en el vacío, una cosa así como aliento de 
mujer que despierta el sensualismo. 

Retúveme un instante y la palpé, para cerciorarme de la 
realidad. 

Klla me atrajo, y me instó á seguirla. Ascendimos en 
puntillas por una escalera torcida, llena de espirales, atrave- 
samos la alcoba y entramos en la salita. 

Sin hablarme, siempre sonriente, me indicó con un gesto 
gracioso que esperase. Entró en seguida, trayendo un fras- 
co de cristal cuya forma representaba á una diosa desnuda, y 
dos copas de color de ópalo. Virtió en ellas un poco del líqui- 
do que contenía. Yo la miraba con miedo, con una especie 
de terror, sentí la frente humedecida por un sudor frío, porque 
figuré ver en ella la imagen de lyUcrecia Borgia. Quizá leyó 
en mis ojos mi pensamiento, porque levantó ambas copas, y 
mirándome sonreída las probó. 

Apuré el líquido hasta la última gota. Era una bebida 
muy fuerte, que dejaba en la garganta un sabor dulce, prepa- 
rada por su esposo. 

Pocos minutos después la hablaba de mi amor, ella me 
oía embelesada, me besaba con ardor ; mis brazos hiciéronse 
atrevidos, rodee su talle, probé la miel de sus labios, sentí el 
contacto de sus mejillas suaves, caí en sus brazos, confundi- 
mos nuestros alientos y nos unimos ambos. 

El placer y el amor se abrigaban bajo un mismo velo. 



40 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Kn medio del silencio de la noche el sonido pausado de 
la campana del reloj de la torre de la Catedral anunció las 
dos. 

Tiritando bajo el imperio de la niebla helada de la ma- 
drugada, cruzé las calles que conducían á mi hogar. Mis pa- 
sos resonaban sobre el piso cimentado de la acera, y el eco 
que iba á apagarse en el fondo de las calles que dejaba atrás, 
de tal modo influía en mi ánimo no se que espanto desconoci- 
do, inexplicable, imaginándome sentir pasos de otra persona 
que me vSeguía, que, creyéndome perdido, vi levantarse ante 
mí al terrible Vulcano con el martillo suspendido sobre mi ca- 
beza, en traje de trabajo, tal como le había conocido, y acele- 
ré el paso, y creo que corrí empujado por el miedo, pues aún 
me parece oir el silbido del pito del vigilante nocturno que 
juzgo me alertaba. 



^^^-^^^íf^^í^^í-^ífí-^^íí^^^^^^^ 



URBANIDAD LXBRK 



Para probar una persona que ha recibido una educación- 
tan esmeradísima que no admita reprensiones ngenas, debe 
hacer perdurable en su memoria las reglas perfectísimas que- 
expongo con la mejor buena fe del mundo : 

KN I^A CASA PROPIA Ó PARTICUI.AR 

Al levantarse, pertenezca la persona á uno ú otro sexoy 
que esto reza con todos, debe salir con el traje que ha dormi- 
do, calzarse unos zapatos viejos que le queden espaciosos en 
los pies para que metan mucho ruido, y en seguida, para en- 
cender el vigor vital, se pondrá á correr por toda la casa con 
la dichosa libertad que un potro ó una yegua lo hace en la sa- 
bana. 

Esto debe ser lo más temprano posible Recomiendo 

el albor Esc ejercicio le hará sudar demasiado, debiendo 

entonces dirigirse tranquilamente al baño, y si no lo hay, á 
una pipa, y sin detenerse en pedir permiso, métase allí y pon-" 
gase enano bajo el agua ó deslízese igual que un pez. 

Sale del baño al cuarto de hora, se va derechito á la cama, 
ocúltese bajo las sábanas y permanezca así otro cuarto de ho- 
ra áfin de calentar el cuerpo Llegado este término , saque 

maquinalmente los brazos de las ropas que los cubren, deje 
asomarlas piernas por otro lado y, cuando la atmósfera allí 
encerrada enfríe estos miembros, póngase de un salto en el pi- 



42 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



SO, dispare la ropa lejos de sí, y cuelgue como á un trofeo la 
almolaada en un clavo á buena altura fijado, para que se refres- 
que. Todo esto á prisa, sin que le importe un cuerno, é in- 
mediatamente salga fuera, coja una cacerola y á manera de 
tambor fustigúela con un palo, acercándose á todas las piezas 
que ocultan á los que duermen, y forme en cada puerta una 
retreta, tal, que los haga levantar incomodados, en trapos in- 
feriores, y procure que corran detrás de usted Esto es bas- 
tante higiénico, porque los nervios se excitan y se siente la 
persona con ganas de dar palos á todo hijo de Dios. 

Cuando se encuentren en el patio restregándose los ojos 
ó bostezando le lleva agua cocida, endulzada con papelón ne- 
gro, y le agrega una onza de sal de la higuera y el ácido de 
media docena de limones extringentes, para que le desarregle 
el estómago inmediatamente. 

El saludo debe hacerse con un golpe fuerte por la espal- 
da y enseguida se le requiebra con piropos que no resul- 
ten infacetísimos. 

Hecho esto corra á vestirse el mejor traje que tenga. En 
esto del vestir debe haber grandísimo cuidado, porque en la 
calle lo primero que hacen ^s olerlo, y si le notan los dedos 
por la punta rota de los zapatos ó el cuello como carbone- 
ro dése por corrido, porque rehuyen. 

En la mesa proporciónese un puesto donde las viandas 
estén más á su alcance y déle caza á lo más sustancioso y 

fino No se inquiete en rogar al vecino que le procure lo 

que sea de Sil gusto ; póngase en pié, ¡ los demás que miren 
y se fastidien ! incline el cuerpo si es necesario, sin preámbu- 
los nó, nó, con cuidado por el trajecito, y atrape lo 

que quiera que en nada perjudica. ¡ Ah ! me olvidaba de una 
advertencia importante ; debe presentarse en mangas de ca- 
misa es lo más decente y lo más bonito en sociedad de dis- 
tinción, y de esta manera le acaricia el aire á su gusto y le pre- 
dispone el ánimo.... porque esto de ir cargando con hábitos es 
nocivo á toda naturaleza, porque le pone á sudar y hasta lle- 
ga á estorbarle en sus movimientos. 

Descanse contra el espaldar del asienio, á imitación de 
los romanos antiguos, abra las piernas sin turbarse, búsquele 



URBANIDAD LIBRE 43 



juego con los pies á la vecinita ó al vecino : á éste píselo 
fuerte para que chille, por lo que tenga en ellos ; á aquélla 
con confianza, con suavidad llágale cosquillas, coloquéselo 
encima que ella no se molesta, créamelo ; al contrario, paga su 
caricia con una. sonrisita, agradable en su rostro por 

Hable lo indispensable, ó mejor dicho, no abra la boca 
más que para comer, comer sin descanso, sin detenerse, á es- 
cape, y que repitan los platos los criados del servicio para que 
no descansen, para que ganen bien el salario; y no le importe 
un fósforo que alguno se quede en ayunas y murmure de 
usted. 

Si al levantarse los manteles el estómago se siente en ac- 
titud noble de recibir otra reverencia, vayase á la cocina, no 
haga caso de lo que dirán, déle bromas á la cocinera, cortéja- 
la si tiene buena cara, y convídela á limpiar los saltenes y los 
calderos ; acaso objetará, ¡ bueno ! entonces suplique, replique 
con argumentos indiscutibles, y ella se ablanda, le sonreirá 
"con los ojos" y los dientes, inclinará la cabeza con dulzura, 
y jugará con el delantal porque, ¡ qué virgen ni que demonio ! 
se ve conquistada y la dá vergüenza si no la ha perdido. 

Al quedar satisfecho entre al salón con su girón ó habano, 
soltando humo por donde pueda ; ocupe un sillón cómodo, 
cruze sus piernas y suelte la lengua. Procure no dejarle ti- 
rar un tirito á los concurrentes, hable de diversiones públicas 
y privadas, de ciencias, de política,' de literatura, de todo, 
aunque no conozca nada, que el que mete la pala algo saca.... 
aunque sea un bofetón. 

EN LA CALLE 

Camine con reposo al salir de la casa después á prisa, 

llevando á todo bicho viviente por delante. 

¿Qué derrriba á un señor de edad, á una señora ó á un 

chico? i Bueno, que no se atraviesen, que no estorben! 

i lyO mismo hacen los aurigas al transeúnte con sus vehículos ! 
pero por cortesía vuélvase sonriente hacia el caído y dígale : 

— ¡ Oh, Dios mío ! perdone usted...... ¡ Voy tan apurado 

por mis ocupaciones ! Aunque no tenga ninguna ; y con- 
tinúe su camino muy fresco, sin prestar atención á las quejas 



44 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Ó increpaciones del aporreado ; pero desvíe el saco prontamen- 
te, por lo que pueda venir. 

Guíñele los ojos á las muchachas que están en las ven- 
tanas, que ellas se ponen ahí para lucir sus palmitos y dirigir 
á diestro y siniestro miraditas lánguidas á los que pasan; ob- 
sequiélas con flores hermosas, aunque no las conozca, que de 
este ardid puede nacer la amistad. 

Si algún amigo ó conocido lo invita á tomar algo en al- 
gún café ú otro establecimiento público, no se haga instar, 
acceda al punto, cuélguese de su brazo para que lo conduzca 
ya que es anfitrión, y háblelede su novia ó cuéntele algo gra- 
cioso, y, no pague \ nunca ! ¡ nunca ! porque esto no es propio 
de buenas personas, ¡ es una falta de educación ! 

Lea los periódicos en los hoteles ó en la Biblioteca y siem- 
pre tendrá de que tratar, porque ellos informan de todo lo que 
ocurre en la capital y en el extranjero. 

Muéstrese consecuente con los empresarios de teatros y 
con los artistas ; solicite un billete intrasmisible para entra- 
da á todas las funciones, contrayendo en caso fortuito el com- 
promiso de escribir la revista, y mal ó bien escríbala ; no 
censure, alabe todo, y tendrá la plaza asegurada en todo sitio* 
ameno. 

A las visitas, á los bailes, á toda reunión de familia, va- 
ya de frac ó esmocky y no abandone el sombrero de copa 

ñipara irácazería, para que le consideren como á un 

príncipe. 

No debe usar frecuentemente flores en el pecho, porque 
esta cualidad es ridicula, y sería irremisiblemente el blanco de 
todas las. miradas ; el exceso en cualesquier cosa es imperdo- 
nable, y repugnante. 

» 

EN EL TEMPLO 

Se entrará revestido de cierta gravedad. Declare las ma- 
nos insurrectas, no dejando la faz ni el traje tranquilos, y así 
atraerá la atención de los feligreses. 

Penetre á todas las naves, una á una, y ante la imagen 
que la guarda, caiga de hinojos, con los brazos suplicantes, 
los ojos puestos en el baldosado, 3^ moviendo los lambíos á fin 



URBANIDAD LIBRE 45 



de que las personas que lo miren queden persuadidas de que 
reza con fervor, aunque sea absurdo, finja, porque ya esta moís^ 
convencidos de que á ese lugar sagrado se va á pasar el rato, 
créalo, soy franco en mis ideas, porque se ha olvidado la de- 
voción religiosa, y es raro sorprender que se llene este requi- 
sito en su debida práctica . La f é se ha perdido, y allí las 
miradas y los semblantes se reaniman al leve ruido de los 
fieles que entran, por lo que saco, que, sólo hacen ver que 
cumplen con los preceptos del catolicismo ; pero á lo que van ' 
■es á contemplar palmitos, y cuerpos tentadores, palpitantes 
bajo el traje de seda ó el vestido de casimir. Allí no entra 
ya el fervor, sino la Í7itenci6n. 

Se saldrá del templo cabizbajo, y ya en la calle se vuelve 
á comenzar la comedia déla vida. A ver mujeres, enamorar- 
las y engañarlas, á presenciar fiestas, promover disturbios, 
correr rumores, comer, dormir y gozar de la vida hasta que 
la muerte nos guillotine. 



~^5^ 



^^*^^*^^*^^***^^^^^^^^ 



"crisr.^ oeiljEBkiid.^id 



Todos nosotros, reunidos, esperábamos oir hablar á aquel 
hombrecito bajo de cuerpo, craso de abdomen, cargado de es- 
paldas, de cabeza redonda 3^ de rara barba. 

Teníamos informe de que se había presentado en la Aca- 
demia de la lyengua, solicitando pertenecer á ella, porque se 
juzgaba digno á tan honorífica distinción, por la celebridad 
de que gozaba en todo el orbe. 

Ascendió pausadamente á la loma que formaba la parte 
de terreno menos plana, y comenzó así : 

— Me puse en pié ante aquel cuerpo respetable y dije:. 
Señores, nací en los hermosos valles de Aragua. Toda mi 
vida he sido un glotón, porque devoro cuanto puedo, 3^ mi 
apetito apenas queda saciado una ó dos horas ; á partir de 
ahí me encuentro en disposición de acometer con nuevas racio- 
nes.... Me interrumpí, porque un susurro, traído por la admi- 
ración, se dejó oir en toda la sala.,. Un individuo enjuto,, 
hasta el punto de parecerme una caña seca, exclamó con al- 
borozo : 

— i Oh ! soberbio apetito, i Bendito sea ! 

— Pero, admírense ustedes, — continué ; — á medida que 
los años se sucedían, mi abdomen se abultaba desproporcio- 
nadamente, hasta el grado de alarmar á mis padres. 

— ¡ Es una maravilla del siglo de las luces ! — exclamó el 
vicario d^ mi pueblo. 



UNA CELEBRIDAD 47 



— Pero otra cosa, singular por cierto, atrajo más su aten- - 
ción ; fué mi barba, que tomaba paulatinamente una forma 
nada común en mis semejantes ; en la actualidad, ya la ven 
ustedes, tiene la figura análoga de un cuerno. 

— ¡ Ya lo había dicho yo al entrar usted ! — gritó, mofán- 
dose de mí, un individuo obeso, que llevaba lentes, miembro 
también de la Academia, el cual salió de detrás del tapiz azul 
que velaba el interior de un gabinete. 

— i Eh ! orden, señor Floridor, — impuso el Presidente, 
agitando una campanilla. 

— El señor Floridor, murmurando de mí, descorrió el ta- 
piz y desapareció. Sin intimarme por esta indiscreción, re- 
puse : Decía, señores, que mi barba tomó la forma que ex- 
hibo ; bien, estos dones, que para mí nada tienen de celestia- 
les, han producido sucesos que han tenido resonancia en los 
salones de la alta sociedad. Ea verdad es que me he mirado 
en los espejos que se me han atravesado por delante y creo 
que estos excesos de Naturaleza me hacen favor ; hágome 
justicia, porque hay que convenir en que el hombre por más 
feo que le considere su semejante se tiene por agraciado en 
alguna prenda física ó moral ; por lo tanto, señores, soy feliz 
porque soy célebre. Eos periódicos, ¡ todos los periódicos de 
la capital ! hablaron de MI, de mi barriga, de mi barba y de 
MI; los del interior y del exterior exhibieron en sus colum- 
nas mi retrato, hablaron otra vez de mí y patentizaron los 
adornos que Natura derramó en mi extraordinario individuo, 
lanzando, para más gloria, este apostrofe inmortal que correrá 
dando zancadas por la adversidad : — " El señor de Tal y Cual, 
el hombre famoso que ha sido arrullado en su cuna por los 
aires deliciosos de la América del Sur, no tendrá émulos ; es 
el modelo de la celebridad." — ¿Eh? ¿ Es esto conquistar fa- 
ma merecida, señores, sí ó nó? 

— Sííí, — gritó unánimemente la Asamblea. 

— Pues bien, — repuse entusiasmado, — para que la duda 
que acaso haya surgido quede desechada totalmente, permi- 
tidme referir la principaLanétdota de mi preciosa vida. — El 
cuerpo aplaudióme con estrépito y aguzó luego los oídos. Sus 
ojos, fijos en mí, llenaron de gozo mi espíritu conmovido,. 



48 SALVADOR G0N2ÍÍLEZ P. 



porque comprendí que la atención más solemne se me prodi- 
gaba ; me froté con orgullo las manos y comenzé de esta ma- 
nera : 

— Cuando salí de casa, con barriga, barba y todo, me di- 
je : i A correr el mundo ! y emprendí mi entrada en él del mo- 
do siguiente: Un amigo, que me distinguía por mis hechuras, 
manifestóme el deseo de presentarme á un célebre escritor de 
artículos de po;ítumbres, el señor Roque Roquinón de La Ro- 
ca, pariente de él en no se que grado. Acepté gustoso. Al 
verme su pariente no supo que hacer de mí, así me colmaba 
de cumplidos y de elogios. ¡ A tal fineza tal condescenden- 
cia ! me? dije, y héteme, á los pocos días, convertido en amigo 

intimo de aquel favorecido de las letras Un gran artículo 

suyo, donde no hablaba más que de mí, de MI únicamente, 
llegó á ser leído del señor don Remembrón Brimbóa, hombre 
sabio, (muy conocido en su casa hasta de los gatos.) Su cón- 
y^ugue, hermosa mujer de treinta y dos inviernos, quedó en- 
cantada de mi retrato trazado por mi grande amigo, y en una 
carta que á él dirigió, le expresó el placer que tendría en co- 
nocerme.... La sociedad más escogida es la que brilla en aque- 
lla casa, suntuosa por los adornos que e acierra y muestra, y 
4onde el gusto se dá de cabezazos coa la novedad dispután- 
dose el agrado del huésped. 

— ¡ Irás, amigo querido ! — exclamó mi amigo abrazándo- 
me; — pero, eso sí, irás con tu barriga, con tu barba y 

— Y con todo, — agregué iaterrumpiéndole. — Tu sabes 
que son natiirales, y que con ellas cargaré hasta el otro mundo. 

— Hombre, á propósito, — añadió, con ese tono que revela 
la sugeción de una buena idea, — ¿por qué no escribes un tra- 
tado de Barrigología y otro de Barbilohíaf El dinero te cae- 
rá en los bolsillos como por cncantameato, porque- las edicio- 
nes las agotaría el público.... El gran Poe creó á un personaje 
inmortal que escribió uno sobre la Nasología, esta es la cien- 
^cia que trata de la nariz, los tuyos versarán sobre la barriga y 
la barba, ¿qué te parece? 

— Magnífico, — le contesté; — pero imposible de realizar- 
Esa es tarea delicada que asumo para esos seres privilegia- 
dos del Creador, esos hombres monstruos que penetran con 



UNA CELEBRIDAD 49 



la inteligencia en lo desconocido, y luego nos lo comunican 
en sus obras, i cosas de genio ! tú estás dotado de ese pro- 
digio divino, estás llamado á comunicar ese secreto Aquí 

me interrumpí para decir : Bien, señores, á las nueve y unos 
minutos, pisamos el dintel de la puerta de la casa de mi se- 
ñora y mi señor Brimbón. ¡ Qué iluminación ! i Qué profusión 
de ornamentos había en todo lo que la vista contemplaba en 
aquellos salones hermosísimos ! ¡ Qué mujeres y qué de joyas 
deslumbradoras resplandecían en sus trajes ! i Parecíame es- 
tar en algún palacio de princesas encantadas !.... Cuando su- 
hía los peldaños de la escalera de entrada oí mi nombre pro- 
nunciado por un criado, repetido por otro ; luego lo oí que 
iba de boca en boca por la generalidad de los concurrentes. 
Cuando me ofrecí ala entrada del salón, cogido del brazo de 
mi amigo, se levantó de la sala un murmullo grande y todas 
las miradas fueron para nosotros Una señora elegantísi- 
ma se nos acercó. Saludóme con un gracioso movi- 
miento de cabeza, á mi amigo estrechó su diestra con familia- 
ridad. Mi amigo, señalándome, dijo : — El señor ¡Y me 

nombró ámí! Y en seguida añadió : — La señora doña Auro- 
ra Claridad de Brimbón. — Acto continuo, se apoyó la señora 
en mi brazo, sin haber tenido yo la cortesía de ofrecérselo, y 
contentísima me conducía á mí, ¡ á MI ! que me reconocí ins- 
tantáneamente por la celebridad más célebre de los celebérri- 
mos célebres. Yo me paseaba con la indiferencia majestuo- 
sa de un monarca. Me detuvo mi señora ante un caballero 
de buena talla. Presentóme á él ; era su esposo. 

— i Hermoso joven ! — dijo. Y me dio un tirón extraordi- 
nario de la barba, agregando con tono de convención : Legí- 
tima ; y en seguida medió dos puñetazos por el vientre, di- 
ciendo : ¡ De la misma naturaleza ! Lo decía de la misma 

manera que lo hiciera un buen bebedor de vinos que prueba 
la excelencia de ellos. 

— La señora de Brimbón acarició mi barba con mucha 
complacencia, y me abrazó diciendo : i Monísima ! ¡ Bendi- 
to ángel ! Me volví para ver el efecto que producía su galan- 
tería galante. Un grupo compacto de caballeros me observa- 
ba. Al volverme exclamó uno : 



50 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— j Jesús ! — y se escapó tendido de risa. 

— ¡Diablo! — gritó otro soltando una carcajada, — i qué 
abdomen, parece un tamborón ! Y se escapó igual que el an- 
terior 

— i Bueno que está este Sancho Panza exagerado para 
ser lanceado por un Quijote de los nuestros ! — dijo un tercero 
al oído de una joven con quien corpartíasus cuitas, y la cual, 
al verme, con una especie de terror, díjole: 

— ¡ Ay ! vamonos, i Qué miedo ! Y se lo llevó de grado. 

— i Cáspita ! — dijo un recien llegado retrocediendo. 

— ¡ Que se desaloje I — gritó un jovencito desde la puerta 
de entrada, ahuecando la voz con sus manos. 

— Uno más osado me metió el bigote por los ojos, y me 
dijo : — ¡ Fenómeno ! 

— Yo los veía y los oía á todos con fingida indiferencia, 
sentía en mi cara ese ardor que se percibe -al resplandor de un 
horno encendido ; pero, cuando me llamaron fenómeno, y pa- 
ra más vergüenza, sin guardar consideración siquiera por la 
augusta dama que mi brazo conducía, perdí los estribos que ha 
mucho tiempo sujetaba á mi pesar, y desprendíme del de mi 
señora de Brimbón, y me le planté al atrevido y le dije cuatro 
palabras muy bien dichas, propias de un caballero, y le arrojé 

á las narices mi tarjeta ¡ Diantre ! no parecían caballeros. 

¡ Qué maneras de conducirse en casa tan respetable ! Al 

día siguiente nos batimos en el Paseo Independencia, en un 
lugar aislado, hacia el oeste, por el lado que se está erigiendo 
la estatua del Mariscal.de Ayacucho ; nos batimos de la ma- 
nera más original. Como en nuestra sociedad no está admi- 
tido el duelo, para obrar como hombre cuerdo, propuse el 
desafío á los puñetazos. Acogióse el sistema favorablemente 
por los caballeros que se citaron para padrinos. El nombró 
á los vSuyos, yo á mis dos amigos, que convinieron al punto. 
Nos despojamos del frac y se emprendió la lucha. ¡ Diantre I 
lo dejé sin barba y lo tuve, para escarmiento, cinco meses ba- 
jo sábanas, quejándose continuamente por las dolencias que 
sufría de los tremendos golpes que dediqué especialmente á 
su abdomen 



UNA CELEBRIDAD 51 



Todos nosotros (que le rodeábamos) aplaudimos á aque- 
lla celebridad derrochada. 

Y continuó diciendo : 

— Después de este incidente renuncié á la sociedad, foco 
de la crítica y archivo de la mentira, y aquí, señores, ante 
este cuerpo respetable he venido para lograr el puesto que pri- 
mero quede vacante ; lo desempeñaré con recursos y ya 

lo ven ustedes, soy exéntrico como Monte Cristo y célebre 

cual Dumás- Kl Presidente de la Academia sometió mi 

voto á la discusión ; todos lo reprobaron indignados, expo- 
niendo cada uno argumentos, irreplicables por sus lógicas ten- 
dencias, ¡ y si de allí no salgo tan pronto me dejan sin barba y 
sin barriga ! 



^^*^^^^*^^^^^^^^^^^^^^ 



Eix^ t.-¿^:b..íí.co 



-3^^ 



Créanlo ustedes, don P'acundo no puede prescindir de 
fumar, y cuando entra á su casa con el habano prendido, lan- 
zando al espacio caprichosas nubéculas de humo, su cónyu- 
gue, la afable doña Emilia, al recibirle le dice compungida : 

— Pero Facundo, Facundito de mi vida, ¿cuando será el 
día que te vea entrar sin esa chimenea ? 

Y don Facundo, muy serio, mirándola le decía : 

— Chica, cuando me falte ese fuego que destruye todo, el 
dinero. 

— ¡ Jesús ! ¡ Pobrecillo ! — agregaba ella en el mismo to- 
no, observándole. — ¿ lyO ves? te estás martirizando los labios. 
] Oh ! si están llenos de canales, y hasta desagrada á la vista ; 
tira ese veneno, muchacho ¡ Maldito progreso ! 

Y hería á la tierra con el pié por la impaciencia que esto 
la causaba. 

— Pero, mujer, si no puedo complacerte, ¿no ves que me 
ha costado cuatro cuartillos y todavía no le he cogido el gus- 
to? Deja que lo consuma, tranquilízate, mamífera querida. 

Y la tendía el brazo por su cuello, y la conducía al co- 
medor, sin que ella opusiera resistencia. 

La posición social de estos esposos es la superior. Sus 
salones se ven siempre animados por personas distinguidas. 
Se muestran galantes y obsequiosos con cuantas personas hón- 
ranse en su casa y esto los tiene en la cumbre del elogio. 



EL TABACO 53 



Tres hijas encantadoras aumentan la alegría de la casa, 
cada una prendada con su galán. 

Bl salón estaba amenizado de personas. Había llegado 
la hora de recibir. Eran las ocho y cuarto. 

— ¡ Oh, doña Emilia ! — exclamó Canuto, el futuro de la 
menor, — el tabaco es el entretenimiento más inocente del 
hombre. 

— i Un entretenimiento ! — replicó ella. — ¡ l^ah ! i No está 

mal entretenimiento ! Repare usted, señor Canuto, que el 

color de su tez es terroso, que 

— Mamá, — objetó la joven, dirigiéndola una mirada de 
penetración. 

— Bueno, — continuó. — Perdone la indiscreción ; mas, la 
franqueza es la bondad del carácter ; debo advertirle, pues, 
que evite el peligro con tiempo ; va usted á perder los pulmo- 
nes á fuerza de tanto humo que se guarda, i No lo tome á 
broma ! véase usted los labios y los notará secos y arrugados, 
y estoy segura de que tiene usted ahilo, lo revela su com- 
plexión. 

Todo este exordio se lo encaja doña Emilia, ora con dul- 
zura y con mimo, ora con tono seco ó exaltado. 

El aludido no osa responder ; se turba visiblemente. 

En su auxilio acudió uno de los que componía la socie- 
dad, don Marcial, caballero excesivamente cortés, muy eru- 
dito en las ciencias, que dijo : 

— Permítame mi señora doña Emilia que le haga obser- 
var, con su favor, las cualidades bellas del tabaco. 

— ¿Cualidades bellas, ha dicho usted, don Marcial?— di- 
jo estupefacta. 

— ¡ Oh ! señora, lo sostengo. Tengo ejemplos en que 

fundar mi opinión ; citaré algunos Cuandt) uno fuma, con 

régimen, la imaginación se aclara, el estómago se entona, el 
aliento se disfraza, la dentadura se conserva sana 

— Sí, y la garganta arde lo mismo que si hubiera pasado 
por ella plomo derretido, — interrumpió, sin inmutarse al pa- 
recer, doña Emilia. 



54 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— No la contrarío, señora mía ; no hay que objetar sobre 
ese caso, su razón es lícita. No niego que se experimente 
algo dañada la laringe, algunas veces ; esto acontece general- 
mente cuando se fuma con exceso ó cuando en el cigarro 
abunda la nicotina. En el tabaco entra á funcionar la quí- 
mica, y la especie más saludable es la que contiene menos 
sustancias insalubres, esta es la superior ; la clase inferior lle- 
ga á causar trastornos á veces funestos en el organismo, si se 
abusa ; ésta es de valor insignificante por lo común de la 
naturaleza de su composición ; pero el fumar, i oh ! señora, 
¡ fumar es el hábito más delicioso de la vida ! 

— Es un vicio ruin, — dijo doña Emilia, — aunque la so- 
ciedad procure por tributarle alabanzas y saboree su calidad. 
El olor del tabaco es repugnante ; además, conocí á una per- 
sona que se mantenía sin comer hasta veinte horas, sometién- 
dose al método abominable de ese vicio tenaz. Este indivi- 
duo carecía del sustento, y para ahogar el hambre fumaba 
cigarrillos unos tras otros, y así se hartaba de humo sin acor- 
darse muchas veces del alimento ; después se dio á la crápula, 
porque el tabaco irrita y despierta una sed insaciable ; el sen- 
tido del gusto lo perdía gradualmente, no dormía, sentía un 
gran peso en la cabeza, y la debilidad de su vista era notable; 
perdía saliva como usted no se daría idea y el color de sus 
dientes parecíase al musgo. Finalmente, quedóse como una 
espiga, y le vino una fección al estómago que le arrebató la 
existencia en pocas horas, i Esto no es favorecer á la huma- 
nidad, es matarla ! 

Y se incomodaba, se coloreaba su semblante por el apa- 
sionamiento, hasta el punto de parecer divina en su trasporte. 

Don Marcial no se daba por vencido, y, queriendo defen- 
der á todo punto su tesis, con su cortesía habitual, agregó: 

— Señora, su dictamen, hasta cierto grado, lo juzgo in- 
discutible, por la realidad de su fondo y lo acertado de su 
ejemplo ; pero, hay que persuadirse de que el tabaco obra 
higiénicamente en el organismo ; es maravilloso, si puede así 
decirse, porque desarrolla el ingenio, dándole claridad y fan- 
tasía al pensamiento, ayuda á la digestión, alegra el ánimo, 
se pasa el tiempo distraído, y no hay cosa más agradable que 



EL TABACO 55 



encontrarse uno en un círculo donde se fuma, y en conjunto 
de la charla rodé&ndonos una polvorada, permítaseme esta 
frase, una polvorada de humo que perfuma la atmósfera en- 
cerrada, y no ese ambiente pesado que sofoca, trabajoso de 
aspirar, que causa verdaderas náuseas, entorpece el entendi- 
miento y trae el abatimiento corporal y material ; hablo de 
las flores, con las cuales figuran las de vuestro sexo ramos de 
profusas formas en jarrones capaces con el intento de distraer 
nuestros sentidos, cuando sólo logran trastornarnos y enfer- 
marnos. Me gusta admirar las flores en el peinado ó en el 

levantado pecho déla mujer Bien, concluyo diciendo que 

detesto á las flores y amo al tabaco, i y note usted que el mun- 
do fuma 3' que el progreso corre ! 

Don Facundo que oía á aquel abogado de su hábito in^ 
vencible, con la atención y el placer más grande, oculto detrás 
del tapiz que cerraba el paso á la alcoba, lo descorrió y se plan- 
tó en la sala, con asombro de los que en ella estaban, y con 
muestras de febril alegría, arrebatado de un frenesí que pare- 
cía rayar en la locura, 

-^i Bien ! — gritó. — ¡ Bien ! i Retebién ! 

Y abriendo los brazos, dirigiéndose á don Marcial, agre- 
gó en el mismo tono : 

— ¡ Venga á mis brazos don Marcial, queridísimo colega ! 

Y abrazáronse. Kn seguida, don Facundo extendió ha- 
cia él sus brazos, y mirando á los concurrentes, con una 
majestad solemne, añadió : 

— He aquí al genio del tabaco. 

Y se apoyó en su brazo diciendo : 

— Al comedor todos ; pero antes gritemos, i viva el taba- 
co ! y quien no me imite ni alabe sus hermosas cualidades, ni 
tiene buen paladar, ni es hombre de gusto, ni conoce los ca- 
prichos del mundo ! 

Todos elevaron su voz contestando á su noble intimación, 
y lo siguieron contentísimos. 

i Doña Emilia estaba rendida ! 

La oposición la sometió. 

Y yó, lectores mios, me contento con ponerme departe de 
don Facundo y don Marcial, y ¡ eso que no soy fumador ! 



"^vi? ^^^■^■^"^"^■^"^"^■^■^■^ft^i^^'^'^ííí '4^ 



IR POR m\ll Y SALIR PICADO 



Una hora faltaba para llegar la media noche. 

La luna, con su tenue luz, daba claridad hasta un poco 
más allá del centro de la desierta callejuela, en la que el si- 
lencio sólo era interrumpido por los aullidos de los canes, que 
alarmados al sentir el menor ruido despertaban amenazantes. 

La débil luz de los lejanos faroles distinguíase como un 
punto luminoso, y la vista se perdía en el fondo oscuro de las 
últimas estrechas callejuelas délas avenidas. 

Un grupo compuesto de cinco hombres, todos jóvenes, 
embozados hasta los ojos en sus capas, seguían por ella silen- 
ciosos con lentos pasos, y detuviércn.se cerca de una reja que 
pertenece á la alcoba donde descansa de las fatigas del día 
una hermosa mujer de diez y ocho primaveras. 

La casa tiene dos pisos ; en el segundo, los que á esta vir- 
gen dieron .ser, reposaban tranquilos. Un balconcito, donde 
las enredaderas y algunas plantas que habían florecido en pe- 
queños cajoncitos de ordinaria madera, le adorna y hace que- 
el aire más puro se respire, y le da á la casa más apariencia, 
moviéndonos á llevar allí la vi.sta inconscientemente. 

Descubriéronse los embozos, en voz baja cambiaron al- 
gunas palabras que les produjo hilaridad, v el más apuesto de 
ellos sacó una guitarra que ocultaba bajo su capa ; pulsó las 
cuerdas del popular instrumento, y apoyando su pié en el 
borde de la acera comenzó á tocar. 



IR POR MIEL Y SALIR PICADO 0/ 

Prorrumpieron en un ''i hurra !" al oir la primera copla, 
que con voz vibrante y dulce cantó el enamorado galán. 

La joven aquella noche había sido llevada por la tía á 
una velada que se celebraba en honor del aniversario de una. 
sociedad de recreo fundada cinco años antes, 

A la velada seguiría el baile, el cual terminaría al ama- 
necer, y como á ella le gustaba divertirse, 3' por el baile era 
capaz de dejar la comida un día, si se lo impusieran, su vínico 
deseo era que aquello durara lo menos cuatro días, aunque 
después tuviese que guardar cama un mes. 

Bn consecuencia, el inspirado amante cantaba coplas y 
más coplas sin conseguir que su gacela le saliera á la reja á 
darle gracias como regularmente acontecíale, y ya se impa- 
cientaba y hacía juramentos de echar abajo el balcón, porque 
le imputaba la culpa á la madre, diciendo que algún murmu- 
rador habría denunciado sus propósitos anticipadamente, 
cuando en esto la vieja, la madre de la hermosa, con una gran 

ponchera de metal llena de creo que agua corrompida, se 

presentó en el balconcito sigilosamente, acercóse á la baran- 
dilla de hierro, estiró el cuello, miró á los que bajo del balcón 
hablaban, y levantando con mucho esfuerzo el objeto, dijo : 

— Ahí va eso. 

Y lo desocupó, recogió su falda y entró presurosa 
por donde había salido, dando un baño no esperado á los ale- 
gres muchachos. 

Dos de ellos saltaron á la calle, á la impresión recibida, 
mientras que otro, para dar pruebas de ser un jaque, disponía- 
se á correr, impidiéndoselo otro, que con tiempo le asió por 
el brazo. 

Simultáneamente levantaron la cabeza, y con la vista 
buscaban al autor de tan pesada broma ; pero como á nadie 
vieran, unos á otros se miraron sonriendo, y dejaron escapar 
una carcajada que tuvo eco en la pared de enfrente. 

Después, al contemplarse mojados y percibir el nausea- 
bundo olor adherido en sus capas, dieron salida por sus labios 
á un sinnúmero de palabras, tales, que los mastines, quizá te- 
merososde perder algo de su piel, internáronse en la otra ca- 
llejuela á pasar tranquilos el resto de la noche. 



'58 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Como no hubo quien se tomara la molestia de contestar- 
les, decidieron alejarse de allí, no sin que antes echaran un 
vistaso á la casa. 

Un cuarto de hora más tarde reunidos apuraban llenos 
vasos de Valdepeñas en la posada que á dos cuadras de allí 
-quedaba. 



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PERCANCES IMPREVISTOS 



-3ÍC- 



Julián Cuadrado, sin motivo conocido, se levantó aquella 
Tnañana de mal humor. 

— i No quiero que se me hable ! — dijo á la tía que le dis- 
ponía el desayuno. — Mire usted, tía, — añadió más cordial, — 
estoy indispuesto, una especie de tedio me roba la tranquili- 
dad, y estoy por decir que ho}^ no he de escaparme de algo 
funesto, por lo menos de un golpe, porque, desengáñese us- 
ted, cuando hay pesares hay contratiempos. 

— Pero, hombre, — replicó la tía, — ¿cuándo dejarás de ser 
maniático ? Cualquiera diría que eres un tonto, y tienes ya 
cerca de veinte y seis años ; los presentimientos sólo tienen ca- 
bida en el cerebro de los niños. 

A las nueve de la mañana el jefe de la oficina le encargó 
á Cuadrado una comisión delicada. 

Caminaba de prisa Aquí tropezó con un chico que 

jugaba con otros, y rabioso le dio un puntapié. Más adelan- 
te, un caballero que venía distraído, al aproximarse á él, se 
encontraron y se vieron ; Cuadrado escurrió el cuerpo para 
cederle el paso, pero el caballero idéntica evolución hizo, mo- 
vido por el mismo pensamiento, y es el caso que empezaron 
ambos á bailar, porque, cuando uno cogía por aquí ó por allí 
el otro lo hostilizaba y se encontraban. Por último, el caba- 
llero detúvose recto, y Cuadrado pasó á lo largo soltando ra- 
.3ias y sanguijuelas entre dientes, mientras el caballero cami- 
naba diciéndose : 



60 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— Vaya una broma ; pues no me hizo bailar sin queref- 
ese mentecato, ese estúpido que ha podido abrirme paso, de- 
teniéndose como yo lo hice. 

Y se reía al recordar la cara que ponía el importuno en^ 
aquel trance. 

A Cuadrado aquella escena le encendió la cólera, y estas, 
parecía darle alas para acelerar el paso. 

Pasaba por ante una puerta, cuando una mujer, salien- 
do por ella con una carga enorme de ropa sobre la cabeza, tro- 
pezó con él y le derribó, al mismo tiempo que el gran lío caía 
sobre su espalda. 

Se levantó maltrecho, con su traje negro empolvado, y 
encarándose furioso con la mujer, que del caso se reía con to- 
das sus quijadas, arremetió, no con ella, sino con el lío, des- 
ahogando en él su ira, la emprendió á puñetazos con la ro~" 
pa, i como si ésta se ofendiera con el mal que la* hacía ! Con 
esto, la risa de la mujer aumentaba, de tal modo, que su> 
faz se había puesto encarnada y desús ojos brotaron lágri- 
mas; y no se cuidaba de las piezas esparcidas en la acera. 

Cuadrado clavó en ella una mirada, tal, que si en puñal' 
se trocara la hubiera dejado sin existencia. 

Tomó entonces el lado de la calle para obstar otro inci- 
dente desgraciado. 

Un amigo le detuvo, notándole el polvo que mostraba en 
algunas partes, y lo ayudó á ahuyentárselo con el pañuelo, 
mientras él referíale lo acontecido muy exaltado. 

Estaba embebido en su narración, cuando atinó á desem- 
bocar por la esquina un sugeto, caballero en una muía que- 
sostenía á uno y otro lado dos barriles, y tal golpe le dio uno 
de*ellos, al pasar la muía, que le impelió de bruces contra la 
pared. 

Púsose en pié furioso, y volviéndose al panadero, que de 
esta profesión era el de la bestia, le soltó en sus barbas este. 
elogio : 

— i Animal ! 

Bsta frase hirió al otro su amor propio, 

— ¿ Yó animal ? — gritó. — ¡ Toma .' 



PERCANCES IMPREVISTOS 61 

Y le lanzó á la cara un bollo de pan, con tal vigor, que 
:al segundo se destacó en su frente un cuerno naciente. 

El panadero aguijó á su bestia, y esta corría con tantas 
.:ganas cuanto más la herían las espuelas. 

Cumplió Cuadrado con la comisión urgente que se le con- 
firió, y su jefe le autorizó á curarse á su casa. 

— i Maldita sea la facha del panadero ! — juraba Cuadrado, 
riéndose en el espejo aquel nudo. 

Su tía se lo cubrió con un fuerte, y este quedó oculto ba- 
jo el pañuelo que, le fué atado al rededor de la cabeza. 

En la noche, le tenía menos proporcional 3^ decidió ir al 
teatro. 

En la primera tanda se le sentó á su derecha un pollo con 
rjoquillo, más inteligible, un individuo que había cogido uu 
-constipas gordo, y daba cada resoplido con la nariz por estar 
torpes en su ejercicio, que más parecía la respiración de un 
elefante que la de una persona ; pero, lo mejor de lo referido es 
«que el tal individuo inclinaba la cabeza y el cuerpo contra Cua- 
drado, y en su misma cara le daba aire con su fuelle. 

Cuadrado rehuía la faz con mal disimulo, se removía en 
la butaca, tomaba alternativamente diversas posturas, y frun- 
'CÍael ceño para denunciar su enojo ; el otro se retiraba apenas 
para en seguida volver á las mismas. 

Cuadrado contenía la cólera mal de su grado dicién- 
dose : 

— ¡ Con qué ganas le caería á esta nariz con un mazo y 
se la volvería una plataforma ! ¡Rayos ! ¿por qué habrán en 
la tierra esta clase de brutos? ¡ Diablo ! ¡ maldita sea su es- 
lampa ! 

Y ya le parecía que la obra no terminaba en toda la no- 
-che, no oía la música con agrado ni atendía álos artistas; sólo 
una idea le atormentaba, la de salir al instante de la gran sa- 
la y dejarle el asiento á aquel bárbaro que lo desesperaba con 
sus impertinencias, con su crasitud. Miraba al pasillo de sa- 
lida con angustia, se fijaba en los espectadores que se mante- 
nían de pié en las sendas que conducen á los asientos y en 
los espacios desocupados detrás de las plateas, envidiaba á 
aquellas personas, y hubiera preferido verse allí estrujado, 



62 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



maltratado en aquel apiñamiento antes que sufrir tales con- 
fianzas. 

La impaciencia le andaba con su hormigueo por todo el 
cuerpo. 

No pudo más, era ya demasiado, aquel hombre se dormía 
con la boca abierta contra su hombro. Se levantó confuso, 
y pisando á este, estrujando á aquel, maltratando con sus ro- 
dillas á otro, abriéndose paso por entre el grupo que impedía 
el paso, salió, ¡ salió por fin 1 sudando gotas gordas. 

Cuando se vio fuera respiró el aire libre de la calle con. 
una sensación indefinible, y suspiró diciendo: 

— ¡ Vaya ! 

i Como si se quitara un gran peso de encima ! 

En la segunda tanda tomó otro asiento, no sin que mira- 
ra al entrar al que le había fatigado en la anterior. 

A su derecha tenía á un vSeñor cargado de barriga, mu7 
colorado de tez. A su izquierda á un individuo que llevaba 
cuello ala americana tan alto y tan ajustado que le ahorcaba 
casi, privándole volverse con facilidad. 

Al sentarse Cuadrado miró á ambos y se quedó tranquilo» 
al ver el aspecto grave de sus vecinos. 

Pero, i aquí comienzan de nuevo sus fatigas! Kl señor 
gordo es tan entusiasta, á pesar de lo formal de su semblante, 
que en cuanto oye la música y la voz de la artista, que de- 
senpeñaba auna chula, se inquieta, le hace visajes á la tiple- 
cita y abre su campo de batalla con Cuadrado. 

— I Qué voz, eh ! — exclama, dirigiéndose á Cuadrado. — 
¿ Ha visto usted á una chula con más gracia ? No señor, es • 
to es lo que se llama una mujer que conoce el salero verdade- 
ramente español ¡Ole! ¡viva tu garbo, muchacha! 

¡Bravo! y palmotea con estrépito. Ahora va á salir el tío 

Alfiler ; i mírelo, ya sale ! Muy bien ; ¡ oh, qué tipos saca 

este Villarreal, es único en el género chico ! 

Y por ahí le dice, le observa, le da con las manos, con 
las rodillas, le echa el brazo familiarmente y le alienta á par- 
ticipar de su delirio. ¡ Canastos, lo aturde, lo vuelve una tor- 
tilla ! 



PERCANCES IMPREVISTOS 63 

Y por detrás tiene á uno que tose continuamente, á otro 
que aplaude, dando con el bastón en los tramos del espaldar de 
su butaca y, el pájaro del cuello alto que se incorpora de- 
níasiado, y como resulta ser amigo del gordo, forman su fiesta, 
conversando de los artistas, de los autores, de los maestros, de 
la letra, de la música, del demonio, de todo lo que se le ocurre 
al timbre, y Cuadrado, entretanto, como Sansón entre dos la- 
drones, que se quiere arrancar las uñas con los dientes así 
está el pobre con un humor de banquero desembolsado. 

Cuando sale del teatro no sabe lo que ha visto, ni lo que 
se ha cantado, ignorante del asunto de la obra, atormentado,, 
corrido y fatigado de aquellos loros. 

Y esto, lectores benévolos, es real ; no me he salido nn 
ápice de la verdad, como ha ocurrido te lo explico. 



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Z^yJ TEBjlDILLjlB 



— Esto va mal, Simplicio, tendré que cambiar de habita- 
ción. Eres insufrible, créelo, y para soportar estas cosas 
no he nacido, hijo de Dios ; me pesa tu unión, porque tus 

'Continuas pesadillas me están matando hace dos meses 

que no sé lo que es dormir. 

Y en verdad, la pobre mujer tenía motivos fundados pa- 
ra quejarse. 

El mal dormir de su osposo era para ella, • 3/ para quien 
no fuera ella, un castigo del cielo, ó del infierno. 

Y fuera de esto, crean ustedes que se querían como dos 
tortolitas; se hacían cosquillas, se arrullaban, se besaban en 
las narices, se mordían los dedos y las orejas; pero, una tarde 
que don Simplicio se exaltó porque ella no quería torcerle el 
bigote, la tiró del moño y la hizo caer de cabeza dentro de una 
ponchera donde se remojaban unas pechugas de xato. 

Don Simplicio tendría de treinta y cinco á cuarenta anos ; 
Dolorita, que así llaman á su esposa por su afabilidad, cuenta 
veinte y cuatro y un piquito de mes y medio. 

— Mujercita. hermosa, — contestó abrazándola, — si com- 
prendieras el pesar que me causa verte padecer por mí no 
proferirías esas injurias, inocentes pero muy explícitas. Di- 
me. ¿Tengo yo culpa de que Dios me dé males? Yo no los 
busco. 

Y lo testificaba claramente el estante, convertido en V)o- 
tica. Había allí lo menos doscientos frascos de venenos para 



LAS PESADILLAS 65 



hacer reventar á un ejército. ¡ Había recurrido á tantos mé- 
dicos el bueno de don Simplicio !, y cuanto le recomendaban 
como eficaz vsin consultar se lo tomaba. 

Yó, en su pellejo, acaso haría otro tanto, porque, verán 
ustedes : 

Se metía entre sábanas ; á su lado Dolorita ; al cuarto de 
hora roncaba con tal fuerza,, que estoy seguro de que los chi- 
quillos buscarían refugio asustados si le oyeran. 

— Mire usted, — díjonie una mañana Dolorita, — anoche 
soñaba mi marido que tenía asido por la solapa de la levita á 

don Severiano un hombre viejo ya, que contrajo con él 

cierta deuda hace algún tiempo y retarda en satisfacerla. 
Bien, cuando la lucha se hacía más reñida cayeron ambos á 
tierra, y como él quedó sobre el otro aprovechó esta coyuntu- 
ra, dándole por donde lo lograra ¡ cada puñetazo, y tan terribles 
golpes en el estómago con sus rodillas ! que yó, daba gri- 
tos, los redoblé y hasta llegué á morderle con toda la fuerza 
de que era capaz, ¿sabe usted por qué? porque á quien tenía 
asida, y á quien le hizo nudos en el cuerpo y enfermó del se- 
no con tan groseros golpes fué á mí, á mí, que me había to- 
mado por don Severiano. ¡ En vano hacía esfuerzos para des- 
hacerme de vsus brazos y librarme de su furia, le debí mi 
salvación á mis dientes, sino, sabe Dios en que estado me ha- 
bría dejado! Al sentirse herido por mis dientes despertó dan- 
do un grito. 

Hubo aquí una pausa, durante la cual, Dolorita se le- 
vantó á tomar agua, dio una orden á la criada y tornó á sen- 
tarse á mi lado, 

— Un mes hace, — repuso, sonriendo con mucha gracia, — 
vea usted como vSon las cosas, una hora después de la comida 
se acostó por no sentirse bien del hígado. A poco rato ron- 
caba, lye dejé para no turbar la tranquilidad de su sueño ; 
llevé al corredor un sillón y para no aburrirme cojí el tejido ; 
lo dejé en seguida, tomé una cartulina y un creyón, acerqué 
á la mesita el asiento y comenzó á dibujar un paisaje. Ya lo 
concluía, le daba sombras, cuando oí un ruido leve de pasos 
que parecían querer amortiguar en el piso cimentado. Me 
volví asustada hacia el lugar de donde provenían, y, ¿podrá 



6Q SALVADOR GONZÁLEZ P. 



usted decir á quien vieron mis ojos? pues, á Simplicio que, 
en calzoncillos y la camisa por fuera, con un pañuelo atado á. 
la cabeza, en una mano la bujía y en la otra una escoba, esti- 
rando una pierna, luego la otra, andaba con cautela llevando 
los ojos cerrados. Al verle intenté huir, porque lo tomé por 
un fantasma ; pero, al reconocerle me asombré, no osando adi- 
vinar la causa que le inducía á salir de aquella manera. Llegó» 
hasta mí de espaldas, y dijo muy bajo : — "No te muevas ; te 
probaré que soy hombre de honor. " — Y puso sobre el sillón 
la bujía y corrió por toda la casa con la escoba en la mano. 
Luego penetró en la sala, detúvose en el balcón que había yo? 
abierto momentos antes, y miró á la calle diciendo : 

— Te has escapado, bribón ; pero no tengas cuidado, no 
llegarás á contarla. 

Sin saber porque sentía miedo. 

A poco se presentó, vestido ya, y mirándome con mal 
ceño me asió por los brazos. 

— ¿De dónde vienes? — preguntóme con marcada ironía. 

— De dibujar, — contesté, volviéndome hacia el diseño. 

— I Mientes ! — replicó. — ¿Te figuras que soy algún niño? 
No lo creas ; á mi no me engañas, ¿entiendes? 

Y ceñía con más vigor mis brazos. Comenzé á compren- 
der, quize llorar ; pero dominé mi sentimiento y no moví los> 
labios para defenderme porque no sabía que responderle. 

Dolorita quedó pensativa un instante, la miré con , inte- 
rés, porque anhelaba conocer el fin de su relación. 

— ¿Y bien ? — la dije. 

Lanzó una carcajada, y como si sintiera gratísima satis- 
facción en referírmelo, juntó ala mía su silla agregando : 

— Esto explica, que mi querido Simplicio soñaba que un 
hombre, Ricardo, aquel pobre muchacho que me traía flores, 
había entrado en casa á aquella hora con mi consentimiento. 
En sueños lo vio entrar, y se levantó y corrió tras él sin con- 
seguir atraparle, porque al llegar al balcón había escapado 
por él. Me costó mucho disuadirle ; al convencerse de mis 
razones me abrazó y lloró de alegría diciéndome : 

— i Ay, Dolorita, qué susto me has quitado; perdóname t 



LAS PESADILLAS 67 



— Nuestras querellas siempre terminan así, con un 
abrazo. 

Una mañana que me encontraba con ambos esposos sen- 
tado á la mesa saqué á conversación las pesadillas. 

— i Oh ¡^exclamó don Simplicio, — no me hable de esa 
calamidad mía. i La que me acometió la otra noche ! i Jesús ! 
Esta — mostróme á su esposa — es un yunque ; por eso la quie- 
ro tanto ; tolera mis cosas con una resignación de santa. 

Dolorita cambió con él una mirada tan tierna, y tan dul- 
ce me pareció la expresión que se pintó en sus semblantes, 
que confirmé que aquellos dos seres eran felices, felices porque 
se amaban y entendían recíprocamente. 

— Figúrese usted, — repuso don Simplicio ; — veo en sue- 
ños á un perdulario que se introducía por una abertura que 
había practicado en el techo de la última pieza, y que se desli- 
zaba por una escala cuyos mecates estaban llenos de nudos. 
Al poner su planta en tierra miró á todos lados con receló ; 
dejó pasar unos segundos, CvSpiaba á la soledad de la casa. 
Se dirigió á la caja de hierro donde tengo mi hacienda. Salté 
de la cama, pistola en mano, y acudí á su encuentro. Mis 
pasos llegaron á los oídos del caco, porque, amedrentado co- 
rrió hacia el patio ; le perseguí con denuedo ; sin embargo, 
me detuve un instante para cerciorarme si aún estaba allí, 
cuando sentí de pronto un agarrón en la pantorrilla y en se- 
guida un dolor agudo ; al sentir el agarrón grité y á la vez des- 
cargué el arma. 

^.^ — i Todavía creo morirme de risa al recordarlo ! — dijo Do- 
láfila interrumpiéndole y riendo con muy buenas ganas ; — 
porque, ¿quién no se hubiera reído al ver á Simplicio con la 
pistola en la mano avanzar al patio con tanta cautela ? Y es 
natural, como estaba en el mismo traje que llevaba la noche- 
en que se me ofreció cuando dibujaba, el perro que soltamos^ 
para más seguridad en la casa lo desconoció y lo mordió con 
tanto gusto, que yo que le seguía con cierto temor no pude 
menos que reírme del tal desliz, ó mejor dicho, de la inespe- 
rada ocurrencia. 



68 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— i Creí -que era el ladrón y disparé porque tomé por una 
puñalada la mordedura ! — añadió don Simplicio mofándose de 
sí mismo. 

— Sí, — observó Dolorita sin variar de tono, — también te 
equivocaste al tirar, porque consideraste por una persona á mi 
saco blanco que colgaba de uno de los barrotes de la ventani- 
lla del cuarto que cae al corredor ¡ y lo atravesó el pro- 
yectil ! 

— i Creí que era el caco que se escapaba ! — agregó don 
Simplicio. 

Y los tres, á un tiempo, nos confundimos en una carca- 
jada estrepitosa. 

Don Simplicio agregó : 

—Pero el sueño de anoche si que es espeluzante, lo recor- 

^daré mientras viva Figúrese, en sueños me trasporté á la 

Isla del Congo. Me detuve en un paraje donde la yerbase 
mostraba en toda la extensión de aquel terreno aurífero con 
una exuberancia y una lozanía tan amenas que encantaba, y 
•quedé muy sorprendido al mirar en torno y por sobre mí una 
nube de insectos inofensivos de un color verde que relucía á 
la luz del sol. De pronto sentí un rugido que me hizo tem- 
blar ; busqué con la vista y, como á cuarenta pasos de mí vi 
á una pantera grandísima que se asoleaba echada perezosa- 
mente sobre la gran alfombra. Al verla me dominó el espan- 
to, intenté correr y no pude moverme. No existe un ser que 
haya experimentado la mortal angustia que sentí yo en tan 
supremo instante. De pronto ocurrió una cosa singular ; la 
capa de tierra que me sostenía retembló y se hundió ; quedé 
sumergido, sepultado, porque en seguida adquirió su primi- 
tivo estado, quedando mi" cabeza y un brazo fuera, y sentía 
las piernas, no puedo explicar porque circunstancia, libres en 
el vacío, porque podía moverlas sin dificultad. Mi desespe- 
ración fué grande, y más creció cuando vi aparecer á un ne- 
gro, cuasi tan grande como Goliat, que traía en una de sus 
manos un cuchillo colosal. Se llegó á mí, miróme, y le aco- 
metió una risa con tantas ganas que parecía no tener término, 
y lo bueno fué que se acuclilló ante mí, siempre riendo. Es- 
ta burla, en tan crítico momento, me llenó de rabia, y créame 



LAS PESADILLAS 69 



usted que si hubiera podido valerme de mis fuerzas habría 

descuartizado vivo al tal negrito! Después me dejaba, 

y con gran satisfacción le veía alej arse : de súbito noto 
que se detiene, levantó en alto el arma mirándome del mismo 
modo que lo hiciera un individuo que observa la vertical lon- 
gitud de una línea, y en seguida le vi venir corriendo hacia 
mí y....¡ zas ! dejó caer el cuchillo en mi brazo con tanta fuer- 
que al punto me privó de él. Kn seguida arrancó á correr, 
¿sabe usted por qué?, porque la pantera se había aproxima- 
do á nosotros, y él, apenas la vio, lleno de miedo se declaró 
en fuga. En cuanto á mí no sé nada. Recuerdo que hacía 
esfuerzos desesperados para levantarme, en balde, porque mi 
cuerpo estaba sujeto á algo. Cuando me sentí con valor gri- 
té con todas mis fuerzas. 

— Y 3'o desperté asustada y me apresuré á ver lo que le 
ocurría, — dijo Dolorita interrumpiéndole. — ¿Qué fué lo que 
vi? No adivinaría usted.... El catre tenía el forro malísimo ; 
era un chisme que habíamos arrimado porque ya no servía. 
Simplicio se empeñó en que debía tendérselo en el patio para 
dormir en él, pretextando de que así, ala intemperie, las pe- 
sadillas no tendrían cabida en él. Parecía una prueba exce- 
lente, pero perjudicial á su naturaleza, no acostumbrada al 
nuevo régimen que deseaba imponerse. Pues bien, tanto se 
aferró en su pensamiento que le dejé hacer. Cuando oí su 
grito acudí al punto. ¡ Oh, Dios mío ! el catre se había roto 
á lo largo, y Simplicio habíase hundido en él, y lo más parti- 
cular es que los largueros del catre se habían juntado, quizás 
por el peso que Simplicio hacía. Tenía incierta la mirada, 
y su cabello erizado y su semblante desfigurado revelaban un 
terror tan grande, estaba tan espantoso, que retrocedí con 
miedo y temía acercármele. 

— i Tú ! ¿Eres tú? — dijo con voz ahogada, mirándo- 
me fijamente. 

— Me costó darle unas fricciones, y le hize tomar una co- 
pita de brandy. Recobrado su ánimo con esto, rae refirió lo 
que ha contado á usted, y como me causó mucha gracia el 
desenlace de su sueño, tan á propósito con el chasco aconte- 
cido, no pude menos que reirme. 



70 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Don Simplicio la interrumpió para dedir : 

— Sí, y te abofetié con bastante gusto porque, crea 

usted que al recuerdo de la pesadilla me irrito. ¡ Frailes ! 
¡ Aún me parece ver y sentir lo que soñé ! 

Una tarde se presentó en mi casa Dolorita vestida de ri- 
guroso luto. 

— i Qué desgracia ! — decía sollozando. — ¡ Qué desgracia ! 
Mi pobre Simplicio soñaba que tenía unos peces dorados en 
el estanque y por ir á verlos á caído en él y se ha ahogajio. 
j Dios mío, dadme consuelo ! 



'•^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^ 



EL MOR QUE m PRESENTA 



Manuel leía la crónica de "El Noticiero," diario de la 
mañana. Pasó de la sección de los remitidos á la de anuncios. 
En uno leyó : 

GRATIFICACIÓN 

£n el número 12 de la calle de El Bolero, la señora Romual- 
da Fernández de Fernández, gratificará á la persona que pre- 
sente un perrito blanco, de pelo encrespado, que lleva una cinta 
rosada al aiello ; atiende al noynbre de Hermoso. 

— i Canastos ! — exclamó, — sí será el mío. 

Y levantándose apresurado del ancho sillón que ocupaba, 
tiró el periódico á un lado, y en torno suyo dirigió una 
ojeada. 

Este ligero escrutinio no dio resultado, pues se llegó á la 
puerta, y abrasando en una mirada el largo corredor gritó : 

— / Hermoso ! ¡ Hermoso ! 

Uíi lindo perrito blanco, dando saltitos llegó á sus pies y 
•comenzó á retozar en rededor de él. 

Manuel lo levantó en sus brazos y púsole sobre la mesa. 
Lo miraba atentamente, y al mismo tiempo hacíase estas re- 
flexiones : 

— Exactamente, es el mismo que mencionan en el aviso 
que he leído ; no hay excusa que exponer, le he llamado por 



72 ~ SALVADOR GONZÁLEZ P. 



el nombre que citan en el diario y á acudido al instante, estoy 
comprometido. Sin embargo, lucharé contra las eventuali- 
dades de la suerte ; le tengo entrañable cariño y por nada de 
este mundo me desprendo de él, mi decisión es irrevocable, 
esa es mi solución. Es lindo, es acreedor á mi cariño, y para 
mí vale tanto como una persona. 

Kn efecto, el gracioso mastín se hacía digno al cariño de 
su nuevo dueño. 

Al despuntar el alba, Hermoso salía de la cesta llena de 
lana que le servía para dormir ; olfateaba por todos los rin- 
cones, llegábase al lecho donde descansaba Manuel, y comen- 
zaba á dar saltos hasta que lograba subirse á él ; lamíale la 
cara y le removía con sus patitas y su cuerpecito las ropas 
hasta conseguir despertarle. 

— Es mi despertador, — decía Manuel ; — sin él, creo que 
no saldría de la cama en toda la mañana, porque soy como 
los lirones. 

Al llegar á la casa, Hermoso salía á recibirle con mues- 
tras de singular simpatía ; si se sentaba, lo tenía echado á 
sus pies ; y si una persona extraña entraba se tiraba á sus pan- 
torrillas, y causaba risa el oir denunciarla con sus débiles la- 
dridos. 

Una mañana, al mirar Manuel á la calle á través de la 
persiana de una de las ventanas, vio con cierto disgusto á 
una joven de bello rostro, animado por unos ojos azules de 
mirar lánguido, que inclinada ante su puerta, prodigaba ca- 
riños á su ídolo. 

El perrillo se deshacía en caricias ; se paraba, apoyando 
sus patitas traseras en tierra y las delanteras sobre la falda, 
del traje de la joven, y ora rCvStregaba su hociquito contra ella, 
ora lamía la mano infantil que acercaba á su piel. 
' El perrito gemía, y terminó por subirse de un salto sobre 
sus brazos. 

Manuel oyó á la joven que decía : 

— Hermoso^ Hermosíto mío, creí no volverte á ver. 

Y lo besaba en el mismo hociquito igual que si fuera á 
Un niño. 



EL AMOR QUE SE PRESENTA 7S 

Manuel titubeaba, no sabía que partido tomar ; si se- 
guirla 3^ reclamarla lo que le pertenecía ó dejarla que cargara 
con lo que más apreciaba. 

lya joven comenzó á alejarse, llevaba al bello animal en. 
sus brazos, recostado contra su pecho de virgen. 

Manuel la contemplaba silencioso, la seguía con susoj-osj- 
se embelesaba admirando su cuerpecico delicado, su gracioso 
donaire al andar y su aparente tranquilidad que la poseía- 
Un negro tul descendía desde su cabecita hasta su talle de 
ondina. 

Manuel se sentía atraído por aquellos encantos que sor- 
prendían á su espíritu, se extasiaba, se sentía nervioso, y le 
parecía estar dominado por un poder desconocido que vSe ele- 
vaba invisible de aquella mujer encantadora. 

Retiróse de la persiana, tomó el sombrero y salió di- 
ciéndose : 

— Mi deber es seguirla, sí, seguirla hasta donde vaya., 
quiero conocerla 3' tratarla. 

Y sin danse cuenta de sí mismo, paso á paso seguía á la 
joven á determinada distancia ; 3" sus menores movimientos- 
estremecían su ser. 

De súbito se detuvo. 

La joven había entrado en una casa, cuv'as paredes pinta- 
das de un verde claro, daban no sé que singularidad á sus 
dos ventanas á manera de góndolas que se ostentaban á uno- 
y otro lado de la puerta de entrada. 

Manuel se llegó ante la casa y miró el número que tenía. 

— Número 12, — dijo pensativo; — esta es la casa que in- 
dica el periódico ; creí equivocarme. Ks su dueña, la verda- 
dera. 

A su imaginación ocurrían confusas las ideas, y le 
parecía tener ante su vista á la linda joven. 

Y es que en su pensamiento se había fijado aquella ima- 
gen y su corazón latía con sólo recordarla. 

Pasó el umbral déla puerta y sintió miedo ; su vista pa- 
recía velarse y hubo un instante en que se apoyó contra la pa- 
red porque sus piernas flaqueabau. Temía entrar y á la vez 
lo deseaba ardientemente. 



74 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Creía percibir en sus oídos las palabras de la joven, 
aquella dulce voz que semejaba tener el ritmo extraño de algo 
divino porque había llegado hasta su alma y lo había conmo- 
vido : oía indistintamente aquel acento tembloroso que decía 
á sus sentidos : ¡Hermoso, Hermosito mío, creí no volverte 
á ver ! Y se figuraba que aquellas frases habían sido dirigi- 
das á él, y su pensamiento le decía : i la amo, sí, la amo, lle- 
vo su imagen, será mi ángel tutelar ! 

Habíase quedado inmóvil, con la mano afirmada en la 
-pared, abismado en los pensamientos que aturdía á su me- 
moria. 

Recobrando un poco su ánimo, comenzó á subir los pel- 
daños de tosca piedra que terminaban en la puerta interior. 

— ¿Dónde voy? — se dijo.— No conozco áesta familia, me 
impulsa el amor, debo franquear esta puerta, me salva un 
pretexto, que patentizaré en la ocasión propicia, la pasión me 
domina, pues que ella venza. 

Y con una determinación que jamás pudo adquirir en 
otros trances en distinta circunstancia, se llegó á la puerta y 
tocó en ella con los nudillos de los dedos. 

— ¿Quién es ?...... Adelante, — dijo una voz que semejaba 

la de un niño. 

— ¡ Oh, es ella, es su voz ! — dijo para sí Manuel. 

Uua criada de tez morena y de rasgados ojos abrió la 
puerta. 

Manuel dejó salir por sus labios el nombre déla señora 
que figuraba en el diario. 

— Aquí vive, — dijo la criada, — pase usted. 

Al pasar el dintel vio Manuel á cierta distancia, junto 
al borde de una pequeña fuente rodeada de frondosos arbus- 
tos, en cuyo centro se alzaba un Cupido con su arco y sus 
saetas en las manos, vio á una señora de cabellera blanca, de 
porte distinguido, en cuyas facciones, profanadas por los años, 
aún se conservaba ese tinte de hermosura de la edad florida. 
Tenía á su lado á la bella joven. Estaban sentadas en ligera» 
butacas de caoba. 

Hermoso dormía á los pies de su dueña. 

La señora ocurrió á Manuel. 



EL AMOR QUE SE PRESENTA 75 

— Caballero, — balbuceó. 

Manuel se inclinó profundamente. Estaba pálido, sus 

-ojos, brillantes por la pasión que conmovía á su ser, se fijaban 

en la joven, que, confusa al sentir en su alma el imperio 'de 

aquellas miradas, había bajado la cabeza, y su faz se había 

coloreado con ese tinte subido de la amapola. 

La madre de la joven los envolvió en una rápida mirada, 
:y una arruga contrajo ligeramente sus cejas. 

Manuel murmuró: 

— Señora ; — y el débil acento de su voz denunciaba su 
amor. 

I<a señora entró en el salón con él y llamó á la joven. 

Los tres se habían sentado. 

TravScurrió una pausa. La situación hacíase embarazo- 
sa. Parecía que álos tres dominaba un mismo pensamiento. 

Cuando así estaban, presentóse Hermoso, el cual, al ver 
;á Manuel, corrió á él y le llenó de agasajos. 

La señora sonrió y dijo : 

— Pero que cariñoso está tu pimpollo, Luisa..,. Cualquie- 
ra diría que le conoce á usted. 

De aquí partió la conversación. Manuel refirió el modo 
«como había llegado á pertenecerle el animalito. Dijo, que 
un rapaz, de esos que cruzan las calles, haraposos, cuya pro- 
fesión es el pillaje, se le entró un día en su cuarto con Her- 
moso en los brazos y se lo puso á precio. 

— Le di — añadía muy alegre — cuatro bolívares por él.... 
Nos tomamos cariño en poco tiempo y era para mí un tesoro 
querido. El me entretenía, las horas corrían fugitivas, no 
las notaba, cuando jugaba con él ; pero hoy soy más feliz, mi 
placeres infinito, porque he tenido la dicha de poseer algo de 

una mujer^que amo ¡Oh! perdón, involuntariamente 

me he delatado con esta frase, ha sido impensadamente, — se 
apresuró á observar. 

"Y era tan grande su angustia, se turbaba tanto al querer 
^disculparse, que la señora se agitaba visiblemente, y hasta se 
percibía en su semblante una impresión de condolencia que 
^electrizaba. 



76 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Luisa estaba pálida ; su corazón palpitaba con fuerza 
irresistible, llevaba sus manos al cabello que parecía moles- 
tarle ó que creía tener descompuesto, cuando estaba muy bien 
alisado. 

Sus ojos se habían encontrado y hablado : Se amaban. 

¡ Sublime anatema el del amor ! 

La madre de Luisa lo comprendió ; sí, presintió que 
aquellas dos almas se habían difundido en una sola. Dos cora- 
zones que latían por un mismo impulso, dos cuerpos que ar- 
dían en el mismo fuego : el de la pasión. 

Cuando se despidió el joven de aquella casa donde mora- 
ba su ventura, la señora le dijo : 

— Gran placer tendremos en verle siempre en esta su 
choza. 

Al despedirse Manuel de Luisa retuvo en la suya la ar- 
dorosa mano de la joven, y simultáneamente, se envolvieron 
en una mirada de real amor. 

Cuando existe la pasión entre dos seres, sus movimientos 
son tan comprensibles como sus frases. 

Ks el lenguaje puro de los sentimientos humanos. 

^ '^ .!< 

Dos meses más tarde, Luisa y Manuel salían juntos de 
la iglesia de Altagracia, vSeguidos de doña Rita, que así se 
llama la señora madre de Luisa, y de un gVan número de dis- 
tinguidas personas. J^os \u] osos /andeazix esperaban á la ale- 
gre comitiva, formados en una larga fila cuasi en toda la ex- 
tensión del borde de la acera. Todos ocuparon sus mue- 
lles asientos. Partieron los caballos al galope, y quedaron 
compactos grupos de curiosos esparcidos ante el templo, for- 
jando comentarios. 

Estaban unidos los dos amantes por el fuerte nudo de 
Himeneo. 



-od; 



^^^^*^^***^**^^^^^^^^^ 



LAS SUEGRAS 



Se hundió el sombrero hasta las orejas, tomó en un arre- 
bato el grueso bastón, y dando á la puerta un terrible puñe- 
tazo, salió murmurando pestes. 

— i Amigo Pantaleón ! — exclamó Rómulo abrazándole ; — 
pero, — agregó asombrado, — i qué cara tienes, hombre! Al- 
go duro'debes traer metido en el cuerpo, te lo adivino en el 
semblante, porque el rostro, Pantaleón, es el retrato de los 
sentimientos. 

Miró Pantaleón con admiración á Rómulo. 

— ¡ Qué feliz sois ! — dijo. — No tienes quien te moleste. 

— ^^¿Qué no tengo quién me moleste? ¡ Ah, inquieres mal ! 
¿Y mi patrona? ¿Y el sastre? ¿Y la lavandera, y todos los 

vampiros déla misma familia? Tuestas en otra esfera- 

tienes una mujer, ¡ qué es una mujer ! no lo dudes : se quieren 
ambos y tienen d.e que vivir. ¡ Ahí tienes la vida entretenida 
por la dicha y el amor ! 

— Sí, ¿y la suegra, ese enorme insecto que chupa nues- 
tra paciencia y que es muy capaz ¡ cielo ! mu)" capaz de em- 
pujarnos al surcidio, así nos mortifica la sangre, contesta, 
dónde me Ja dejas? 

— Pues mira, en el basurero ó de cabeza la arrojo por el 
viaducto del Calvario. 

— j Ay ! Rómulo ; si algún día cometes el disparate de 
casarte, ó crucificarte, que lo mismo equivale, prepara tu equi- 



78 SALVADOR -GONZÁLEZ P. 



paje antes de realizarle, aprovecha un descuido de tu suegra,, 
embárcate y desaparece para siempre.; cuando escribas á tw 
familia no designes la residencia que lias elegido, porque te 
pronostico que si la suegrita se entera, así anuncies que te 
encuentras en el infierno, al infierno te sigue. 

— i Qué inquina le m,uestras á doña Pepa, Pantaleón ! 

¡ lya pobre señora ! Tu suegra es un ej emplar, un modelo 

de suegra. 

— i Pómulo ! ¿dónde tienes los ojos? piensa que las apa- 
riencias engañan. Cuando la tratan particulares, es claro, 
es un dulce que se deshace, así se muestra de amable y alegre ;• 
pero cuando mi suegra abre la boca desmesuradamente pa- 
ra hablarme me hace recordar la del caimán por lo despro- 
porcionada que la tiene, i Y los ojos ! aquéllos ojos oscuros, 
si tú te fijaras cuando miran coléricos te dirías que van á lan- 
zar rayos ; y si la replicas, así sea con prudencia, te increpa 
primero, se exalta luego, y después, á semejanza del gato^ 
salta sobre tí y te araña. Yo la conozco ; estoy de ella hasta 



los codos. 



**•* 



Rufino, el cuñado de Pantaleón, al doblar la esquina 
tropieza con éste. 

— ¿Qué apurado vas, Rufino! — dícele Pantaleón riendo. 

Y como observa que lleva vestido negro, agrega : 

— ¿Vas á algún entierro ? 

— ¡ Abrázame, querido, abrázame ! Acompáñame á tomar 
una copa de Amer Picón. 

Entran al Café y ocupan una mesa. 

— ¡ Te invito ! — exclamó Rufino, al apurar la mitad de 
aquel petróleo. 

— ¿A alguna ceremonia? — preguntó burlonamente Pan- 
taleón. 

— i Cosa parecida ! Hoy, á las cuatro y media en punto^ 
conduciremos á mi suegra al lugar donde se entra para no sa- 
lir más. 

— No te entiendo. 



LAS SUEGRAS 79 



— i Hombre, qué torpe ! Al triste campo de la calma, al 
Cementerio. 

— ¡ Qué ! ¿Te has aliviado de ese peso? — se atrevió á de- 
cir Pantaleón. 

— Yá, gracias á todos los santos apóstoles nacidos 
y por nacer. — contestó Rufino suspirando. — Hoy, como ves^, 

respiro con absoluta libertad. ¡Viva el destino! i Ah I 

el quince del mes que viene, en honor de este día, glorioso 
para mi espíritu, celebro un modesto banquete en la Quinta 
de mi hermana Rosalía ; aquí tengo las llaves que nos abrirá, 
todas sus puertas ; me las dejó porque está pasando una tem- 
porada en Curazao con mi abuelo y el tío. Desde este ins- 
tante eres raí convidado ; vendré á buscarte en la tartana. 



Después del entierro. 

Pantaleón, al estrechar la mano de Rufino en el dintel de 
la puerta de su casa. 

— Dichoso tú — le dice compungido — que no tienes estor- 
bos, que no tienes abejón. 

Al subir la escalera que conduce á su gabinete, 

— Si yo fuese Rufino, — dice para sí. 

La suegra sale á su encuentro. 

— ¡ No tarde otro día tanto, señor mío ! — le grita, mos- 
trándole los puños. — Mejor hubiera sido que no viniese. 

Y Pantaleón, que se somete al imperio de esta mujer, per- 
diendo, por falta de energía, el valor para romperle un mue- 
ble en las costillas, bajó la cabeza, murmurando : 

— i Cuándo yo digo que las suegras no son buenas más 
que para freirías en aceite ! 



^-v^ 



,?$< Hf* >h ^» >^* ^h iSK »^. fíf» f^, .^ iSK yf;^» ^íK >K i*h i^ «4ij*k >k íík ísk 



©E©E@ísT 



Grandes y chicos, ricos y pobres, todas las clases sociales 
:pronuncian ese nombre con singular gracejo. 

Es el tipo esencialmente original. 

En los "Cuadros Disolventes" ha adquirido celebridad 
colosal, porque en esa obra nos lo representan, si no exacto en 
la persona al menos con mucha perfección en el carácter ; 
aunque, á decir verdad, no conocemos su figura primitiva ; 
pero el personaje que el actor ha sacado de él no tiene, asilo 
juzgo yo, nada que censurar. 

No hay que admirarse, pues, presintiendo su popularidad, 
de que uno tropieze en esas calles con Gedeón, ó lo que es 
igual, con sugetos que tengan de él semejanza en sus prendas. 

El otro día, paseando por una de las principales calles de 
mi desgraciada patria, oí á un chico que gritó súbitamente : 

— i Allí va Gedeón, Gedeón, mírenlo ustedes.: .. allí, 
allí vá ! 

Y se reía, daba saltos, y á la vez señalaba á un caba- 
llero. 

Heridos por el instinto de la curiosidad, los que por cerca 
■del chico tranvsitábamos, nos volvimos instantáneamente. 

Los vi reir á todos al ver confirmada aquella evidencia 
hasta el grado supremo. 

El aludido del rapaz, entre confuso y colérico, volvió la 
cabeza bruscamente y, aquí fué á reir hasta morir.... i Diablo ! 



GEDEÓN 81 



no he visto parecer más correcto. ¡ El mismo Villarreal en 
función ! i El mismo retrato que el satírico periódico * ' Ge- 
deón" exhibe en su primera plana ! 

Su misma nariz, larga y recta; la oleada del peinado ju- 
gando con el negro arco que hace más profundo el oscuro de 
sus ojillos picarones ; el corto bigote de retorcidas puntas ; el 
frac miedoso del pantalón, éste, corto en su extremidad, des- 
tacando toda la diVr " :' ' ^"""^ "as botas puniiagudí''^; ; el cuello 
demasiado alto, de puntas atrevidas ; una corbata que pelea 
con la pechera de la camisa y el bastón que semeja un báculo 

en juego entre sus dedos i Ah ! se me quedaba fuera lo 

más esencial, lo que simboliza la dicha : la flor. Elevaba una 
camelia lozana en el ojal del frac; y, ahora dime, lector su- 
frido, sin temor de recibir un golpe del arriba pintado, ¿ serían 
capaz de quedarte serio si de paso te dieras de narices por una 

de esas calles con este Gedeón sin tacha ? Eo dudo, afirmo 

cc^ la tenacidad de un arqueólogo, que á boca de jarro le 
dispararías en sus mismas barbas esa carcajada estrepitosa y 
continuada que causa todo lo ridículo y exagerado. 

El intrépido chico se escurrió al verse intimidado. 

En cuanto á mí, cambié la dirección que llevaba para evi- 
tarme algún desahogo de su exaltación, pues, á cada paso se 
me ocurría el tal Gedeón, y es el caso, que costábame simular 
que enjugaba el sudor de la faz para ocultar á sus ojos la ri- 
sa que retozaba en mí y que en vano procuraba contener. 

Recurría á tomar por modelo la gravedad natural de las 
personas conspicuas y me encontraba con semblantes risue- 
ños y ojos maliciosos. 

*** 

Me levanté el domingo de mal humor. 

Entré á la Catedral. Oficiaban. Tendí una mirada 
en derredor mío, y una risa involuntaria me dominó. Vein- 
te miradas sorprendidas se detuvieron en mí y siguieron la 
dirección de la mía ; entonces, — la veracidad de lo que refiero 
es rigurosamente real, — entonces, vi sonreir á las personas. 

6 



82 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



No pude resistir más : salí del templo y desaparecí de sus in- 
mediaciones lleno de risa. 

i I^e había visto ! ¡ Allí estaba, con una postura aristo- 
crática, tal vez cómica para otro, grave como un irlandés,, 
apoyada una mano, guardada en un guante de cabristilla ama- 
rilla, en el respaldo de una silla que ocupaba una hermosa ni- 
ña, que ocultaba su palmito delicado con la mantilla de negra 
seda que cubría su cabeza y sus hombros, esforzándose en ve- 
lar la burla que se asomaba á la ventana de sus ojos 1 

Sí señor, Gedeón, Gedeón, con su flor en el ojal y su na- 
riz de perro pachón, oliendo, remirando todo. 

Hace días no lo veo : en cambio despiertan en mi mente 
su recuerdo algunos individuos por cualesquier identidad. 

i Que aquel tiene la nariz como la pata de un banco ! 

Se le acercan los amigos y le tildan de Gedeón. 

i Que este tiene el traje mal cortado ó quiere componerse 
tanto que termina por parecer un mamarracho estrafalario e» 
vista de ser chico en el gusto y capaz en la vanidad ! 

i Gedeón ! ¡ Gedeón ! exclama el amigo al saludarle. 

i Que no tiene una peseta y aparenta tener tesoros, así 
gasta que es admiración y escándalo, y además vá por la ca- 
lle inflado que estrecha le parece la acera para su individuo ! 

Le bautizamos con el nombre de Gedeón. 

¡ Que en una ventana se entretiene en pintar plumas de 
todos colores á su novia y se dá luego aire de conquistador \. 

\ Adiós, Gedeón ! le dicen. 

En fin, lector, en todas partes, á cada vuelta que damos- 
nos encontramos á un Gedeón ; y si visitamos, oimos á los- 
chicos, á las niñas grandes, á la cocinera, al criado, al loro,, 
que canta : 

Co7no chico de la prensa 
no hay quien me resista á mí, ^ 

pues con seis ó diez palabras 
pongo á cualquiera á sufrir 



y en seguida se presenta el abuelo paralítico, el padre insano^ 



GEDEÓN 83 



el sobrino revoltoso ó la tía gruñona que con aire misterioso 
agrega por lo bajo : 



Yo todo lo huelo 
y todo lo sé^ 
tengo íin sema7iario 
que vale p07' tres 



Y vamos, lector; lánzate á la calle si estás bajo techo y 
te encontrarás de seguro con algún Gedeón. 
Yo, por desgracia, los veo á cada paso. 



¡^>Vi.T^yfKyÍK w >^ >K >K V¡|í< VK VK V?^ Vfí xK^^/?x >!K?^^x^ 



UNA TEMPESTAD! 



-3ÍÍ- 



Don Severo, ahobachonado tranquilamente, cruzada una 
pierna sobre la otra, veía al ligero vapor, que se desprendía 
del ' ' puro, ' ' elevarse al cielo del gabinete en caprichosas es- 
pirales que se desvanecían por la persianr entreabierta. 

Hacía rato que esperaba al sobrino, ai cual había convi- 
dado para aquel día al almuerzo, y para brindarle una copa de 
champagne, como una prueba de regocijo y orgullo que ex- 
perimentaba al ver coronados sus esfuerzos con la diadema de 
honor, con el título de astrónomo, conferido en la Universi- 
dad Central días posteriores. 

Don Severo siempre está alegre, dispuesto á bromear á 
toda hora. 

Y tan inclinado es á las mujeres que en toda sociedad se 
le ve entre ellas entretenido, lo más expansivo, abandonándo- 
se á sus coloquios :sa satisfacción y embeleso propio de 
la adolescencia. 

Kl pondera sus gracias, las habla de amor retorciendo su 
bigote de nieve y mirándolas con ojos provocadores, y á to- 
das las tiene por vírgenes cautivas de Cupido. 

Pero, i cuidado con hablarle de la que le pertenece ! 

Con las primeras es un gatito que solicita las faldas para re- 
volverse en ellas ; pero, i con la suya, con doña Petronila es 
como un perrillo manso que se apresura á ocultarse del amo 
con el rabo entre las piernas ! 



¡ UNA TEMPESTAD ! 85 



¿ Saben ustedes por qué? Porque se ha dejado dominar 
por su mujer, de tal manera, que ella no hace más que mover 
los labios y ya está él invocando á todas las ánimas y santos 
del pulgatorio y del cielo. 

Cierto día que le vi salir de su casa muy encarnado me 
llegué á él, lo saludé y le pregunté por la salud de doña Pe- 
tronila. 

— ¿Mi mujer?— dijo sonriendo;— como siempre ya la 

conoces, es mi martirio ; prefiero al entrar en casa encontrar- 
me con un 2izlar antes que con ella. Ks el animal más im~^ 
perfecto de la Creación. 

Y al hablarme así no se exaltaba ; palidecía, lamentaba., 
su debilidad de carácter y sonreía diciendo : 

— Ks celosa como Juno y tiene un geniecito tan fuerte 
que ni Satanás lo soportaría. Yo tolero sus arrebatos y hasta 
me mofo de ellos para irritarla más. 

Y no mentía. 

Volvamos al gabinete de don Severo. 

— j Diantre ! las dos. Por lo visto mi sobrino es pérfido 
en su palabra,— murmuró don Severo, mirando el reloj, le- 
vantándose y comenzando á pasearse de un lado á otro del 
saloncillo. 

De pronto se detuvo porque habían descorrido la cortina. 

Un joven, vestido con exquisita elegancia, entró, frené- 
tico de alegría. 

— ¡ Sobrino de mi alma ! 

— i Tío querido ! 

Exclamaron á un tiempo sobrino 3^ tío uniéndose ambos 
en un abrazo prolongado. 

Tío y sobrino cambiaron algunas frases, en las que el 
primero se quejaba de la inconstancia del segundo, y éste ob- 
jetaba, patentizando como excusa la tarea fatigosa de sus es- 
tudios. 

— No, no, no admito ese pretexto ; debes atribuirlo á tu 
negligencia, te supones que no estoy al corriente de tus corre- 
rías por las faldas del Avila con los compañeros.... Hubo me- 
riendas y de ellas participaron alegres muchachas. ¡ Ah ! 
las vacaciones ; i cuánto se goza á tu edad ! También fui un 



SQ SALVADOR GONZÁLEZ P. 



loco en mi juventud. ¡ Ah, aquéllos tiempos no volverán? 
lya vida tiene una temporada : la juventud ; y hay que apro- 
vecharla, porque la vejez tiene sus achaques, y uno se aluci- 
na en las horas tristes con los recuerdos de felices diabluras. 
Así es que te perdono. 

Bl sobrino se apresuraba á responder ; pero en el traspor- 
te de entusiasmo y de orgullo que mostró, comprendió doña 
Petronila que se preparaba el sobrinito á referir alguna larga 
aventurilla de colegial, y se interpuso entre ellos diciendo : 

— Por ahora, señores, suspendan sus relatos, ya tendrán 
para ello sobrado tiempo en la mesa. 

Se apoyó en el brazo de don Severo, y como dos horas 
antes había reñido con él, por causa de celos injustificados, 
conservaba aún cierto resentimiento, y queriendo revelarlo, 
le dijo: 

— Sí, anda á comer, tuno, libertino, pareces un San 
Francisco y eres peor que Judas. 

El sobrino, que se había cogido del otro brazo que le 
ofreció su tío, oyó este circunloquio, y como ya conocía el ge- 
niecito que gastaba doña Petronila, se miraron y rieron mutua- 
mente, como diciendo : te conocemos perica. 

A cada frase rehuía el cuerpo don Severo, porque le temía 
á sus uñas y á sus dientes. 

Entraron en el comedor y se sentaron á la mesa. 

Doña Petronila los dejó para dar disposiciones á la 
criada. 

— Has oído el sermoncito queme dedicó tu tía, — dijo don 
Severo'al sobrino. — Pues bien ; es una lluvia, una lluvia me- 
nuda. 

Doña Petronila entró ; traía algunas servilletas. 

En su ceño contraído y erí su mirada torva se adver- 
tía una cólera reconcentrada á la simple ojeada de un obser- 
vador. ^^ 

El sobrino la miró á hurtadillas, y como hombre dado á 
la broma como su tío, inclinóse al oído de éste diciéndole : 
é^lj^Üf: — Esta es una nube mala ; señal segura de que caerá un 
aguacero fortísimo. 



¡ UNA TEMPESTAD ! 87 



— Un aguacero no, — objetó don Severo, hablándole del 
:mismo modo; — una tempestad tremenda. 

Y retirándose un poco de la mesa, tomando una acti- 
tud de hombre de mundo, con cierta gravedad, agregó en 
alta voz : 

— No soy astrónomo como tú ; pero en cambio soy gran 
.admirador de nuestra madre Naturaleza, y como tal, me juz- 
garé apto para describirte sus grandes perturbaciones ; espera 
que el cielo se muestre más encapotado, verás. 

Doña Petronila ordenaba algunas cosas sobre el mantel 
fingiendo no observarlos, y no bien hubo oído lo que antecede, 
se volvió á él furiosa y le tiró á la cara las servilletas, di- 
ciéndole : 

— i Toma tempestad ! 

El sobrino dejó escapar una carcajada que no pudo con- 
tener, y no queriendo ofender á la tía, sin dejar de reir dijo : 

— Pero ¡pero qué graciosa es doña Petronila! 

i Já, já ! 

Don Severo se contagió del sobrino y se tendió de risa. 

Aún á costa de recibir la casa en su cabeza resolvió conti- 
nuar la chanza ; comunicó al sobrino su pensamiento, y sien- 
do éste de su mismo parecer, burlonamente díjole : 

— ¿ Lo ves ? Este es el primer relámpago. 

Al oirle, doña Petronila sintió un escalofrío que recorrió 
su cuerpo, é iba á lanzarse sobre él ; pero se contuvo de gra- 
do, mostrándose inadvertida. 

Ocupó una silla frente á su esposo, formando cruz los 
tres. 

Comenzó á servir la sopa. 

Sobrino y tío se miraban de reojo procurando contener 
la risa. 

Terminando la humeante sopa, don Severo se fijó en la 
boteli.^ del tinto que estaba distante de su alcance. 

— Obsequíanos con vino, Petronilita, — díjola presentan, 
dolé las copas. 

Con ambas manos alzó doña Petronila la botella y sacu- 
diéndola sobre él gritóle : 

— i Toma, toma, toma ! ¿Quieres más? 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Don Severo se había puesto en pié y decía : 

— No, no, muchas gracias Pero, ¡ eh, mujer ! ¿te has- 

figurado que soy alguna planta? 

Y se remiraba las manchas del licor impresas en el traje 
diciendo : 

— Con este llevo dos que he perdido de igual modo, 
j Hasta me roció la pechera ! 

En seguida se volvió al sobrino y le dijo : 

— ¿ Eh ? ¿ qué te parece ? Son lo»s efectos de las nubes. 

i Jé, jé! 

Doña Petronila se exasperaba con aquella alegría y hu^ 
biera sido capaz de cometer un disparate ; pero sabía repri- 
mir sus ímpetus á tiempo. 

Trascurrió una pausa breve. Todos callaban. El silen- 
cio se interrumpía con ese ruido seco que produce las quijadas 
al magullar. 

Don Severo miraba alternativamente al soslayo á su 
Inaguantable mujer y al sobrino. 

Estando los tres de esta manera, sintió don Severo en la 
planta del pié una pulga que se complacía en darle puñala- 
das; lo removía para reventarla, y el animalillo asesino no se 
inquietaba por estas pamplinas de su víctima. Su mujer lo 
miraba á hurto, como esperando algo. Don Severo comen- 
zaba á perder el sosiego, sudaba por aquellas inquisiciones 
secretas, no podía sufrir más y levantó el pié y lo dejó caer 
con toda su fuerza. 

— ¡ Ay ! — gritó doña Petronila retorciéndose en el asiento. 

Y como el azar la tenía en la diestra un bollo de pan tan 
duro que hacía rato batallaba en dividirlo se lo arrojó á la 
cara á don Severo. 

A su vez, el pobre hombre dejó escapar un grito de 
dolor. 

¿Qué había pasado? ¿Qué? Que don Severo le ha- 
bía aplastado cuatro callos haciéndola ver todos los planetas 
del cielo, porque ella buscábale con su pié querella, muy 
agena de saber que el se hallaba en un conflicto con la pulga. 

Don Severo se levantó del asiento con la mano en la fren- 
te y fuera de sí caminaba gritando : 



89 



— i ECsta es la tempestad que se ha desencadenado con to- 
da su potencia ! 

En seguida se llevó la mano á la rodilla 3' añadió : 

— ¡ Un trueno formidable ! 

Era que doña Petronila le había tirado la silla ; pero tu- 
vo la fortuna de no percibir un gran golpe, porque sólo mal- 
tratóle al rosarle, pues la silla dio en una puerta, hermética- 
mente cerrada, que crugió y retembló bajo sus goznes enmo- 
hecidos. 

En menos de dos minutos quedó la mesa despojada de 
casi todos los chismes que ostentaba, porque doña Petronila, 
semejante (permítaseme esta metáfora) á un volcán en erup- 
ción, arrojaba al paciente don Severo cuanto podía, y él daba 
saltos 3^ escurría el cuerpo á cada objeto que le lanzaba. 

Llegó el desaliento. Doña Petronila se dejó caer en un 
sillón fatigada, bañada de sudor; una respiración de buey 
agitaba su pecho. 

Don Severo, en igual estado, se sentó junto al sobrino, 
que, en un rincón, detrás de una silla de alto espaldar, los 
miraba lleno de asombro y de miedo. 

Semejaban los dos esposos dos viajeros que después de 
una larga excursión sin interrumpirse se detienen á tomar 
aliento. 

— ¿Lo ves? — dijo con débil voz al sobrino. — ¡ Qué tem- 
pestad, santo Dios! Relámpagos, truenos, ra3''os 

En la puerta se destacó la linda figura de la doncella, 
con sus manos escondidas en los bolsillos de su blanco de- 
lantal. 

Picada por la curio.sidad había llegado hasta allí, y como 
encontró sentados á los esposos y tras de la silla al sobrino, 
la sobrecogió una risa natural, porque esta escena la causó 
mucha gracia ; pero le costó cara la imprudencia, porque su. 
señora apenas la oyó y vio la arrojó una silla que se abrió en 
cuatro contra la pared. 

Simultáneamente, don Severo y el sobrino dejaron esca- 
par una carcajada. 

^¡ El Arco Iris ! — dijo el tío levantándo.se, 3^ se conto- 
neaba sonreído. — Por terminada doy la tempestad. 



^ SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Doña Petronila le echó mano á la escoba y se fué á él. 
Bl sobrino se interpuso entre ambos y dijo á la tía : 

— Basta, señora. Por lo visto ustedes se habían olvidado 
de mi. Vamos, á reconciliarse, que la paz en el hogar es 
ventura inestimable y debe no turbarse, porque ella consti- 
tuyela felicidad.... ¿Qué es insenescencia en el mundo? el es- 
píritu. Procuren no alterarlo porque se desborda y entonces 
sentirán que surgen los sentimientos, los arrebatan la cólera 
y, en fin, suelte esa escoba, amable señora. 

Doña Petronila obedeció gustosa. 

— Muy bien, así se discurre, eso es filosofar. ¡ Diantre ! 
teníamos á un filósofo y lo ignorábamos, — dijo don Severo 
sonriendo. 

El sobrino observó : 

— Y yo tengo á un tío que tiene más paciencia que Job 
y más rectitud que un Juez. Sois la paciencia personificada. 

A doña Petronila no le simpatizó estas lisonjas, y acercán- 
dose al sobrino, con cierta petulancia. 

— E.SO no es razonar con conciencia,— díj ole. — Ese que ahí 
ves está domado por mí, me obedece ciegamente, y no obs- 
tante lo presenciado se sale el bribón de sus casillas. 

Incomodó á don Severo estas frases porque proferi- 
das ante su sobrino para él era una ofensa inferida á su amor 
piopío. 

Se llegó á ella furioso, sacudióse la solapa de la levita co- 
mo queriendo dar á conocer su enojo, 5^ gritó : 

— ¿Eh? ¿Eso decís? Pues, ¡ea!, persuádase us- 
ted que si he soportado con calma lo que ha hecho es á 

sido..... es porque sois mi martirio ; pero no, no lo será 

usted [más. ¡ Basta de inquisición, me voy donde no existan 
tempestades ! 

Y corriendo penetró en su gabinete. 

Rato después estaba en la calle con el sobrino. Llevaba 
«3 sombrero tirado hacia atrás, y veía á las personas que en- 
contraba al paso con gran atención, como si quisiera leer en 
snslsembl antes sus condiciones. 



; UNA TEMPESTAD ! 91 



— i Ahí — había dicho al sobrino al salir de la casa. — 
I Qué atmósfera tan distinta se respira aquí ! ¡ Qué sublime 
«s ía libertad ! En casa el aire es caliente y sofocante, el de 
a€|mí fresco y puro. Aquello es el infierno, esto es la gloría ; 
liMyamos de aquél y gozemos de ésta. No te cases, sobrino ; 
la iadependencia del soltero no tiene precio. ¡ Qué dicha !, ... 
M.ecor ramos la Calle ReaL 

Y se confundieron con los transeúntes que tomaban idén- 
Ltica vía. 



^^^*^^^*^*^*^^*^^-^^^^^- 



S«¿íii»IBIE]IE3 "T^X \/ X-ES 



Recibió Hermenegildo Picambnte tan mal trato de sus> 
padres, á causa de querer siempre estar vestido á la moda, sin. 
tener ellos lo indispensable para el sustento, menos aún para 
atender á las necesidades de la vida, — que tan perra se mues- 
tra á algunos seres que desde que nacen parece que la fatali- 
dad les persigue, — que resuelto á mejorar su suerte le rogo á.. 
su abuelo le procurase un empleo en alguna parte. 

Aceptáronle en una sastrería. 

Las horas libres empleábalas leyendo buenos libros y de 
vez en cuando algún divSparate escribía. 

Llenó su gusto, satisfizo su vanidad, es decir, todos los 
meses se le veía con un traje distinto. 

Kn el colgador del cuarto, pobre de mobiliario, podía ver 
y contar el que allí fuese once fluxes de buena tela, bien cor- 
tados y bien hechos, i cómo que era obra del mejor cortador 
y de la más renombrada costurera ! 

Con tanta apariencia, ¡claro!, conquistó amistades, y 
poco tiempo después solicitó un puesto en el gobierno, el cual 
fuéle otorgado y repuesto á los seis meses. 

Llegaba una compañía de ópera, de zarzuela ó de drama,, 
y lograba, por medio del representante que ya había atraído- 
obsequiándole concomidas en el hotel, con paseos en cocfe, 
é insertando en las columnas de un periódico, cuyo director 
es su "amigo," un articulillo, elevando en él á la compaSía 



SABER VIVIR 93 



'Con elogios que se truecan después eu censuras de parte de 
los colegas imparciales, los cuales, es decir, los revisteros, al 
ver el estreno, esperando conocer algo nuevo que aplaudir, se 
«ncuentran que no es digna ia empresa de recibir por una bu- 
taca el precio exorbitante que ha señalado, ni mucho menos 
'Ser oída la obra mal desempeñada por el más ignorante. 

Pero, ocurra lo que quiera, él adquiere un billete intras- 
tmisible para todas las representaciones. 

Durante la función se le ve detrás de los bastidores, de- 
jándose con intención ver del público. Más tarde, en dife- 
rentes escenas, se presenta en un palco con un gemelo seme- 
jante en proporción á uno de esos que usan los astrónomos 
para descubrir los desconocidos fenómenos que sorprenden en 
Urano. 

Fíjalo con tanta insistencia en las mujeres, tan diversos 
-movimientos ejecuta con su canuto, que no parece sino que 
'quiere que la persona que mira se le meta por el vidrio. To- 
do su afán consiste en hacer visible la presencia de su penso- 
sia., y así no es extraño verle cambiar de sitio de diez á quin- 
•ee minutos. 

— ¿Sabes que la Patantini está de mí enamorada? — dícele 
ú uno de los amigos que tiene en el palco. Y se pone de pié, 
con el dedo pulgar metido en uno de los bolsillos bajos del 
crlialeco, balanceando el cuerpo. 

— i Hermosa mujer ! — exclama el otro suspirando : — sien- 
to no conocerla de cerca. 

— Xe fascinaría, — agrega Picamonte. — Nada lograrás de 
ella. Conmigo está como la hoja del árbol que se inclina al 
•débil impulso del céfiro. ¿Comprendes? 

Y retira con la diestra algunas ebras de cebello que se le 
vienen á la frente, y con un gesto, en la sonrisa de sus labios 
y en su actitud desembarazada da á comprender que en ella 
-encierra una gra7i capacidad. 

Kl otro, aunque no entiende lo que ha dicho contesta : 

— Ya, ya afortunado eres. 

Picamonte ríe con estrépito como para atraerse la aten- 
!.üi6n de los vecinos, y dice :' 



94 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— Toda mi vida lo he sido. Toda empresa que arrie2Eg^» 
me sale bien. 

Kn esto tiene sobradísima razón. 

A cada instante le ve usted en coche. 

¿ Qué necesita algo ^ Toma un carruaje y, llega más-i 
pronto. 

¿ Qué tiene que cargar con un paquete de de lo qti# 

sea ? Al coche. 

¿ Qué lo llaman de apuro ? Vuelta al coche. Y toáo, 
todo lo hace en coche. 

Los aurigas le conocen á legua, le rodean al encontrarle^,,, 
suplicándole abone aunque sea una carrerita de las ron- 
chas que debe. 

— El quince tendré dinero, — contesta sonriente. — Pasará; 
usted por el hotel y quedaremos absueltos. El gobierno roc- 
ha ofrecido el dinero que hace tres meses estoy esperando...... 

i Cuidado con faltar ! 

Al día siguiente está hospedado en otra parte, porque ei'^ 
gerente del hotel está harto de promesas que nunca se rea- 
lizan. 

Cada cuatro ó cinco nitses camdia de residencia. ¡ A esto 
llama él la moda ! 

En todas partes se encuentra : En hoteles, reuniones,. 

teatros, bailes, en en todas partes; y también en todas^ 

partes los acreedores con el papelito en la mano se le presen- 
tan, y él obstinadamente contesta : 

— Ya abonaremos, descuide usted. Esperaba ; pero nc 
recibo nada. 

Uno, exaltado, gritóle al ver rechazada la cuenta : 

— i Señale usted un día, un día fijo, y dele pena tenerme- 
todos los días dando paseos para arriba y para abajo, sin pro- 
vecho, para nada, para nada ; yo tengo que hacer, que atcB- 
der á otras ociípaciones ! 

Y nada faltó para ponerle el pobre acreedor sus gruesas, 
manos en la cara. 

Y Hermenegildo, con gravedad, encogiendo los hombn>í>r, 
contesta tranquilamente : 



SABER VIVIR " 95 



— ¿ Qué hago yo, pues ? Tenga usted paciencia, amigo 

mío No se moleste en venir, le avisaré oportunameate. 

Al tener yo descansa usted de mí. 

I Y ese día jamás llega ! En el mismo instante olvida al 
acreedor. 

i Ah ! si todos supiésemos vivir. 



~Í?|S5" 



^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^ 



LA OBRA NUEVA 



Al señor cdon I_lj¡s F^erolra Solis. 



Se estrenaba una obra de uno de los más notables dra- 
maturgos de la época. 

Cuando un autor es conocido del público sólo su nombre 
recomienda la obra. 

Todavía no se conocía el asunto del drama y ya había 
distintos pareceres acerca délos personajes y el tema, 3^ hasta 
la auguraban un éxito infalible ú objetaban sobre el triunfo, 
principalmente los que menos experiencia tienen de lo que 
leen. 

La obra había sido anunciada por la prensa un mes antes. 
Los comentarios sobre ella abundaban. El público anhelaba 
conocerla. 

Llegó el gran día, la deseada noche. 

A las ocho, inmensa muchedumbre se agolpaba frente á 
las puertas del teatro. Para llegar al peristilo de la taquilla 
había que revestirse de valor, hacer grandes esfuerzos, empe- 
llar, porque un nutrido grupo de personas invadía el angosto 
pasadizo, removiéndose, hostilizando el paso, confundiendo 
con su algarabía intolerable y con sus arrebatos desenfre- 
nados. 



LA OBRA NUEVA 97 



El expendedor de una y otra taquilla no daba abasto, 
se trastornaba al oirías repetidas peticiones de localidades de 
unos y las réplicas é importinencias de otros, cuyas voces iban 
á mezclarse en el creciente vocerío de aquella masa vivien- 
te que se agitaba en el exterior, de aquella gente ávida de 
sensaciones, en la que se confundían todos los círculos socia^ 
les, en la que se observaba un vaivén continuo y de la cual 
se desprendía un clamoreo sordo que se levantaba 3^ perdía 
en aquellos ámbitos. 

Abrieron las puertas y cuasi toda aquella mucbedumbre,. 
en conjunto, se precipitó por ellas, así cual sucede á las tumul- 
tuosas aguas de un torrente, que contenidas un momento por 
una vaya ó dique, al romper estos, se lanzan desbordadas, con 
ínpetu, y recobran su curso interrumpido. 



Abandonémosle por un instante y recurramos á la morada 
del renombrado autor. 

Figuraos un pequeño gabinete, con pobre mobiliario, cu- 
yas paredes están tapizadas con inferior papel de tono azul, 
en el que resaltan, en dibujo, variados y pintorescos paisajillos 
de la China. En un extremo, entre dos estampas de animados 
colores que representan dos hermosísimas jardineras, muy 
graciosas y elegantes con su canastillo de flores afirmado 
con uno de sus desnudos brazos contra sus pechos, se mira 
un reloj de pared, turbando el silencio con el acompasado 
tic-tac de su péndula. 

Allí está, sentado ante una pequeña mesa de palisandro, 
en la que se ven, sin guardar la menor armonía miilLÍtud de 
objetos; una lamparilla de plata, que refleja brillante luz, un 
remaso de papeles dispuestos en cuartillas, páginas sueltas 
de una novela, un volumen de versos de Espronceda, un tin- 
tero y una pluma. Apoya los brazos en la mesa y la frente en 
sus manos. Viste rigurosa etiqueta. 

En su cabellera desordenada, en el color amoratado que 
rodea sus ojos, en su frente sombría y en la arruga percep- 
tible que sobrecoje sus cejas, se deja traslucir un infinito pesar 
que martiriza su espíritu, una lucha interior entre los senti- 
7 



98 • SALVADOR GONZÁLEZ P. 



mientes que se desarrollan á veces simultáneos en el hu- 
mano ser. * 

La hora en que debía empezar la función se aproximaba. 
Las agujas del reloj marcaban las ocho y cuarto. 
— í Dios Grande ! — decía para sí aquel hombre, en el col- 
mo de una angustia suprema. — ¿Será posible que esa obra 
que tantos dCvSvelos me ha dado, que tantas fatigas y trabajo 
me ha costado el crearla y escribirla, no agrade al público, á 
ese público exigente y caprichoso que ha de ejercer en mí el 
papel de juez y de verdugo, para encumbrarme ó hundirme 

en un instante supremo? ¡ Ah ! esto es espantoso, sólo 

pensarlo aniquila, tortura, mata Desvanecerse, por un fin 

desgraciado, una esperanza acariciada largo tiempo, es una 
síntesis semejante al enfermo que piensa en la vida y la 
muerte se la arrebata Mi primera obra fué una catás- 
trofe, y la consideraba irreprochable. No comprendo como 
sobreviví á aquella desgracia que me agobió tanto que pe- 
saba en mi conciencia igual á un delito horrendo. La se- 
gunda alcanzó un éxito brillantísimo, hízome feliz, conquis- 
tóme un puesto entre los inmortales Sobre esta última 

no puedo dar fallo, la juzgo sin efecto porque ofrezco en ella 
un asunto nuevo, unas escenas demasiado trágicas y doy á 
comprender que considero al mísero mortal como un pris- 
ma incomprensible lleno de imperfecciones. Los personajes 
que presento son gentes rudas que obran cual insensatos 
dominados por pasiones y apetitos salvajes, seres á quienes 
la desgracia ha pervertido y de los cuales muchos se en- 
cubren, alternativamente, con el antifaz de la infamia, de la 
hipocresía ó de la envidia y cuyos gestos grotescos los desfi- 
guran ante la buena y culta sociedad i Ah ! Si yo pudiera 

entrever á través de ese velo ó enigmático sofisma que 
llamamos Destino lo que encierra el porvenir, no estaría 
en este instante martirizándome con las ideas de tan funes- 
tos pensamientos No soy inflexible. Conozco que una 

sentencia me está predestinada, una sentencia terrible, bajo 
cualesquier punto que la considere y la experimente ...... 

j Tener que pensar en sufrir sus sarcásticos dogmas ! ¡ Crear 
un cuadro y verlo destrozar á mi vista, no viendo y quedando 
de él en el alma más que el efecto de un simple espejismo ! 



LA OBRA NUEVA 99 



¡ Oh ! i esto es muy fuerte, demasiado fuerte é inmensa- 
mente triste, y no nos queda ningún consuelo, porque 
deja una herida en el corazón que necesita del trascurso 
de mucho tiempo para lograr cicatrizarse, que causa nos- 
tálgicos sufrimientos, dolores angustiosos, desesperantes, 

dolores, que tan sólo se extinguen con la muerte ! Sí, con 

la muerte 

Estas tan cotitrarias ideas asedian el cerebro del dramatur- 
go hasta dejarlo postrado. Mas de protí^, haciendo un 
esfuerzo sobre sí, se incorpora y dice : 

— ¡ Y qué ! ¿Por qué desalentarme de este modo? Sin 
embargo, la duda me produce daño, hiere mortalmente mi 

espíritu y mi entendimiento, me enloquece Pero, de 

•todos modos, mi presencia en el teatro es inevitable, debo di- 
rigir su desempeño Vamos, valor. 

Se levantó del asiento y avanzó algunos pasos con reso- 
lución. De nuevo se detiene, duda, v^acila ; pero al fin 
triunfó la audacia. 

Alisó ligeramente su cabellera, púsose á prisa el gabán y 
el c/ack y salió apresurado. 



I^as taquillas encontrábanse cerradas. 

Los revendedores ocurrían al transeúnte ofreciendo las 
entradas á doble precio. 

De aquella muchedumbre aun quedaba un resto disemi- 
nado en la calle. 

Algunos coches de alquiler se veían alineados en una 
corta fila poco distante del teatro, envueltos en la semi-oscu- 
ridad que siempre impera hacia aquel lugar, y sus farolillos, 
vistos á cierta distancia, semejaban los brillantes ojos de un 
monstruo fabuloso. 

Tras las barandillas que circundan el corredor del teatro, 
en el fondo, bajo el tendido de los palcos y en medio á las es- 
trechas escalerillas alfombradas, que comunican con el balcón, 
hay un gran espejo cuadrado, en cuyo hermoso y límpido 
cristal, en enormes y caprichosas letras blancas, veíanse anun- 
ciados el título de la obra y el nombre del autor. 



100 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



i La gran sala iluminada del teatro presentaba una 
vista soberbia é imponente ! 

En los pasillos y en las sendas que conducen á las dobles 
filas de butacas, ocupadas }■&, un hormigueo humanóse api- 
ñaba, se impelía,' se apretaba, y poco faltaba para que la at- 
mósfera sofocante asfixiara. No obstante el desmesurado lleno, 
que se ofrecía á la vista, continuaban entrando más personas 
y buscaban punto de apoyo donde descubrían algún espa- 
cio, aunque fuese incapaz de contenerles. Algunos, no en- 
contrando lugar visible, subían á prisa la ancha escalera de 
tramos y peldaños revestidos de terciopelo rojo, queda acceso 
á los palcos y al salón, é iban á colocarse detrás de las rejillas 
de ellos. A veces, muchos llevaban vSU atrevimiento hasta el 
punto de introducirse en su interior, sui la previa excitación 
de su dueño, que conservaba el talón de entrada, como com- 
probante de su derecho á él. Ocurría este incidente en los 
que quedaban entreabiertos ó no cerrados con el picaporte in- 
terior. 

En toda la sala se percibía el grato rumor de la entu- 
siasta multitud. 

Preludió la sinfonía de la orquesta un vals en boga, que 
obtuvo al terminarse ruidosos aplausos de los circunstantes, 
y, casi en seguida, se oyó venir del interior el dulce sonido 
de un timbre y luego se alzó el telón. 

Un vago susurro se produjo entre los espectadores ; una 
cosa así como el ronco murmullo que causa la pleamar de las 
aguas de un pedazo de mar entre arrecifes. 

Era que el público se extasiaba al contemplar el hermo- 
so cuadro que se exhibía á sus ojos. Representaba la e.-cena 
un bello pensil con ciertos recodos, formados de árboles, ha- 
cia los extremos del proscenio, con una diversidad de plantas 
en contorno, á las cuales esmaltaban una profusión de mati- 
zadas flores, que figuraban aladas mariposillas. Y allá, en el 
fondo, se extendía una tela, en que se admiraba una ca- 
dena de montañas, destacándose por sobre la empinada cum- 
bre de la más alta el blanco disco de la luna orlado por un 
arco de azulado celaje. 

A cierto lado de la escena, medio acostados, con recata- 
do y dulce abandono, sobre una verde alfombra formada de 



LA OBRA NUEVA 101 



césped y de flores, estaban una mujer vestida de pescadora y 
un hombreen traje vistoso de pastor. 

Y á sus espaldas, aislado convenientemente, tras un ar- 
busto de copioso follaje se ocultaba á medias un pescador, 
que espiaba á través de las ramas á los enamorados rústicos. 

El pintor escenógrafo había allí derramado todo su ta- 
lento artístico. 

Este bellísimo cuadro arrancó una atronadora salva de 
palmadas. 

Las escenas del primer acto estaban bien preparadas, se 
comprendía que habían sido estrictamente estudiadas; los 
caracteres muy naturales, conpropiedad; y las ideas resultaron 
hermosísimas, llenas de gusto, y el valor de los pensamientos 
elevado; en una palabra, todo en conjunto contribuyó á que 
el soberano se viera precisado á interrumpir la representación, 
en medio de su desempeño, con prolongadas ovaciones que se 
permutaron en víctores. 

El público todo estaba como poseído de un loco fre- 
nesí ; los espectadores parecían atacados de demencia con 
sus descompuestos ademanes y sus agudos gritos ; predo- 
minaba una confusión y un bullicio inconcebible, difícil de 
describirse. 

He aquí lo que acontecía : 

En aquel instante la escena se había desarrollado en- 
tre dos actores. Ambos luchaban por un amor tremendo 
que germinaba en sus almas, un amor loco, el amor infinito 
que se sobrepone á todas las cosas más bellas y poderosas de 
la tierra, para remontarse y vagar con la imaginación por las 
ignotas ideales regiones do se cree existir el feliz paraíso de los 
ensueños ; por ese ardiente y santo amor, estos se odiaban y 
se disputaban el cariño de la mujer querida, i sol en cuya ra- 
diante órbita giraban aquellos tan mezquinos satélites ! En 
uno ardía el desdén y el desprecio, con que era correspondida 
su vehemente pasión'; éste se había captado estos dos glacia- 
les sentimientos ; sentimientos terribles, que producen en el 
corazón de un exaltado amante la más tremenda impresión del 
tormento. Se las granjeó, por las violencias con que había 
tratado á la desgraciada y honesta mujer, por sus continuas 
amenazas, por sus desesperadas acciones, por sus desenfrenos 



102 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



de hombre cegado por la ira y llevado de los vehementes afec_ 
tos; en fin, digámoslo de una vez: por todas las cosas más 
abominables y más ruines que logra engendrar en un corazón 
herido por los desengaños y demasiado rígido y violento, los 
apasionados y licenciosos deseos, que se estrellan ante la ma- 
jestad augusta, hermosa é imponente de la Virtud, sobre to- 
do, cuando esta reside en un alma noble y tiene por tronos la 
sencillez de la inocencia y la altivez de una diosa. 

Kn el otro corazón dominaba la pasión llena de fuegO' ; 
pero era la pasión discreta y tímida, el afecto puro que se con- 
tiene con la prudencia y la resignación, con la sencillez deli- 
cada, inocente y subyugante del niño, siempre guiado por el 
temor de herir el pudor de la mujer amada y de perder su 
sacrosanto, halagador cariño. Siempre pensando en llegar 
,al fin glorioso, deseado por dos almas que el amor ha vincula- 
do en una, al acto en que, al pie del altar, ella con sus celes- 
tes sienes coronada por la blanca guirnalda de azahares y su 
vaporoso manto de nube, su velo de gasa de virgen desposa- 
da, figurando un divino arcángel, entre salmos y bendiciones 
y el odorífero ambiente delinciencio del ara, vSe entreguen por 
siempre sus existencias. Este era su amor. Y este amor ab- 
sorbía por entero el corazón y el espíritu de la joven. 

Bn aquel momento los dos amantes se encuentran y sostie- 
nen una escena interesantísima, en quejas palabras cambiadas 
entre ambos son exaltantes, furiosas. El uno es un intrigante ; 
el otro es bondadoso y bueno : por aquél el público siente 
una aversión profunda : por éste una acendrada simpatía. 
Al alternativo cambio de frases sigue una lucha cuerpo á 
cuerpo : se baten á la espada. El predilecto del público recibe 
una pequeña herida en un brazo y fa espada se desprende de 
su diestra ; pero muy pronto recobra su ánimo, toma la. es- 
pada y vuelven á cruzarse centelleantes los aceros. ¡ Su odio- 
so contrario, cuando lo vio desalentarse, por la pequeña herida, 
le había ultrajado y herido su amor propio llamándole cobar- 
de La lucha es encarnizada Luego, una espada que 

cae y un cuerpo que se desploma al suelo y un angustioso 

grito de una mujer que se precipita como loca á la escena, di- 
rige una rápida mirada sobre el grupo y se abalanza sobre el 
vencedor que la ha salido al encuentro y, recibiéndola en sus 



LA OBRA NUEVA 103 



brazos, la estrecha convulsivamente contra su pecho Su 

desdeñoso perseguidor está sin vida á sus plantas. ¡Su amado 
allí, vivo y triunfante entre sus brazos, contra sus pechos, junto 

á la suya su cara ! Mas de pronto, i no saben qué extraño 

sentimiento domina sus corazones, y, de el lugar en que están, 
miran con cierta singular compasión el cadáver y lloran, llo- 
ran ambos, reclinando la joven su hermosa cabeza en el hoili- 

bro de su amado ! Después van, vSilenciosos, y se arrodillan 

junto á él y elevan sus piadosos ojos al cielo i He ahí to- 
do: el fin del gran drama! 



Y en tanto, ¿qué era del autor, de aquel hombre que 
dudaba obtener aquel completo triunfo, de aquel ser que 
sufría una hora antes sugestionado por tétricas ideas ? ¡ Ah ! 
aquel hombre no se daba cuenta de sí, estaba tan loco como 
el público, se sentía mortificado con aquel portentoso ruido 
que invadía todo el teatro y que parecía trastornar su debili- 
tado cerebro. Agitado y febril recorría con inseguro paso el 
vasto fondo del escenario, en el cual se veían multitud de te- 
lones pintados en que se destacaban, rara é imperfectamente, 
descoloridas figuras que carecían de uniformidad, brochazos 
que medio brillaban á la opacosa claridad, que en aquel pun- 
to se nota, venida del tenue reflejo de los focos incandescen- 
tes, cuya fuerza de luz amortigua el prolongado y estrecho 
reflector de metal, teñido de color verde, con que apenas se 
encubren.. 

Caminaba con las manos en redor de la cabeza é intensa 
palidez sellaba su semblante, y percibía que su espíritu era 
débil ante aquel portentoso juez que le hería en lo más ínti- 
mo del alma con sus grandes agasajos. 

Cuando en medio del inmenso clamor oyó vSU nombre 
pronunciado de entre las aclamaciones, quedóse extático, frío, 
cual un cobarde ante un poderoso enemigo que escarnece. 

La actriz y el primer actor ocurrieron á él y se apoyaron 
en sus brazos ; le hablaron 3^ no comprendió nada ni tuvo voz 
para responder. Se dejó conducir por ellos, que le presenta- 
ron ante aquel gran soberano, ante aquella masa viviente, y 
se figuró ver sobre sí millares de sombras que le rodeaban y 



104 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



dominado por un poder desconocido se inclinó profundamen- 
te, mientras el público lo coronaba con una atronadora salva 
de aplausos. 

Salió de la escena aturdido, con paso vacilante, sin saber 
de, sí, como un hombre completamente embriagado que siente 
ofuscada la vívSta, entorpecida la razón, y en el vértigo cau- 
sado del alcohol pierde la fuerza de sus más preciadas facul- 
tades. 

Distintas veces el soberano le aclamó ; y él presentábase 
á significar su reconocimiento con una humilde reverencia ; 
mas, entonces ya no se veía aquella cabeza pálida donde la 
tristeza imprimía la huella del sufrimiento, sino un rostro 
arrogante é iluminado por la dicha, una boca sonriente por el 
agradecimiento. 

i Dos horas después la sensacional obra terminaba en me- 
dio de una atmósfera de aplausos y el autor era victoreado, 
saludado con los sombreros, agitados por las manos de milla- 
res de personas que no encontraban ya otros medios para 
aplaudirle! 



A la madrugada de aquella grandiosa noche, en el senci- 
llo gabinete del gran dramaturgo, rodeaban la mesa unos 
cuantos jóvenes vestidos de elegante frac y chaleco blanco ; 
se mantenían de pie, con copas de espumoso champagne le- 
vantadas en alto. El gran escritor se hallaba entre ellos 
sonriente. Sobre el finísimo mantel de armiño, relucía bella 
y caprichosamente un rico servicio de porcelana y una hermo- 
sa fuente, que contenía suculenta fiambre, y también se veían 
preciosas jicaras y brillantes cincelados vasos de plata, y pos- 
tres y otras muchas cosas propias de tal tertulia y sociedad. 

Aquello constituía una opípara cena, era un pequeño fes- 
tín, fomentado por los galantes amigos del autor, por aque- 
llos jóvenes que habían tenido la delicada galantería de 
anticiparse á encargar tan improvisado menú para aquella 
noche, por celebrar el dichoso triunfo que preveían reali- 
zable. 

Uno de los jóvenes hablaba ; terminaba su arenga di- 
ciendo : 



LA OBRA NUEVA 105 



Con que, señores, hemos vencido; la victoria ha sido 

completa, la obra es magistral i Pobres de los infelices 

que habían puesto en duda nuestros asertos ! ¡ Qué rabien, 
qué se fastidien, son unos ignorantes, unos envidiosos, sí, 
señores, unos envidiosos, y el envidioso, por fuerza de volun- 
tad, siempre está á caza de elevados ingenios para sorprender- 
los y herirlos con sus hostiles difamaciones ! Cuando ataca 
dejadle, él .se cansará. 

— i Bravo ! ¡ Bravo ! — prorrumpieron muchos. 

— ¡ Viva Gerónimo ! — gritó uno. 

Se dirigía al joven que había discurrido. 

— ¡ Qué viva ! — gritaron los demás ; — y apuraron por sex- 
ta vez el rico licor. 

— i Yo me río al considerar la compungida facha que 
pondrá el pobre lyuciano, al saber que hemos organizado este 
banquete y no le hemos convidado já, já, já, já ! — Voci- 
feró uno. 

— Y yo, — dijo otro riendo. 

Luego cantaban, reían y bromeaban, y sus voces, lleva- 
das por el viento, se perdían en la inmensidad del espacio. 



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LEONARDO 



Daba gusto verle: siempre jovial, haciéndonos reír cob 
sus oportunos chistes. 

Donde Leonardo se hallase estaba la alegría. Las mu- 
jeres alababan su ingenio, se lo disputaban para las tertulias, 
lo mimaban, y él las refería historietas alegres que jamás 
había-n ocurrido ni se conocían porque las forjaba él ; y tenía 
tanta gracia para contarlas, tan vivo colorido las daba, que 
las dichosas jóvenes interrumpíanle su narración á menudo 
con sonoras 3^ dulces carcajadas. 

Contra sus cualidades de pronto había cambiado. De 
alegre tornábase triste, andaba cabizbajo, hablando solo por 
las calles. Se le dirigía la palabra é interpelaba con un gesto, 
como si no entendiera lo que se le decía ó como si alguna, 
idea tenazmente fija en su mente se lo impidiera. Nos reunía- 
mos, por costumbre, con otros amigos, que se agrupaban en> 
una de las puertas del Correo á la caída del sol, y nos costaba 
esfuerzos hacerle hablar. En los paseos aburríase brevemen- 
te; fruncía el ceño, ponía la cara desabrida y se despedía, 
volviéndose al espacioso saloncito del segundo piso de una 
hermosa casa de huéspedes que ocupaba en la calle de las 
Madrices. 

No pocas veces iba á buscarle. 

Al entrar en su habitación, una tarde, lo sorprendí con los 
brazos tendidos sobre la mesa y en ellos descansando su ca- 
beza. Lo contemplé con lástima, compadeciéndole con todo 



LEONARDO 107 



mi corazón porque, en verdad, lo confieso, soy tan sensible, 
tanta ternura ha puesto el Sumo Dios en mi ardiente alma 
que, ésto, no obstante ser una cosa de tan ínfima importancia, 
bastaba para conmoverme profundamente. I^e llamé y pare- 
ció no oir mi voz ; y entonces, con sigilo, me le acerqué y 
le di un leve golpecito en el hombro. Se volvió sobresaltado 
y me miró. 

— i Ah ! ¿eres tú? — dijo con cierta alegría. 

— Sí, yo, — le dije, — yo, que vengo á sacarte de ese amo- 
dorramiento en que te sumerges. 

Al hablarme había llevado el pañuelo á sus enrojecidos 
ojos para extinguir las lágrimas que los humedecía. 

Después entablamos un largo diálogo. Hacíamos distintas 
conjeturas sobre nuestra conversación y discutíamos con fue- 
go. Le hablé de las afecciones del alma, del amor real, de los 
éxtasis á que estamos sujetos cuando una mujer nos embriaga 
con su divino aliento y sus ardientes besos, del ilimitado 
poder que en nosotros ejerce, de las formas con que Natura 
la engalana, presentándola voluptuosa ante nosotros, sumisa 
ó altiva, siempre amorosa en sus trasportes, nunca despre- 
ciable. 

Hícele de ella una hermosa y viva pintura, de ése 
ángel celestial, lo más grandioso, subyugador é inefable 

que ha podido crear en la tierra el sublime Hacedor! 

i La mujer! i Dulce y bello nombre á cuyo melodioso 

eco se agitan los corazones y el espíritu y los sentidos se arro- 
ban y ascienden á las rosadas regiones del ensueño ! i De ella 
hablé ; y me alteraba de gozo al defenderla con tanto ahinca 
3^ alegría ! 

Leonardo reprobaba mis razonamientos: decía que yo 
debía ser muy dichoso, porque había nacido para amar á las- 
mujeres con verdadero frenesí ; que él las tenía rencor, cierto 
odio, porque tan sólo habían nacido para engañar y hacer 
sufrir. 

A poco rato quedábamos pensativos. Acerqué mi silla 
más á la suya y le rogué entonces me comunicara la causa de 
su aflicción. Tenía derecho á exigirlo, porque él siempre 
había dicho que en mí miraba más bien que al amigo á un 
hermano. 



108 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



Y, él se me mostraba como enojado y rehuía la respuesta 
franca. 

Me declaré sorprendido por aquella metamorfosis inex- 
plicable, y aun llegué á incomodarme' al verle abismado en 
su terquedad, porque nuestros más recónditos pensamientos 
siempre nos los habíamos mutuamente trasmitido y esta des- 
confianza me hería. 

Le amenacé con mi enemistad ; en balde, cada vez mas 
inexorable se mantenía. 

Entonces me planté en la calle. 

i Infinita alegría me causó verle una tarde salir de su ca- 
sa con la faz amimada, gozosa de entusiasmo, tal como antes, 
como le había conocido ! 

Llevaba yo un billete de palco, para la función de la 
noche en el Teatro Municipal, daban el drama lírico " Gio- 
conda," y le tenía dCvStinado un asiento. 

Traía puesto su traje predilecto, el azul marino, sus bo- 
tas de reluciente charol, su sombrero de blanca pajilla, su 
ancha corbata de fondo azul salpicado de puntos blancos, se- 
mejando el lazo una mariposa en actitud de volar. Al verme 
parecieron saltar sus ojos de contento y adelantóse hacia mí 
dando entre sus dedos vuelta á su inseparable junco. 

— i Querido ! hoy la corro : empiezo por darle al estómago 
la primera descarga en el Café Olivero ¡ Hoy me pertene- 
ces! conque i cuidado con escaparte, mira que tengo ojos de 
lince! — me dijo, dándome con la varita en el sombrero. 

— i Vaya ! — exclamé sin afectación. — ¡ Por mil Aquiles 
que ya te creía huésped del Manicomio ! i Por fin recobras tu 

carácter ! i Andando, pues, no hacia el Café que dices sino 

á La Francia, donde nos esperan nuestros inseparables amigos! 

Y apoyado en mi brazo, contentísimos, saltando casi, en- 
tramos rato después en el amplio salón de La Francia, el cual 
«staba animado por un mundo de gentes de todo rango que 
predisponían el ánimo con su bulliciosa y agradable ani- 
mación. 

Los compañeros nos acogieron con una aclamación. 

Cada cual le prodigó una lisonjera broma, estrechándole 
con la misma agradable efusión que se hace con un buen 



LEONARDO 109 



amigo, por algún tiempo ausente en remotas tierras, que se 
torna á ver en la querida patria, á nuestro lado. 

Cada uno se disputaba la diclia de tenerlo cerca de sí» y 
esto con una alegría cuasi tan desordenada 3^ ruidosa, que si 
Leonardo no exclama : 

— i Calle ! i Caracolitos ! ¿van ustedes á desplumarse co- 
mo gallos? 

Habríanse despedazado el traje unos á otros á fuerza de 
tirones, indudablemente. 

Cuando saboreamos el primer A/br/^/ dije á Leonardo :. 

— Ahora no puedes negarte á declarar lo que te ha tenido 
á dieta. 

— ¡Una dieta, sí, eso es ! — repitjó entusiasmado. — ¡ Muy 
bien dicho ! i No otra cosa que una especie de dieta he guar- 
dado ! Oid, pues, el motivo que me ha obligado á ello. 

Y accionando tanto como un cómico experimentado, 
y poseído de satisfacción, por la seguridad que tiene en la 
benevolencia y gusto que le tributa el auditorio y sus admi- 
radores, con la gracia que le es peculiar, en voz alta, comenzó 
diciendo : 

— Ustedes conocen á Adela, mi bella prometida, la única 
beldad que ha logrado trastornarme el seso, la primera que ha 
sabido cautivarme; pues, bien, esa virgencita de ojos azules 

me ha hecho sufrir más de lo que juzgaba ¡ Fíese usted de 

mujeres ! Es el caso, amigos míos, que una nocheque pa- 
seábamos en la Plaza Bolívar se enojó y me requirió brutal- 
mente, despachándome, tan sólo por no haber querido satis- 
facerla en un capricho. Verla y hablarla y escuchar sUi 
argentina y amorosi voz es para mí el placer más delicioso 
que siento en esta vida, el g''»zo más puro para mi espíritu, 
en una palabra, es una forzosa necesidad de Ja cual no puedo 
prescindir y que no puedo, ó no podré nunca más, fácilmente- 
vencer.... Figuraos, pues, cuál ha sido mi pena.... Me acercaba 
á su ventana y la tiraba con estrépito ante mis narices ; esto, 
i ay, sí!, me hacía temblar, porque aquel golpe lo sentía yo 
en el corazón. _ Ni súplicas, ni cartas, llenas de perdones y 
pasión vehemente, juramentos, promesas, nada, nada ablan- 
daba su corazón ; semejábase esta mujer una de esas es- 
carpadas y prominentes rocas que se internan en un mar 



lio SALVADOR GONZÁLEZ P. 



borrascoso, en quien yo, desdichado náufrago, por este 
tiempo, confiaba mi azarosa vida, mi triste suerte, mi iluso- 
ria esperanza ; y yo sufría, con el pesar y la desesperación, 
porque anhelaba adquirir no perderla ni aún á costa de prodi- 
giosos esfuerzos. ¡ Oh sí ! por ella soy yo capaz de todo, la 
idolatro más que á todo lo que en su inmenso .«-eno osten- 
ta el mundo ! 

— i Hurra por la retórica, las figuras, imagines y metáfo- 
ras! ¡Vengan otras copas! — gritó con febril entusiasmo 

el de mi izquierda, un joven que bebía como una esponja. 

El mozo obedeció ; vaciamos las copas. 

Leonardo continuó : 

— Los sufrimientos me hicieron perder mi alegría habitual, 
vivía desesperado, y en mi cerebro, extremadamente debilita- 
do con tantas impresiones y desengaños padecidos, lentamente 
la sombría y terrífica idea del suicidio encontró por cierto tiem- 
po asilo Hoy tenía cargadas dos pistolas sobre la mesa, y 

al contemplarlas me estremecía, no de miedo, sino por que, 
4 me daba tanto sentimiento dejar tan joven la vida ! - Un mes 
antes me sonreía hasta el gato, ¡ ah !, y en aquel funesto ins- 
tante todo en derredor mío se me aparecía lúgubre, ensimis- 
mado, como estaba, con la tétrica duda de trocar ó no la 
vida por la espantosa muerte. Cuando más se aferró en mi 
mente la triste determinación de concluir conmigo de una vez, 
cuando me encontraba confuso en medio á tan sombrías cavi- 
laciones, veo entrar mi criada con una carta, al mismo tiempo 
que me dijo, dominada de una súbita alegría, con una placen- 
tera sonrisa y un gesto gracioso, encantador : 

— 1 Señor Leonardo, tome usted y anímese, alégrese, es 
de la señorita ! 

— Así como un revoltoso é inocente chicuelo, al ver en 
un hermoso búcaro, una profusión de deliciosas, lozanas y 
odorantes flores, una alegre mariposita que aquí y acullá vá 
trémula, extendidas las sedosas y bellas alitas, posándose 
graciosa y lentamente sobre la corola de cada una de ellas, 
y salta él de improviso y la hurta, aprisionándola con fruición 
entre sus manos; así, así, cual él, di un salto y la arrebaté á 
mi buena doncella la carta de mi Adela y con amor la oprimí 
en mis palmas y la cubrí de ardientes besos. Cuando leí mi 



LEONARDO 1 1 1 



nombre en el sobre y vi su elegante letra, experimentó mi al- 
ma un placer indefinible, una dicha tan sublime, que por un 

instante me quedé como fuera de mí, casi insensato 

Recuerdo que, vuelto de mi sopor, mi joven domésti- 
<ca, muy asustada, me daba friegas y bañaba mi frente con 
Agua de Polonia. Al volver en mí, lo primero que bus- 
qué fué la mano de mi amada, digo, de mi criada, y es- 
tampé en ella muchos besos ¡Sencilla, casta y buena 

joven! ¡Ella comprendió la causa que originaron mis locos 
impulsos, mis besos, y, enternecida, brilló en sus suaves 
párpados una perla del llanto de sus negros y' expresi- 
vos ojos, una trémula lágrima, que denunciaba su agradeci- 
miento y la tierna bondad de su incauto corazón ! Abrí y 

leí instantáneamente el pliego que contenía, y al terminarla» 
vestíme á prisa, tomé mi junco, me calé el chapcau y salí. 
Entonces, ya en la calle, me encontré á éste, (me señaló), y 
trájome aquí, ¡y aquí me tienen ustedes tan contento como 
siempre ! 

— i Bravo ! ¡ Bravísimo ! — prorrumpimos casi todos. 

Y dirigiéndose á mí agregó : 

— Rehusaba comunicarte estas penas porque evidente- 
mente te habrías burlado de ellas, de mi desgracia. 

Nos reímos de su candida precaución y encarecidamente 
le rogamos que nos leyera la salvadora epístola. 

Negóse á ello, diciendo que no le agradaba lisonjearse de 
lo que le escribía su ídolo. Pero tantas fueron nuestras ins- 
tancias, que cedió, sacándola del bolsillo y opinando que yo 
la leyera. 

Así lo hice. Decía así : 

— ** Leonardo mío: Eres un ingrato; debía borrar tu 
imagen de mi pensamiento y lo mismo tu nombre, ¡ desleal !, y 
quisiera no llamarte ; pero, aunque me dá pena decírtelo, yo no 
puedo vivir tranquila sin verte ; sin tí, Leonardo querido, soy 
una flor sin tallo. Por el amor que has inspirado en mí es 
que me he sentido excitada á escribirte : te amo muchísimo, 
-como puede amar una mujer por primera vez, con todos mis 

sentidos y con el alma entera Si, cual me lo has jurado, 

me quieres verdaderamente, ven ; yo te recibiré con la ternura 
que siempre te he dispensado ; mas si no accedes á mis rué- 



112 SALVADOR GONZÁLEZ P. 

gos, mostrándote inflexible, firmemente creeré que no te- 
intereso. Con impaciencia te espero. Olvida los estravíí^s 
de mis celos y las raras voluntades propias de mi naturaleza- 
de mujer, perdonando á tu 

Adelar 



^-fO-^fSi^ 



*mí!í*ífJíi?íi'^íU**ííí-^>^-**^*»-^^^^í^ 



DEBILIDAD DE CARÁCTER 



¡ Conozco una patrona que tiene un genio inaguantable ! 

Se Uaraa la " Señora Narcisa." Y figuráosla; ancha de 
cuerpo, pero muy ancha, y cuando camina os tienta la risa : 
J Qué movimiento de caderas tan exajerado, Santo Dios, qué 
pechos tan abultados, tan enormes, y qué balanceo á imita- 
ción de las patas! Pero lo mejor, más gracioso 3^ si se 

quiere, más culminante, es el movimiento lánguido 3^ como 
acompasado de cabeza con que acompaña todos sus gestos ! 
¡ Es uua lancha, con todos sus aparejos, que navega viento 

en popa ! Tiene la piel sanguínea, la boca anchísima y 

armada de una fila de dientes largos y salientes, y agregadle 
cierto mostacho, muy particular y muy feo, y una orla bellosa 
de barba poco notable ; todo ésto bajo unos ojitos grises sin 
brillo que os ven con cierto cariño, con una expresión así co- 
mo amorosa y compasiva, y ya tenéis para pasar á un lienzo^ 
si manejáis la paleta, un busto gracioso, feísimo, picaie-co, 
qué sé yo. 

¡ Y es atroz ! El otro día desde el primer escalón del alto 
echó á rodar de un empellón por la escalera á mi buen amigo 

Juanito ¿Queréis saber la causa? i Porque le debía un 

cuarto de año de hospedaje ! 

i El pobre Juanito ! Si yo hubiera contado con algo más 
de recursos, de lo que necesito, conque gusto le hubiera ayu- 



114 SALVADOR GONZÁLEZ P. 



dado ! Ks un tonto ; pero tonto rematado, á pesar de tener ya 
más de veinte y tres años y disfrutar de una vastísima ins- 
trucción, i Y es capaz de dejarse pacientemente morder del le- 
brel del vecino, sin tomarse la molestia de romperle una 
canilla por temor de perder una de las suyas ! 

Conque ya conocéis á Juanito, el estudiante aprovecha- 
do, pero muy tímido y con ribetes de bobo. 

Habíase quedado en la orfandad, y un tío, que habitaba 
una linda casita en un campo del Mediodía en Francia, le 
enviaba á mediados de cada mes una pensión equivalente á 
trescientos bolívares ; pero hacía cuatro meses cpie no la reci- 
bía y tuvo, para poder estar bien con la Señor - Xarcisa, que 
deshacerse de algunos pesos que había ahorrado. Unas siete 
cartas remitió á París á su tío, en las que le pintaba sus necesi- 
dades y pedía refuerzos para vencerlas ; ellas no obtuvieron 
respuesta. Figuraos, pues, las angustias de mi amigo : solo, 
sin contar con uñarte que le remediara y con su carácter, su 
carácter vergonzoso. 

— ¿Y qué hago yo, mi señora? ¿Quiere usted que 

salga á robar para satisfacerle ? 

Decíale Juanito en tono aflictivo, con la piadosa humil- 
dad de un místico abate, que reconviene á sus feligreses, po- 
niendo un semblante tan angustioso que daba lástima, 

Y la obesa patrona, con las facciones alteradas, moviendo 
el talle y agitando los brazos en las mismas barbas, gritaba : 

— ¿Pero se ha creído usted, so pela-rábanos, que yo 

regalo las habitaciones y que la comida que se mete ¡ tan fres- 
camente en el buche ! me baja del cielo? 

Y poníase en jarras, y sacudiendo la cabeza y con un 
meneíto de cuerpo algo grotesco y acentuando la voz en cada 
palabra, en un tono amenazante, agregaba : 

— ¡ Ay ! i Ay ! ¡ Paréceme á mí que usted todavía no le ha 
visto los dientes al lobo ! ¿Se ha fijado usted en mis puños? — 
y se los mostraba colérica ; — pues, i ándese con cuidado, 

señor mío, con mucho cuidado mire usted bien donde 

pisa porque......! 

— Pero Juanito, — le decía yo á menudo, — ¿por qué 
no cambias de residencia? ¿No ves que esa mujer, el día 
menos pensado, te vá desfigurar las narices si te coje con un 



DEBILIDAD DE CARÁCTER' 115 



objeto de esos que suele tirarte, cuando está de mal humor 
contra tí? 

— Y ¿qué quieres que haga ? — contestábame cruzando los 
brazos. — Ya lo habrás advertido : cuando la digo que me 
marcho á otra parte, eso sí, contando con mi deuda, que no ol- 
vido, me aconseja con buenos modos que me quede. Ks des- 
confiada, lo he comprendido, y por esto quizás teme que la 
deje santiguándose, i cómo si yo me atreviera á cometer tan 
indigna acción ! 

Y cierto era todo lo que me decía. 

En la noche, al acto de llegar la hora de comer, corría la 
bribona al cuarto de Juanito, y, con sigular alegría, le cepi- 
llaba sus trajes, mudaba con agua fresca la de la aljofaina, arre- 
glaba las prendas del tocador ; todo esto acompañándolo de 
una charla amena, chistosa, saturada de mimos y riendo sus 
propias bromas con las gracias de una loquilla. Después se 
le acercaba y le ofrecía su brazo, como á una niña, con una 
exquisita galantería propia de una alta señora ; él se apoyaba 
gustoso y, conversando alegremente, como dos buenos amigos^ 
así penetraban en el espacioso comedor y se sentaban á la mesa. 

— Venga, mi amado Juanito. ¡ Qué simpático y qué agra- 
dable es usted ! i Lástima de muchacho ! ¡ Oh, Jesús, que mal 
tío tiene usted ! ¡ Mire que olvidarlo así, así comoá un fardo, 
biii decirle nada, sin pensar en su .situación, en su vida de 

muchacho joven, que le place divertirse! i Si se habrá 

muerto el buen señor ! 

Estas y otras cosas por el mismo tenor le decía á medida 
que iba sirviéndole. Y luego se sentaban muy pegaditos y 
comían en el mismo plato. 

Cuando llegaba un amigo solicitándolo : 

— ¡ Ah ! — le decía ella al contestarle — i mi pobre Juanito 
se la pasa muy triste ! Figúrese usted, i más de cuatro meses 
sin recibir un centavo del tío ! 

Si al día siguiente, por ejemplo, llegaba el cartero, se 
apresuraba á recibirle; y haciéndose cargo de la corresponden- 
cia entregada, subía con ella de dos en dos los escalones de la 
escalera, para acortar la distancia ; y agitada, confusa, respi- 
rando fuertemente, se presentaba sudorosa, de improviso, co- 
mo una aparición, en el cuarto delante de Juanito. 



IIG SALVADOR GONZÁLEZ P. 



— Tome, amigo mío, — decía con voz febril, entregándole 
las cartas. — I^ea usted, Jiiauito, pronto, lea por amor á su tío. 

Y al mismo tiempo se enjugaba el sudor con su niveo y 
ancho delantar. 

Juanito, atropellando, por cierta^emoción que le domina- 
ba, las frases que articulaba, comenzaba la lectura. La Se- 
ñora Narcisa no conocía ni la J. 

— " Panfilo Fuentes Bergantina." 

La patroua le arrebataba la carta con la más pura natu- 
ralidad, y decía ansiosa : 
. — La otra, la otra 

— Don Casimiro Castro Carrisonda. 

—Démela Siga usted. 

Y á cada nombre que seguía pronunciando, se acongoja- 
ba, porque la patroncita encogía los hombros con un gesto 
desagradable, á la vez que en él clavaba una mirada terrible. 

Faltaba la última ; pero no tuvo la molestia de leerla, 
porque en su desalentada actitud, ella comprendió que era 
inútil. Perdió entonces la paciencia y dio con el pié en el 
piso, con un gesto de furor, gritando : 

— i Esto es ya demasiado ! ¡ Demasiado ! ¡ Debía abrirse 
la tierra que lo sostiene á usted y tragárselo ! 

Y, atacada como de una ira de loca, bajó, medio tam- 
baleándose, la alta 5^ pronunciada escalerilla y penetró en su 
alcoba, donde fué ante su humilde altar y se arrodilló, mur- 
murando una plegaria con sagrado fervor y recogimiento. 

¿ Verdad, mi buena lectora, ó^mi buen lector, que tanto 
ella como Juanito eran acreedores á nuestra digna compa- 
sión? 

Sin embargo, como todo cambia en nuestra existencia, 
un nuevo estado se le ofrecía al desafortunado y tímido estu- 
diante. 

Una tarde, dos días después de lo que antecede, al poner 
la patrona en las manos del joven lajcorrespondencia, notó 
que se puso lívida su tez, y sus manos, temblorosas, dejaron 
caer las cartas al suelo. La Señora Narcisa las recogió y, 
presentándole la que más la había impresionado, una que te- 
nía en toda su extensión, por los bordes, una ancha franja ne-. 
gra, le dio ánimo, diciéndole con conmovida voz : 



DEBILIDAD DE CARÁCTER 117 



— Ábrala y léala, ^uanito ; valor, hijo mío ; á todo lo de 
este mundo se le acoge con resignación ; paciencia 3^ esperar, 
ése es mi axioma, consérvelo en su memoria. 

— Gracias, — dijo Juauito á la bienhechora mujer. Y no 
se hizo instar. Abierto el sobre, leyó el pliego, que decía : 

— *' Sobrino mío : estoy próximo á sucumbir, víctima de 
una tremenda caída que sufrí ha dos meses en una barraca, 
por cuyas inmediaciones dirigía el trabajo de algunas cons- 
trucciones de mi propiedad. El caballo, que á la sazón mon- 
taba, fué sacado medio muerto. En la Agencia de negocios 
de los señores B***, á quienes he escrito y enviado una orden, 
puedes reclamar ochocientos "francos." No había podido 
escribirte, hasta ahora, por no permitírmelo mi gravedad ; és- 
ta me ha costado intenso trabajo. Al recibirla, procura lo 
más pronto ponerte en viaje para acá, te necesito. Recibe 
la bendición de tu tío, que te quiere tanto como á un hijo y 
no te olvida. 

G7'€gorio M. Perdigón y 

I^a patrona, así como una barca que surca las ondas de im 
bonancible mar, al faltarle el noto, pliega las jarcias y corta 
las aguas en silencio, siguiendo su rumbo en medio de una 
'* calma chicha," como dicen en cierta zarzuela ; así, ella dejó 
caer sus ebúrneos y redondos brazos sobre sus abultadas cade- 
ras, é inclinó tristemente la cabeza sobre su pecho, exclamando: 

— i Se ya mi Juanito ! 

El joven estudiante se acercó á ella, y tomando una de 
las manos de su patrona, la besó con veneración y cariño, mur- 
murando : 

— i Mi buena señora ! ... .\ Ah, y yo que la había juzga- 
do mal ! 

j Nunca jamás, en su vida, se había atrevido Juanito á 
expresarse así, con ese singular valer, á ninguna mujer, á 
nadie, por su notable timidez ! i Si lo hubieran oído y con- 
templado todas las personas de la casa, lo hubieran consi- 
derado como un acontecimiento de familia ! 

Ambos se miraron compasivamente, con esos dulces ojos 
con que suelen verse dos seres que recíprocamente se quieren. 

¡ Debilidad de ellos, tal vez I 



^^m^m^^m^^^^^^^^m^^^^^ 



n MAL QUE AQUEJA AL MUNDO 



(CUENTO ALEGÓRICO) 



•' f — j ag 



Supongámonos el mundo, un inconmensurable Campo, 
en el cual germinan todos los goces y desdichas humanas, ba- 
jo el infinito cielo coronado por la «exuberante y hermosa 
Naturaleza. Y que nuestros sentimientos, transformados en 
Virtudes, llenas de vida, tengan residencia en él y lleven en 
sí nuestras pasiones. 

Con este breve episodio, pues, comencemos nuestro cuento: 

II 

Bn el centro de ese extenso Campo, vénse dos bellísimos 
bosques, á los cuales, apenas separa el uno del otro una amplia 
senda tapizada de una blanca alfombra de nardos tejida 
con malabares, la cual los comunica. 

Esos dos lindos bosques están esmaltados con profusión 
de caprichosas y odorantes flores, que ostentan en sí todos 
los tonos más singulares y bellos del éter ; sus incontables 
plantas se estremecen suavemente al sentir el invisible óbsculo 
del blondo céfiro ; v en torno están circundados de apacibles, 
risueños manantiales, que se deslizan con ondulaciones de 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 119 



perezosa serpiente por en medio á los verdes tapices de cés- 
ped, y en cuyo límpido movible cristal, resplandeciente al 
aliento ardiente de Febo ó al tenue de Diana, copia las infi- 
nitas estrellas que fulguran en el inmenso piélago azul del 
firmamento. 

Ahí, en esos amenos 3^ deliciosos bosques habita, en uno 
el Amor, en el otro el Placer. 

Ambos son nerviosos, inquietos, y se estiman como her- 
manos; mutuajnente se comunican sus pensamientos, que ha- 
cen uno solo, se confunden entre sus brazos y á menudo, 
reposan en el mismo lecho, embriagados con sutiles y delica- 
dos perfumes. 

Cuasi siempre están juntos y hasta parecen concentrarse 
en un solo aliento de existencia. 

III 

S 
Sigamos, á sus espaldas, ■ un camino lleno de curvas 3' 

escabrosos ventisqueros, por donde se alzan multitud de 
plantas parásitas, árboles sin fronda, secos, inclinados 3^ 
medio caídos bajo el influjo de su débil savia, y cuyo triste é 
impasible aspecto, les dá apariencias de gigantes esquele- 
tos, por decirlo así, de vSolitarias áridas regiones, do tan 
sólo imperan los ábregos, las feroces bestias salvajes y 
las plagas de la atmósfera, rodeadas por el mustio é imponen- 
te silencio de los osarios. Tomando, pues, esta dirección 
llegamos ante una eminente cima que domina toda la in- 
mensidad y todo el grandioso Campo en su hermosa perspec- 
tiva. 

La cima de la elevada montaña está coronada con una 
construcción de hierro, negro como el manto del huracán, y> 
como la de éste, su presencia es horrible. 

Ahí residen, en familiar unión, dos ruines y poderosas 
Virtudes: La Envidia y su hija, la Hipocresía. 

Ambas llevan el rostro cubierto con un antifaz, que por 
rareza llegan á descubrirse. 

IV 

Sobre la inaccesible pendiente, que tiene su germen desde 
la prominencia de una virgen colina, por entre un compacto 



120 EL MAL QUE AQUEJA AL MUNDO 

grupo de arbustos, uua encantadora cabeza de mujer, que 
sonríe amorosamente y mira con voluptuosos ojos, incitante 
y provocadora, aparece por un claro luminoso que semeja 
una cosa así como un artístico nido en el frondoso verde 
follaje. Su cuerpo, casi imperceptible, se adivina en los 
majestuosos pliegues de su túnica de diosa, que los ramajes 
vela casi enteramente Es la Esperanza, que es tan divi- 
namente bella, y está tan poseída de su hermosura, que, con 
cierta dulce negligencia, olvidada por instantes de su recato, 
deja traslucir el lindo delineamiento de sus formas tenta- 
doras. 

i Ay ! El desdichado y el feliz piensan perpetuamente en 
ella, que los alienta y contenta, ó los decepciona y entristece, 
porque, permítaseme la hipérbole, cual náyade divina ape- 
nas se deja entrever nos subyuga y electriza. 

V 

Y allá, hacia un extremo, á la falda de una enhiesta y 
altísima montaña, que semeja tocar con í5u cresta, de color 
bermejo ó gris, el diáfano éter, se destaca con una pureza 
magnífica de líneas, como un blanco girón de armiño, aban- 
donado á las plantas de los árboles, entre el boscaje, una sen- 
cilla, blanquecina choza, rodeada de una exhuberante vegeta- 
ción, que cuasi la arropa en todo su círculo con sus riquísimos 
follajes, tan copiosos y tan estrechamente unidos los unos 
contra los otros, que el flamígero rey, no logra con su ardiente 
aliento competir con la serena. y apacible sombra que se bos- 
queja bajo tan espesa capa. 

A su frente, altivos cocoteros, semejando sobre la dila_ 
tada espesura, olímpicos caciques del matizado florestal, 
columpian lánguidamente sus esbeltas copas á los besos de 
las auras y las sílfides ; y todo, al suave susurro que se levan- 
ta de toda la hermosísima zona, no parece sino que, incógni- 
tos enamorados diocesillos vienen á posar sus invisibles labios 
celestes én los cármenes de todas las flores ; y al aletear dul- 
císono de sus incorpóreas alas, hacen palpitar los ramajes con 
sus frondas, produciendo esa leve y singular harmonía, que 
figura una cosa así como estallido de secretos besos, besos ar- 
moniosos que remedan los céfiros. 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 



121 



Anchos hilos de transparente agua corren por doquiera, 
entre innumerables surcos, y serpentean en contorno de la 
humilde vivienda y van perdiéndose allá, en lejanía, brillando 
al reflejo de los astros, como una infinita cinta angosta de 
plata reluciente. 

Bandadas de palomas y de aves canoras y una lluvia de 
mariposas, de brillantes matices, revuelan en derredor de la 
choza y la cubren con sus primorosos y delicados cuerpecitos. 

J5n este palacio de la Humildad habita la Inocencia, 

tl,a virtud inexperta se encarna en la Inocencia. 

3s una tímida doncella, que lleva un traje de azahares y 
azucenas; linda, sonriente y dulce deidad, que se aduer- 
me descuidada, con natural y bello abandono, *sobre la suave 
alfombra de hierba que tapiza el exterior de su choza. 

VI 

Pero el Amor y el Placer, ambos, entrelazados sus ala- 
l>astrinos brazos en torno de sus talles, cruzan ante ella en 
apacible vuelo, alegres, traviesos, dejando en el aire, que la 
: acaricia, el argentino y dulce eco desús infantiles carcajadas 
y la esencia del ámbar glorioso que los perfuma, y que des- 
parraman al pasar, saturando el ambiente, que ella con ine- 
fable gozo aspira, estremeciéndose á su pesar, sintiendo en 
sí una inexplicable inquietud, ¡ admirada de aquéllos retozo- 
ínes querubines que la embelesaban á su paso ! 

VII 

Bl Amor viene, se la acerca y, rodeándole su flexible ta- 
lle, murmura en su oído sublimes, apasionadas frases ; con 
su aliento la extasía, la enloquece, y luego, al dejar en su 
alma pura el germen de su fuego sacrosanto y divino, la pa- 
sión, abandónala, la entrega en brazos del Dolor y del Des- 
"íiho, sumiéndola en la nebulosa región de la Tristeza, y 
hurtándola su dulce risueña mensajera, la Alegría. 

VIII 

El Placer medita el modo de adquirirla, de hacerla suya, 
siquiera unos iiistantes, libar el néctar del cáliz de tan bella y 
-^odorante flor. 



122 EL MAL QUE AQUEJA AL MUNDO 

I^a acecha, y, cuando la vé enternecida, como fuera de 
sí por el Amor, que la engaña, la persuade de lo que es el 
ardiente anhelo suyo, lo más tentador, la felicidad más infi- 
nita que logra todo ser en el momento dado, cuando ya esta 
próxima á ceder á los misteriosos impulsos que la van do- 
minando lentamente más y más en sus sentidos y en su cora- 
zón, él, el Placer, para atraerla por completo, se arrodilla á 
sus plantas, la toma sus manos y se las cubre de apasionados 
besos, solloza en su presencia, suplicante, emocionado, her- 
moso aún más en ese momento por la pasión ; después, co- 
mo la contempla arrobada, con sus hermosas pupilas medio 
entornadas por sus párpados, con cierta languidez y un brillo 
purísimo en ellas, que hacen adivinar la impresión ardorosa 
de que está poseída, se levanta y, abrazándola, la besa en los 
labios, en sus mejillas, en su cabellera : ella se siente toda 
trémula, confusa, y como enagenada, olvidándose de todo, 
ardiente y apasionada, sintiéndose rendida, en éxtasis deses- 
perado lo abi-aza también estrechamente contra sí y se aban- 
dona en sus brazos con la docilidad más pura del alma. 

El Amor despliega sus sonrosadas alas y los cubre baja 
ellas 

IX 

La Envidia y la Hipocresía, que los ha sorprendido, des- 
de su miserable mansión, sonríen con sarcasmo. 

Ruines pensamientos aguijonan sus entrañas, torturan 
sus cerebros, causándolas el desvelo, el insomnio más abru- 
mador. Ellas la habían incitado, confundiendo sus facultades 
con sus perfidias, para gozarse en verla padecer. í Ah ! [ I^a 
torpe y malvada inquina ! i Qué abominables sois. Envidia 
é Hipocresía ! 

X 

Ellas habían estado muchas veces en su choza, so pretex:- 
to de prodigarla sus cuidados, í era tan buena ! j y pasar una 
vida inquieta, mustia, nada más que por haberla herido en el 
corazón con su dardo el diocesillo amor ! ¡ Oh ! ellas la ha- 
rían de vez en cuando compañía i Ay ! ¡su amistad, po- 
bre virgen, la había costado la desgracia ! 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 123 



XI 

La vez última que fueron, estaba ella, muy pensativa, 
sentada sobre un abchoy largo haz de bejucos amarillentos, 
tostados ya por la ardorosa lumbre del Sol. Tenia sus lindos 
ojos amoratados y ojerosos, y muy brillantes. Por sus tris- 
tes miradas y sus húmedos párpados, se comprendía que ha- 
bía llorado. Estaba enferma de nostalgia ; pero nostalgia de 
amor 

i Dios mío ! ¡ Cuánta falsía, ¡ ay ! i cuánta falsía de aqué- 
llas bocas impuras, halagó sus oídos, conmovió su espíritu 

y cautivó su corazón! para perderl??^ mancharla con el 

fango de la impureza 

XII 

El Amor desplegó más sus alas, dejó salir el Placer y en 
vertiginoso vuelo desapareció lejos, muy lejos. 

El Placer, con la sonrisa del triunfo en sus carmíneos la- 
bios, camina con lentitud, por sobre las marchitas flo- 
res que tachonan multitud de tristes plantas ; plantas que 
guían al fragoso sendero que conduce al recinto de la Hi- 
pocresía y la Envidia. 

Vá á expresarlas su gratitud. 

Ora está frente á ellas, que lo habían advertido, y le es- 
peraban, sentadas sobre un prominente peñón, que intercepta 
la entrada de su vivienda. 

Ellas lo reciben prodigándole sus besos y sus caricias y 
perciben sus sensaciones, siempre burlonas. 

XIII 

Ahora, después que han satisfecho sus viles sentimien- 
tos en la Inocencia, la tachan de frágil, se mofan de sus 
santas y honestas cualidades, la desprecian, arraigando en 
su tierna y sensible alma el pesar y la desesperación, no dan- 
do fe á su sagrado conmovedor arrepentimiento. 

XIV 

Entonces, la Caridad, Virtud de fisonomía afable y bon- 
dadosa, que viste traje severo, negro, de pálido| semblante y 
amorosos ojos, impulsada por su piedad y casto cariño, aban- 



124 EL MAL QUE AQUEJA AL MUNDO 

dona un instante la hermosa pradera en que tiene su mansión 
y presurosa recurre á la Inocencia, y tendiéndola sus brazos, 
en los cuales la recibe, la prodiga su solícita y benefactora pro- 
tección. I^a Inocencia llora, dando tregua un poco á vsus 
dolores, con el bendito lenitivo que encuentra en aquellos 
dulces y puros halagos. I^a noble Caridad, á su lado, tenién- 
dola estrechada, la consuela con: sus expresiones tiernas, y 
con maternal amor, con dulzura la reprende su torpeza ; la 
vSeñala todos los malos caminos de que está colmada la Tierra ; 
de tanta ignominia y maldad que predomina en muchos de 
«ntre nuestros semejantes ; en fin, de todas las causas que 
conducen á la fatalidad, y compartía con ella su acerbo dolor. 

XV 

I^a Hipocresía se compadece un tanto de ellas ; se apro- 
xima á la Inocencia, y derrama sobre ella consoladoras frases, 
virtiendo algunas lágrimas. 

Pero la Knvidia, que procuraba una ocasión para acer- 
carse á su hija, la logra y la atrae ; y lamentando su debili- 
dad, llena de rabia, la amenaza con darle la muerte si no se 
guía tan sólo por sus designios. 

Y se alejan ambas, y ya en su vivienda, tornan á incoar 
más encarnizadamente su inquina. 

XVI 

Kl Amor, con su carcaj lleno de saetas á la espalda, y el 
Placer, abrazados, (en la actitud que los presenté á mis lecto- 
ras y lectores en el capítulo VI), pasan por ante la Caridad 
y la Inocencia, conmoviéndolas desde lo más íntimo de sus 
almas. 

La Caridad dá un postrer beso á la linda doncella y hu- 
ye espantada Después, pocas veces acude á su lado á 

consolarla, á mitigar sus penas, por temor á la Envidia y á 
todas las demás Virtudes. 

XVII 

i Y he aquí por qué casi siempre la Inocencia es de tan 
.breve duración ! \ He aquí por qué está desamparada, con 



SALVADOR GONZÁLEZ P. 



125 



frecuencia, de la Caridad y acompañada, pereisnemente, del 
Amor, la Hipocresía, el Placer y la Envidia ! 

¡ Mientras la Caridad solloza por su impotencia ! 

XVIII 

¡¡ Ese es EL MAL QUE AQUEJA AL MUNDO !! 




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Páginas. 



I. Prólogo 7 

II. Una Lidia 9 

III. Tenacidad 15 

IV. Píinchita 19 

V. Kl Vigilante nocturno 23 

VI. lya alegría del hogar 30 

VII. Goce proco , 35 

VIII. Urbanidad libre 41 

IX. Una celebridad 46 

X. Kl tabaco 52 

XI. Ir por miel y salir picado 56 

XII. Percances imprevistos 59 

XIII. I^as pesadillas 64 

XIV. El Amor que se presenta 71 

XV. lyas suegras 77 

XVI. Gedeón .^.... 80 

XVII. ¡Una tempestad! 84 

XVIII. Saber vivir 92 

XIX. La obra nueva 96 

XX. Leonardo 106 

XXI. Debilidad de carácter 113 

XXII. El mal que aqueja al mundo 118 

Índice 



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Página. Línea. Donde dice : Léase 



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entregándome entregado 

á sí mismo á mí mismo 

al estrecho el estrecho 

en sil cielo en un cielo 

para estudiar para interrogar á 

26 3 do á la do la 

« 31 todos mis esfuerzos pon- 
dré pondré todos mis esfuer- 
zos 

guardaba guardaban 

perdía perdían 

deja dejan 

engrandaron dilataron 

de Natura por Natura 

desterrara me desembarazara de 

embargara embargaba 

Bendije desde Bendije con 

á la Venus? á la Diosa Venus? 

¡ La Venus ! ¡ Venus ! 

Bañó á su Bañó su 

i Diosa di%dna, ¡ Divina Diosa, 

La Venus La Diosa Venus 

arrolló á la mía arrolló la mía 

A-iendo á mi viendo mi 

avanzé por la senda inte- 
rrumpida seguí mi interrumpida 

senda 
29 turbando á mi sueño ideas, turbando mi sueño con 

ideas 

por ese instinto con ese instinto 

teniendo á mi ser teniendo mi ser 

esmeradísima esmerada 

igual que un pez igual á un pez 

los saltenes las sartenes 

ablanda ablandará, 

llevando llevándose 

esmocky smockyng 

á la loma la loma 

acometer con acometerá 

intimarme intimidarme 

auétdota anécdota 

sugeción sugestión 

cabeza á — estrechó su cabeza y á — estrechó la 

mi señora la señora 

corpartía compartía 

(que le (los que le 

hería á la hería la 

con su galán de su galán 

procure por procure 



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•^ágina. Lrínea. Dor\de dice : Léase 



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I 



f ección afección 

para llegar la para la 

ordinaria madera madera ordinaria 

el aire aire 

adherido en adherido á 

pues — lo hice ¿ pues — lo hice ? 

con tantas con tantas más 

y este el cual 

le tenía ya le tenía 

quedó sobre el otro quedara sobre el otro 

rodillas ! que yo, rodillas, .que yo 

relucía á relucían á 

y á acudido y ha acudido 

prendían á su espíritu prendían su espíritu 

vo su imagen vo en mí su imagen 

á su ser su ser 

fué á reir fué reir 

se me quadaba fuera. se me olvidaba 

Tendí Eché 

He inflado lie tan inflado 

tranquilamente, tranquilamente en un si- 
llón, 

veía al ligero vapor, que.. veía el ligero vapor que 

del "puro," de un "puro" que á la- 
sazón fumaba, 

de regocijo del regocijo 

pulgatorio purgatorio 

cogido asido 

tomando tomó 

magullar masticar 

inquisiciones torturas 

en dividirlo por dividirlo, 

buscábale con su pié que- 
rella le buscaba querella con- 

su pié. 

maltratóle le maltrató 

sin interrumpirse ininterrumpida 

á él '. hacia él 

teníamos á un teníamos un 

simpatizó simpatizaron 

Incomodó Incomodaron 

cebello cabello 



(*) Por el extraño modo que he empleado en la creación de este- 
trabajo — el cual finalizaba con una novela, que he suspendido, y publi- 
caré más adelante — se me han escapado estos errores. Y así estos, 
como otros, que quizás adviertan mis bondadosas lectoras y lectoreSj... 
ruego me perdonen, (S. G. P.) 



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Microfilmed 

SOUNET/ASERL PROJECT 

1990-92